Detrás de la puerta

Detrás de una puerta cerrada de una casa, cualquier cosa puede estar pasando. 

Crees que conoces a tu amiga y ella solo comparte una versión editada de su vida, la vida que a ella le hubiera gustado tener, una vida de sueños, felicidad y amor. No se acercaba, ni lo más mínimo, a su verdadera realidad.

Sandra vivía en la calle Canoa 13. Yo nunca entré en su casa, siempre me ponía excusas y terminábamos en la mía.

La conocí cuando teníamos seis años. La primera vez que la vi, estaba jugando con una muñeca desaliñada al borde de la carretera. Mi madre al verla, quiso darle la mano para que subiera a la acera y al acercarse, se retrajo asustada. Con paciencia logró convencerla y desde ese momento comenzó nuestra amistad. Tras años juntas, lo único que pude ver y saber de su mundo, es ver en ocasiones a su padre asomado a la ventana, pero no podría describirle. Era una enorme y corpulenta sombra negra tras un cristal.

Sandra me contaba historias preciosas sobre su madre y lo mucho que la quiso. Me contó que su madre había muerto de una enfermedad grave, que tampoco me supo decir. 

No tenía más familia que a su padre. 

Siempre que la acompañaba a casa, se quedaba mirando la puerta durante un rato y en esos momentos su semblante cambiaba. Veía el miedo en sus ojos y sin poder controlarse iniciaba un temblor inexplicable. A veces reculaba, pensando si entraba o no, pero al final, bajaba la cabeza y accedía a su casa por el enorme portón de madera con el número 13 incrustado en hierro forjado.

Nunca imaginé el sufrimiento que Sandra estaba pasando y yo ingenua, incapaz de verlo, hasta que fue demasiado tarde.

Teníamos solo 15 años. Una mañana llamaron al timbre y al abrir la puerta me encontré a Sandra frente a mí, ensangrentada, aterrorizada. Temblando y con un cuchillo sanguinolento en su mano derecha que movía con inquietud. Susurrando, hablaba deprisa y sin sentido. No lograba entender lo que decía, pero lo que sí dijo bien claro fue: “Esto es mi final” mientras corrían lágrimas por sus mejillas, alzó su mano y con todas sus fuerzas se clavó el cuchillo en el corazón.

Imaginaos esa imagen… Jamás podré olvidarla. Pero lo peor no fue eso, sino averiguar la triste vida que Sandra había llevado y yo fui incapaz de haberlo visto. 

Cuando vinieron a casa para que testificáramos sobre la muerte del padre y el suicidio de Sandra, no dábamos crédito a lo que habían descubierto. Por supuesto que fue una niña maltratada, violada y humillada por un hombre sin escrúpulos, pero eso no fue lo peor, sino que esa niña, fue robada de un hospital en el que después de quince años, sus verdaderos padres aún seguían buscándola. Jamás conoció a ninguna madre y el único amor que tuvo, fue el de mis padres y el mío.

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Respuestas

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    1. Gracias Puri. No son temas de los que me guste escribir, pero tengo que probar de todo un poco para ir aprendiendo. De nuevo gracias

  1. Ostras Marta. Que relato más duro. Lo has desarrollado excepcionalmente. Me ha emocionado mucho y me ha hecho reflexionar muchísimo. La crudeza la has descrito tan bien que pone la piel de gallina. Es un relato inmenso. Felicidades

    1. Muchas gracias Víctor. Me ha salido algo terrible pero tengo que ir aprendiendo poco a poco. Gracias por tus palabras, son un privilegio para mi. Tu apoyo me ayuda a seguir animándome a escribir todos los días. Gracias guapo.