Adiós mi amor

Eres demasiado perfecto. Siempre me haces sentir menos. Antes me encogía a tu lado. Tu magnética sonrisa, hechizaba a hombres y mujeres que te adoraban.

Yo bebía los vientos por ti. Aquella mañana me cautivaron tus azules ojos en la playa. Sentí que tocaba el cielo cuando te acercaste a mí. Me aleje del mundo para ser tu sierva, y hasta era feliz, pero tú cambiaste.

No me mires con esa sonrisa imbécil. Tus ojos ya no me seducen. Resultas patético con la camisa blanca llena de sangre. ¡No dices nada de tu asquerosa apariencia! ¡Qué feo!

Me dio pena machacar tu perfecta dentadura pero tras el primer golpe, ya resultó más fácil.

¡No balbucees nada, estúpido! Cada golpe te lo has ganado a pulso. Cada vez que bromeabas sobre mi escasa valía, cada vez que me llamabas gorda, o recordabas a los demás que fui esbelta. Cada vez que has rechazado mi cuerpo, para después insinuarme que me habías sido infiel por obesa.

Jejeje. No me das pena. Me fascina como te retuerces de dolor. Quiero ver hasta dónde puedes aguantar. Tal vez un par de patadas más, tampoco te quiero matar todavía. Me gusta verte suplicar. Disfruto contemplando tus ojos llenos de miedo. ¡Qué maravilloso tu rostro lleno de lágrimas, sangre reseca, y el hilo del denso líquido aún chorreante sobre tus labios! Tus mejillas llenas de cortes y amoratadas me excitan, y me provocan más ganas de pegarte.

Aún te quedan algunos dientes, no sé cómo han podido resistir.

— ¡Me marcho a comer! No dices nada, jeje. No puedes hablar. La gorda necesita más comida grasienta. No te muevas, jejeje.

Sale hasta la sala contigua. Abre una nevera y saca un sándwich y una cerveza. Tras devorarlo regresa de nuevo a la sala.

—Mira lo que he encontrado, cariño. Un bonito espejo. Te voy a enseñar lo guapo que estás.

Coloca el espejo delante de la cara del hombre.

—Maldito hijo de puta. No eres capaz de mirarte. Quiero que antes de expirar recuerdes el andrajo que eres. ¿Te creías que no ibas a pagar por tus ofensas? Jamás me has querido. Sólo te acercaste a mí por mi escultural cuerpo y mi dinero. Yo perdí la cabeza por ti, y me destrozaste. Recuerdas porque engordé. Me obligaste a abortar, cuando yo quería tener el bebé. Me deprimí. Después tú quisiste un hijo porque era la única forma en la que tu padre te daría su dinero. Me llamabas infértil, yerma porque entonces no lograba quedarme encinta. Fuiste tú, quien me llevó a aquel especialista que me atiborró a pastillas. En tres meses aumenté 6 kilos, medio año más tarde era adicta a esas pastillas y estaba gorda.

Le coge del pelo y lo arrastra por la sala. Rompe el espejo y con los cristales les va haciendo cortes sobre la espalda. Él suelta un débil quejido.

— ¡Qué te duele, amor! También me dolía tu rechazo. Si no me querías haberme dejado libre, pero no me tenías que humillar, menospreciar, reírte de mí y arruinar mi vida.

Recuerdo el sol en mí cara cuando mire el test de embarazo, cuando dio positivo lloré de la emoción y cogí el teléfono para llamarte. No te alegraste demasiado. Ahora sé qué te daba igual. De modo que cuando tres meses más tarde, un intenso dolor me desgarraba por dentro, no te alteraste mucho. Me llevaste al hospital como el que saca un perro a pasear.

Ojalá me hubiera muerto ese día. Me tuvieron que vaciar para que no muriera y tú no estabas apoyándome. Al día siguiente te fuiste a una cena de negocios, y me abandonaste en casa.

La depresión se apoderó de mi existencia, pero hoy estoy viendo la luz. Me siento libre y viva de nuevo. Ya no me harás más daño. Bastardo, yo te quería.

Llora. Se agacha.

—No te mueras amor aún podríamos ser muy felices. Tú en la cama, yo curándote las heridas. Así juntos de nuevo hasta la muerte.

Te sigo amando por eso todavía no he acabado contigo. Me da pena. Jamás podré olvidar tus ojos como me miraban cuando sentías algo por mí. Pero eso es pasado. No te creas que estoy loca, tal vez lo estuve gracias a ti. Ya no me suplicas, asqueroso. Solo has aguantado 12 horas, tampoco ha sido tan doloroso. Estoy cansada. Debería ducharme y ponerme cómoda. Ya estoy aburrida. Pero los trabajos se terminan. ¡A qué sí querido esposo! ¡Por una vez en mi vida voy a ser perfecta! Tu muerte es mi obra maestra. Te hubieras librado de ella si hubieras suplicado al principio, sino me hubieras llamado gorda. Despídete del mundo, no te va a doler. Este cuchillo está muy afilado. Ahora toca hacerte trocitos pesas demasiado.

—Adiós mi amor.

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