¿A quién te llevarías a una isla desierta?

Aún recuerdo el juego recurrente de mi niñez, todos juntos en círculo preguntándonos a quién nos llevaríamos a una isla desierta. Sentíamos que éramos adultos y nos íbamos a comer el mundo, mientras todos nos veían como los críos que todavía no sabían dónde ir.

Allí , frente a mi como cada noche,estaba Marina. No era como las demás, eso estaba claro. Su carácter era el de una guerrera. Si no la hubiera conocido hubiera pensado que era de esas muñecas frágiles, a punto de romperse, la que siempre necesita ayuda para sobrevivir. Pero nada más lejos de la realidad. Era mi mejor amiga, con quien compartía todo y la que siempre estaba a mi lado, la mejor opción para mi isla desierta. No es que deseara que llegáramos a esta situación, a esta loca isla, a este ir y venir de acontecimientos, solo éramos críos y lo más importante era la amistad, compartir tiempo y sumar experiencias.

Pensar en el pasado, en Marina de esa manera ahora duele. Cuando pensamos en cumplir ese reto de venir a una isla desierta antes de casarme con la que era mi prometida, jamás me imaginé que aparecería en mi vida de nuevo. 

Con el paso de los años me he convertido en el hombre de negocios que una vez soñé ser y me separé de todos ellos y más, si cabe, de Marina. Durante un tiempo odiamos ese estilo de vida y cuando yo cambié ella no juzgó, pero prefirió fundirse con la naturaleza, crear un espacio de conexión con ella. Diez años pasaron y jamás supe dónde estaba, la sentía cerca y lejos a la vez, me faltaba un pedazo de mi que no podía llenar.

Rose era mi prometida. Regia, refinada y muy materialista, era la mujer que encajaba en mi nuevo mundo. No se si su interés estaba en mi cartera o en mi persona, pero en mi nuevo mundo las piezas tenían que encajar y ella lo hacía.

Cuando Kevin me dijo que viniéramos a la isla para mi despedida de soltero tuve que decir que sí. Rose no mostró ninguna emoción. No es que esperara una, simplemente es que no llegó.

Cogimos un jet y llegamos a la isla más bonita que jamás he visto con tan solo una cabaña en mitad de la naturaleza. He de admitir que no todo fue perfecto, tendemos a idealizar.

La cabaña era nuestro destino y allí, en nuestra isla desierta soñada, todo podía pasar. Todo menos lo que pasó. ¿Sabéis cuando abrís una puerta y os recorre el cuerpo un escalofrio?. Si os ha pasado, significa que lo mejor está por venir.

Diez años después allí estaba ella, Marina era la dueña del lugar, del espacio más perfecto del mundo. Reconocerla me hizo perderme, pero no solo en los recuerdos, sino también en el presente. Sentirme la persona más patosa generó las situaciones más graciosas que os podáis imaginar.

El tiempo fue pasando y cuanto más juntos estábamos más me sentía como en casa. Mi vida perfecta ya no tenía sentido, ni siquiera recordaba el momento en el que pensé que lo material llenaría mi corazón. Lo que tuve claro es que apagó mis sentimientos, ahora la naturaleza y Marina me hacían soñar. Cada día me acostaba inquieto y emocionado, como un niño que sabe que la sorpresa está al llegar, como el niño que una vez fui.

Pero esa noche todo cambió. Nunca pensé que un móvil sonando acabaría con todos mis sueños, pero Rose quería saber de mí.

La decisión más difícil se acercaba y la sensación de vacío se acrecentaba. Rose y Marina eran los dos polos más opuestos que jamás había visto y los caminos a escoger lo eran por igual.

El avión despegó, mi vida volvía a su rumbo, sin sorpresas, planificada, perfecta… ¿o no?. Hoy solo se que soy feliz, el momento en el que pedí que el avión volviera a la isla, a mi destino, fue irracional pero perfecto. Mi vida, mi isla a la que tantas veces me había planteado a quién llevarme, me deparaba el mejor de los futuros que nunca hubiera planificado.

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