Ahogada

Mi amiga Petra ha muerto por querer conquistar a un hombre que no merecía la pena. Podría haber sido la nueva cantante mundial que rompiera nuevas fronteras con su silla de ruedas, pero su obsesión por Israel le ha traído la peor de las consecuencias, la única de la que no puedes arrepentirte.

Petra tenía una voz y una memoria privilegiada desde que nació, por eso aprendió a hablar a través de las nanas que le cantaba su madre en la cuna. Cualquiera que la escuchaba se quedaba hipnotizado con su voz.

Nos conocimos en la guardería y desde entonces fuimos inseparables. Ella era feliz cantando y contagiaba esa alegría a todo el mundo y yo la protegía de cualquier malintencionado que se le acercara.

El primer día de colegio, un coche la atropelló a la salida del colegio y la dejó paralítica. Aun tengo pesadillas con ese día que recuerdo como si no hubieran pasado ya veinte años. Los gritos, las sirenas de la ambulancia, la sangre, los padres tapándonos los ojos con sus manos… a pesar de la tragedia Petra nunca perdió la sonrisa y no tardó mucho en acostumbrarse a vivir atada a esas dos ruedas, seguía teniendo su voz privilegiada y ahora tenía puntos extras por la pena que despertaba verla tan pequeña sin poder moverse.

Nunca le importó no poder volver a caminar. Al principio hubo esperanzas, pero tras varias operaciones fallidas, abandonó el sueño de caminar sin perder su meta musical. Y así fue hasta que llegamos a la adolescencia.

Nunca se perdió nada de lo que hacíamos cada fin de semana: excursiones al campo, tardes de cine, noches de pijamas… e incluso venía con nosotras a la discoteca aunque no pudiera bailar.

Pero un día todo eso cambió. El día que conoció a Israel. Petra se fijó nada más entrar en la discoteca en un chico al que no teníamos fichado. No especialmente guapo, pero había que admitir que los vaqueros le quedaban hechos a medida y le hacían un culo divino. Mas tarde, Petra me confesó que lo que le había atraído del chico era como se movía al ritmo de la música. Nunca la había visto así, medio hipnotizada, tímida, sin atreverse a ir con alguna excusa hacia él y demostrarle su ingenio o empezar a cantarle la canción que sonara en aquel momento. No hubo forma de convencerla de lo contrario ni esa noche ni las siguientes.

Lo que tardé en descubrir fue la obsesión que fue creciendo dentro de Petra. Apenas quería cantar y solo veía programas de bailes y espectáculos de danza. Memorizaba cada movimiento, cada gesto de los bailarines, y aunque imitaba a la perfección todos los movimientos de brazos, de cintura para abajo era un martirio. Volvió a buscar nuevas operaciones para abandonar la silla, quería bailar, quería sentir la música en su cuerpo y transmitirla con sus piernas. Y de alguna manera, lo quería porque lo quería a él, a un chico con el que nunca había hablado pero que tenía todo el día en la cabeza. Y en todos sus pensamientos siempre estaba él, bailando danzas de todo tipo y esperándola a ella para que bailara con él. Eso fue lo que empezó a crecer en su cabeza, y como un cáncer se fue extendiendo y arraigando tan hondo que dejó de creer en la realidad para creerse sus propias mentiras.

La hostia de realidad le llegó cuando una tarde estando en el centro comercial de compras conmigo, vio a Israel con sus amigos y me pidió que nos convirtiéramos en detectives para seguirlos. Cuando entraron en el baño unisex, los seguimos y nos metimos en el de minusválidos que era gigante y por suerte estaba desocupado. Estaban los tres meando y hablando entre ellos, como si no les importara que hubiera alguien más y ahí empezó el final de mi amiga.

Uno de ellos le decía a Israel que la chica de la silla de ruedas era mona y que según decían cantaba como los ángeles, a lo que este respondió que para qué quería voz si no podía abrirse de piernas. Yo iba a salir a darle una patada en los huevos, pero Petra me lo impidió y esperamos a que ellos se fueran para salir del baño. El resto de la tarde mi amiga no dijo ni una palabra.

Cuando cumplió los dieciocho, encontró al único médico que estaba dispuesto a operarla. Era una posibilidad entre mil de que todo saliera bien.

La mañana que entró al hospital fue la última vez que la ví, sentada en su silla de ruedas, pero ella ya se veía bailando en alguna escena romántica con el estúpido de Israel. Si tan siquiera se hubiera dado cuenta de lo que yo la amaba.

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