Alba y Ocaso

Prólogo: Dispersión

Hacía calor. Mucho, mucho calor. De hecho, se trataba de un calor tan absurdo y llameante, que lo lógico habría sido pensar que las personas que había en la habitación estarían cociéndose vivas, o al menos, yaciendo sudorosas sobre el suelo, incapaces de mover un solo músculo.

            La realidad, sin embargo, era otra muy distinta; los ventanales, amplios y traslúcidos, permitían el paso de la luz del astro con total libertad, así como su calor. El techo tenía una forma redondeada y estaba construido de cristal, de tal manera que la luminosidad de la estancia era prácticamente absoluta.

            Sin embargo, las quince personas que se encontraban en su interior no parecían sufrir de ninguna manera los efectos del abochornante sofoco. Es más, parecían regocijarse en la calidez, acomodándose y ronroneando de placer de vez en cuando. Casi parecía que la luz y el calor eran lo que movía aquellos cuerpos de pieles morenas y ojos dorados.

            Se trataba de catorce niños y una mujer adulta, que hablaba de forma monótona y casi mecánica sin prestar demasiada atención al comportamiento de los niños. Sin embargo, la mayoría de ellos prestaban atención a las palabras de la mujer. Una chica en concreto se encontraba totalmente sumida en la explicación de su profesora, y sus ojos brillaban de manera tan intensa que Heros sintió que tenía que fastidiarle de alguna forma. No se trataba solo de que le pareciera ridícula la actitud de su compañera, sino que además se llevaba aburriendo como una ostra un buen rato.

            Así pues, el niño se frotó las manos y sonrió con malicia, mientras ideaba un plan para molestar a Estela. Se acercó sigilosamente, utilizando a dos compañeros como cobertura para que la profesora no le viera. Aunque lo cierto era que estaba tan absorta en su discurso que no se habría percatado igualmente. Se posicionó junto a la niña y se concentró un minuto en acumular energía en su mano izquierda. Cuando sintió que estaba lo suficientemente caliente, se la acercó al trasero de la chica y esperó, la sonrisa tan ancha que casi parecía que se le fuera a abrir el rostro.

            Al cabo de unos segundos, Estela saltó del sitio aullando de dolor y agarrándose con fuerza el vestido justo en la parte quemada, mientras Heros estallaba en carcajadas que comenzaron a resonar por las brillantes paredes de la habitación.

            Solo en ese momento la profesora detuvo su explicación y miró al chico con el ceño fruncido y los brazos en jarras.

            —Heros… Eso que acabas de hacer está muy mal. Pídele perdón a Estela— le regañó mientras hacía que el chico se levantara del sitio. El joven, sin embargo, aun tardó un rato más hasta que pudo dejar de reírse.

            —Sí, sí, perdón, perdón— dijo mientras se secaba las lágrimas y trataba de controlar su respiración.

            El resto de los niños también soltaban risitas furtivas, pero la mirada de Estela denotaba toda la furia que sentía en ese momento. Heros pareció ser consciente de que se había enfadado de verdad, y su risa se extinguió por completo.

            —Venga Estela, lo siento mucho, ¿vale? Solo era una broma.

            —Ni siquiera sabes lo importante que es tu poder— le recriminó la chica mientras se miraba la mano con algo parecido a la añoranza—. Te dedicas a hacer el vago y a molestar a los demás cuando deberías ser el primero que preste atención en clases. Eres idiota, Heros.

            El chico frunció el ceño, molesto de pronto con las palabras de su amiga.

            —Tú eres la que parece una acosadora, mirando como una loca a la profesora— le replicó él, olvidando que la propia maestra se encontraba presente.

            —Ya está bien— intervino entonces la mujer, con el ceño tan fruncido que casi parecía querer fusionarse en una única ceja. La túnica blanca y el moño le conferían un cierto aspecto informal, pero los niños enmudecieron al ver su expresión—. Vosotros dos vais a venir conmigo cuando acabemos la clase. Y como vuelvas a molestar a Estela te aseguro que no te vas a volver a reír, Heros.

            El chico bufó contrariado cuando la profesora volvió a sumirse en su perorata, y Estela, aunque con el rostro contraido, retomó su tarea de prestar atención a las enseñanzas de la clase.

            Hacía calor en aquella habitación. Mucho, mucho calor. No obstante, ninguna de las personas que se encontraban allí parecían estar padeciendo sus efectos.

            El sol comenzaba a perderse entre las montañas del horizonte, dotando a la majestuosa ciudad dorada de un brillo anaranjado, y permitiendo al cielo transmutar su casi sempiterno color azulado. En la vasta región de Ra’Los, el dominio eterno del sol, aquellas dos tonalidades suponían el único cambio de color en el escenario del firmamento.

            Heros siempre había sentido una fuerte atracción por el ocaso, pues se trataba de un evento que rompía la férrea monotonía de sus costumbres y abría la puerta a otras posibilidades, a otros mundos con cielos de miles de colores. En las clases, sin embargo, les habían enseñado desde muy pequeños que la puesta del sol era un momento triste para todos, y que, de no ser por los portadores, los habitantes de Ra’Los vivirían sumidos en el caos y la destrucción. Heros siempre recelaba de aquellas palabras, pues algo tan hermoso como el ocaso no podía ser algo malo.

            En ese momento, sin embargo, sintió una punzada de inquietud. A aquellas horas tan tardías solía encontrarse junto a sus padres, preparando la cena o contemplando los matices rojizos del firmamento desde la comodidad de su casa. Ahora, en cambio, se hallaba en un carro junto a su profesora y a Estela, que seguía molesta con él y todavía no había vuelto a dirigirle la palabra en todo el viaje.

            —Profesora, se está haciendo tarde… ¿A dónde estamos yendo? —comentó Heros revolviéndose incómodo en el sitio.

            La maestra sonrió con calidez, al parecer contenta de que el niño mostrara al fin algo de interés.

            —No te preocupes, ya he hablado con vuestros padres y hemos acordado que pasaréis el segundo día conmigo.

            —¿No vamos a dormir? — preguntó el chico, algo asustado. Estela, por su parte, parecía haber recobrado el interés y el brillo de su mirada parecía refulgir con fuerza.

            —Dormiremos después de haber visto lo que quiero que veáis.

            Pese a la insistencia de los niños, la profesora se negó a darles más información, por lo que finalmente se rindieron y procedieron a disfrutar del paseo mientras el disco solar se iba haciendo cada vez más pequeño en la distancia.

            Cuando finalmente el carro detuvo su marcha, la maestra les condujo de forma apresurada hacia su destino, un pequeño cabo rocoso en las inmediaciones del río septentrional; el río que nutría y refrescaba la ciudad en la que vivían los tres.

            Se encontraban justo en la desembocadura de los tres ríos de la nación, una extensión vastísima de agua conocida en Ra’Los como el lago del alba. Realmente, se trataba de una masa tan grande de agua que perfectamente habría podido considerarse un mar, pero lo cierto era que, aunque inmenso, aquel lago no era la desembocadura real de los tres ríos.

            Mucho más allá de la línea del horizonte, el lago se dividía de nuevo en tres ríos con el mismo sentido y dirección que sus predecesores. Uno hacia el este, otro hacia el oeste y otro hacia el sur. Y seguían su trascurso normal hasta llegar a su verdadera desembocadura: el abismo solar, un precipicio inmenso por el cual el agua caía de forma abrumadora formando tres cascadas que se fusionaban durante el descenso.

            —¿Por qué hemos venido al lago del alba? —preguntó Heros con cierto grado de curiosidad.

            —Porque quería que vierais el segundo amanecer.

            Respondió la maestra mientras señalaba un punto en la inmensidad del lago. Los niños entrecerraron los ojos tratando de ver aquello que su profesora les mostraba, pero la luz del sol, ya prácticamente oculto, era insuficiente para permitir una visión decente.

            Sin embargo, justo cuando el astro desapareció entre las montañas, una potente luz comenzó a titilar desde el centro del lago. Tenía un brillo blanquecino, y a pesar de que no era tan grande e imponente como el sol, su luz y su calor comenzaron a llenar todos los rincones de Ra’Los, como si de un faro se tratara.

            El cielo perdió el color anaranjado del ocaso y se tornó de un azul grisáceo, algo más apagado que el que se podía ver cuando era de día. Pero a pesar de brillar con menos intensidad, era innegable que volvía a ser de día otra vez.

            Estela se quedó boquiabierta, con los ojos abiertos como platos y el corazón latiéndole con fuerza. Heros, en cambio, observó el fenómeno con seriedad y algo parecido a la apatía en su mirada.

            —¿Sabéis lo que es eso? — preguntó la profesora tras unos minutos de silencio absoluto.

            —El portador del sol— respondió Estela, ilusionada. Cada una de sus palabras estaba impregnada en una ilusión sobrecogedora.

            —Eso de ahí es el motivo por el que tenéis que prestar atención en clase. Todas las tradiciones, las historias, los poderes… Todo eso tiene sentido gracias a los portadores.

            —Ahí solo hay una bola de luz— comentó Heros con más brusquedad de la que pretendía.

            —Sabes que es una persona, Heros. ¿Cómo puedes ser tan tonto e infantil? — replicó Estela roja por la ira, apretando los puños con fuerza.

            —¿Qué sabrás tú? Te comportas como si fueras a ser la próxima salvadora de Ra’Los cuando solo eres una testigo más. Una testigo del montón.

            Un gélido silencio se abrió paso entre los tres, al tiempo que la bola de luz en el horizonte terminaba de estabilizarse por completo.

            Heros estaba esperando la bofetada. Aunque sus palabras eran sinceras y emergían de lo más profundo de su corazón, sabía que había sido un golpe bajo tanto para Estela como para su profesora.

            —Heros, que sea la última vez que te escuche decir algo así, ¿me oyes? —le dijo su maestra todavía con la mano en alto y la voz crispada. El chico se acarició la mejilla dolorida mientras miraba de reojo a Estela—. Deberías sentirte orgulloso de ser un portador, y en vez de eso te dedicas a difamar sus hazañas.

            La maestra se arrodilló junto a Estela, que se encontraba pálida como la tiza y de cuyos ojos brotaban finas lágrimas que descendían por su rostro.

            —Tú también deberías sentirte orgullosa de ser lo que eres, Estela. Podrás servir a tu nación de muchas formas cuando seas mayor.

            —¿Podré ser una portadora? — preguntó la niña, con un nudo en la garganta.

            —Bueno… Los textos dicen que los testigos que se entregan en cuerpo y alma a la causa del Sol pueden llegar a ser portadores algún día.

            Estela asintió con una cabezada, y la llama de la esperanza volvió a brillar en sus ojos dorados, mientras observaba con total intensidad la bola de luz blanca que se encontraba en medio del lago.

            Heros no dijo nada, ni en ese momento ni cuando la profesora les condujo hacia una posada cercana para que pudieran descansar. Cuando se acostó sobre su catre, se llevó la mano a la mejilla que había sido golpeada y comenzó a masajeársela con delicadeza, mientras en su interior cristalizaba un pensamiento que llevaba consigo desde el mismo momento en el que había conocido a Estela: Sin importar sus esfuerzos, la niña jamás conseguiría ser una portadora del Sol.

Protoestrella

            Heros se movía con la elegancia de un guerrero perfectamente entrenado por la arena del coliseo. Tenía los músculos en tensión y una fina película de sudor recubría su tez morena. Sus ojos dorados brillaban bajo la pálida luz del segundo amanecer, y su pelo castaño se encontraba crispado y alborotado. En cambio, era su sonrisa la que llamaba la atención. Una sonrisa sincera y pulcra como el más límpido de los rayos de sol. La sonrisa de alguien que se está divirtiendo.

            Realizó un velocísimo amago hacia la derecha, y con el puño izquierdo golpeó con toda la fuerza de sus músuculos en el centro del abdomen de su oponente, que emitió un gemido de dolor, antes de caer al suelo, completamente noqueado.

            Cuando el árbitro gritó el tanto a su favor, Heros se secó el sudor de la frente con el dorso de su brazo derecho y le tendió la mano a su adversario, que pese a haber recibido una paliza, sonreía al aceptar la ayuda de su contrincante.

            —Nunca imaginé que el portador pudiera tener las agallas y la fuerza como para afrontar una pelea del coliseo— comentó mientras se dirigía hacia el banquillo situado en el interior del edificio circular.

            —No creo que ningún otro portador sea como yo— sonrió Heros al tiempo que se secaba el sudor del cuerpo con una toalla áspera y algo pegajosa. Su contrincante escupió al suelo.

            —No te contienes al pegar. Me gusta. Te lo digo en serio, chaval, si sigues así podrías vencer el torneo del solsticio— los ojos del guerrero brillaban en la sutil penumbra que ofrecía el interior del edificio, de un color azulado muy atípico entre los habitantes de Ra’Los—. El primer portador que participa y vence un coliseo. Sería grandioso.

            —Ríete todo lo que quieras, Eres, pero pienso venir aquí y darte una paliza más grande que la de hoy.

            —Eso será si tu novia te deja entrenar más de lo que lo voy a hacer yo.

            Heros sintió cómo el rubor le subía hacia la cabeza y calentaba sus orejas de forma bochornosa.

             —No es mi novia. Solo es una conocida.

             —Venga, no seas modesto conmigo, chaval. Pasas más tiempo con esa chica que escaqueándote de tus deberes, y eso ya es decir.

            —Bueno, es posible que sea mi amiga, pero te aseguro que no hay nada más entre nosotros.

            El llamado Eres se le quedó mirando unos instantes, con los ojos azules clavados en los del chico, que no se amedrentó lo más mínimo. Después, comenzó a reírse a carcajadas.

            —Mierda, chaval, a veces se me olvida lo joven que eres. Supongo que no vale la pena insistirte más.

            Heros fue a replicar, pero justo en ese instante se escuchó una voz aguda y estridente retumbar por el pasillo pétreo que daba a la salida del coliseo. Al reconocer a la emisora, Heros se encogió brevemente en el sitio y cerró los ojos deseando que no le vieran.

            —¿¡Se puede saber qué haces aquí!? — pudo entender el chico una vez Estela estuvo lo suficientemente cerca de él. Eres se rio a carcajada limpia, le dio un fuerte golpe de camaradería en la espalda y se marchó de allí silbando como si nada ocurriera.

            La chica, por su parte, estaba hecha un basilisco. Tenía el rostro enrojecido y fruncido en una mueca de disgusto y desaprobación. Pese a la túnica dorada, los músculos fibrosos del brazo se enmarcaban debajo y Heros sintió una punzada de compasión. Se rascó la cabeza, avergonzado. Sin embargo, el enfado de Estela pareció disiparse al cabo de unos instantes, mientras ambos caminaban en silencio de regreso al templo. Ninguno dijo nada hasta un buen rato después.

            —¿Por qué eres así, Heros? ¿Por qué te empeñas en despreciar el trabajo con el que el resto de personas sueña? —comentó Estela con algo parecido a la tristeza.

            —Porque yo no elegí ser esto, Estela. Ya de niño me gustaba ver a los soldados marchar y me pirraban las peleas en el coliseo. Yo nunca quise ser el portador de nada— pese a la seriedad de sus palabras, Heros estaba completamente relajado, e incluso una leve sonrisa afloraba por debajo de la falsa tensión. No era la primera vez que discutían sobre aquello, y tampoco sería la última. De hecho, quizás esa fuera la razón por la cual ambos jóvenes habían acabado siendo tan amigos. Porque sus grandísimas diferencias complementaban al otro, y en las sempiternas discusiones encontraban un medio de escape a sus dudas, inquietudes y frustraciones.

            —Le debemos todo a los portadores. Sin ellos, el mundo tal y como lo conocemos no sería posible. Deberías dar la vida por la causa que el mismísimo Sol te encomendó, entrenarte en cuerpo y alma a lo que algún día tendrás que soportar.

            —Eso es lo que quieres tú. Oye, entiendo a la perfección que sientas con tanta fuerza la llamada del deber y que creas que he nacido para realizar esta tarea, pero yo no me siento así. Me siento encadenado, condenado a llevar una vida que yo nunca elegí. Aceptar tan fácilmente que soy un portador sería como asumir que el destino existe, y que todas mis acciones estaban escritas desde el principio.

            —¿Qué hay de malo en eso? — replicó Estela, mordaz, al tiempo que giraba en la siguiente intersección hacia la izquierda. Heros se percató de que no le estaba llevando al templo, sino a un sitio mucho más alejado.

            —¿Cómo que qué hay de malo? ¿A ti no te aterra pensar que no eres más que una marioneta bajo el control de a saber qué ser superior?

            —Cuida tus palabras, hereje— le cortó la chica, tajante. Heros, sin embargo, sonrió. En el fondo sabía que Estela estaba bromeando. Más o menos.

            —No dudo que el Sol sea el motivo por el que nosotros estamos vivos, pero no sé… A veces pienso que tienen que haber cosas más allá de las montañas que vemos en el horizonte. A veces pienso que el mundo es un lugar libre e infinito en el que puedo ser quién yo quiera.

            —¿Qué puede ser mejor que dar tu vida por todos los seres a los que amas? ¿Qué puede ser mejor que ofrecerles un mundo seguro, en paz y armonía? Eres egoísta Heros, y lo sabes.

            El joven suspiró, pero no rebatió su argumento ni volvió a tratar de convencerla. En el fondo, sabía que ella tenía la razón en ese sentido y en muchas ocasiones se había planteado si ese egoísmo no sería un sentimiento que debiera erradicar. Sin embargo, tras muchas cavilaciones, siempre llegaba a la conclusión de que, fueran cuales fueran sus motivos, siempre sería un egoísta. Nunca se lo había dicho, pero consideraba que Estela, de alguna forma, también actuaba egoístamente, puesto que buscaba su propio beneficio queriendo ayudar a los demás. Queriendo convertirse en portadora. Al final, sin importar que tu motivo parezca el más altruista, siempre buscamos encontrar nuestra paz interior.

            Los jóvenes cogieron un carro, y al cabo de unas horas llegaron a su destino. El mismo cabo en el que, años atrás, su profesora les había mostrado la grandiosidad del segundo amanecer.

            Curiosamente, aquel lugar se había convertido en el sitio preferido de los dos jóvenes para debatir y pasar el rato. En aquel lugar hablaban, se reían, jugaban y se perseguían. En muchas ocasiones, Estela le pedía a Heros que le mostrara sus poderes. Poderes que él podía controlar de forma tan natural como el mismo parpadeo, pero que para un testigo eran tan sumamente difíciles de manifestar que la mayoría desistían en su empeño. Estela nunca se rindió, pese a que era evidente que su cuerpo no estaba preparado para poder prenderse. Y Heros admiraba enormemente esa característica de su amiga. Porque, sin pretenderlo, le estaba diciendo lo que él quería escuchar: lucha por lo que más deseas, sin importar lo que te digan los demás.

            Y la representación más vívida de esta frase era el hecho de que, tras años de esfuerzo y sacrificio, Estela había conseguido calentar su mano un par de grados más de lo normal.

            Para un portador como Heros, aquello era una minucia ridícula. Pero para una testigo como ella era una proeza digna de elogio.

            El chico sonrió al recordar el día en el que su amiga lo logró. La alegría y la emoción que les embargó las horas posteriores. Sin embargo, la sonrisa se le borró de los labios al recordar la frustración que sintió Estela al percatarse de que necesitaría una vida entera para poder llegar a prenderse un mísero dedo.

            Los jóvenes se detuvieron justo frente al vasto lago del alba, contemplando cómo la esfera luminosa brillaba a kilómetros de distancia de dónde ellos se encontraban.

            —Siempre te apasionaron las clases de historia de la maestra Iris. Te quedabas embelesada escuchando sus discursos con los ojos encendidos como dos brasas— comentó Heros, al cabo de unos minutos.

          —Tú, en cambio, te dedicabas a chincharme y a fijarte demasiado en mí, por lo que veo— replicó Estela, pero con una sonrisa de oreja a oreja.

           —¿Le dirás a Iris lo del coliseo de hoy?

           —Sabes que debería. Te mereces un castigo por tu desobediencia.

            Heros sonrió.

            —Gracias, Estela. Pese a tus palabras, siempre acabas cubriéndome las espaldas. Espero que algún día me digas por qué.

            Dado que Heros estaba mirando fijamente el horizonte, no fue consciente del tenue rubor que comenzó a cubrir las mejillas de su amiga, ni de lo rápido que desvió la mirada de su rostro cuando se percató de que le había estado observando fijamente. Sin embargo, Estela pareció hincharse de valor. Inspiró hondo, cerrando los ojos, y con el corazón latiéndole con fuerza, comentó:

            —Heros, lo cierto es que yo…

            Pero la chica nunca pudo terminar la frase. Justo en ese momento, los ojos de su amigo se pusieron totalmente en blanco, y sus músculos comenzaron a temblar de forma espasmódica y violenta, al tiempo que su cabeza se movía en todas las direcciones de manera descontrolada.

            —¡Heros! —exclamó Estela, completamente horrorizada y asustada. Actuando por instinto, la chica agarró a su amigo por los brazos y lo tumbó en el suelo, donde le resultó mucho más sencillo controlar el ataque epiléptico. Las lágrimas comenzaron a empapar la túnica de Estela, y su respiración era tan rápida que por un momento pensó que iba a perder la razón por el miedo y la preocupación.

            Sin embargo, cuando Heros finalmente se detuvo, su ansiedad no hizo más que aumentar. El cuerpo de su amigo yacía inerte como el de un muñeco de trapo, y Estela hizo todo lo posible por que el joven recobrara la consciencia.

            Temblando de pavor y ansiedad, Estela comenzó las maniobras de reanimación que le habían enseñado. Y justo cuando empezaba a comprender que su amigo se había ido, Heros abrió los ojos de golpe. Por un momento pensó que no se trataba de él, pues había un extraño brillo metálico reluciendo en sus iris, pero enseguida pareció volver en sí, y tomó una bocanada de aire que llenó sus pulmones por completo.

            Algo más recuperada del susto, Estela se apresuró a auxiliar a su compañero y ayudarle en todo lo que pudo. Cuando finalmente Heros recobró el aliento, su rostro se contrajo en una mueca extraña y antinatural. Una mueca de miedo. Sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral:

            —Estela. El portador va a desfallecer.

***

 

Heros nunca había visto tanto alboroto en la ciudad. De hecho, no se trataba de que cientos de personas estuvieran moviéndose por las calles con la diligencia y el orden de un ejército. Ni siquiera se trataba de que las voces de todo el mundo se entremezclaran en una cacofonía asfixiante.

Se trataba de un alboroto silencioso. Por debajo del barullo, por debajo de la exaltación de la gente, se palpaba un miedo real. Un miedo antiguo y profundo que comenzaba a florecer en los corazones de la gente. Y, sin pretenderlo, Heros sintió que su pecho se llenaba de aquel extraño pavor irracional que surcaba el aire de la ciudad.

—Heros, espabila. Tenemos mucho que hacer— dijo Iris mientras posaba su mano en el hombro del joven. Estela se encontraba allí, justo al lado de la maestra, pero su rostro había cambiado por completo. Si bien por lo general solía ser seria, en sus ojos brillaba siempre una hoguera de fuego incandescente. Sin embargo, desde que habían regresado al templo y comunicado a todo el mundo lo sucedido en el cabo, Heros era incapaz de ver algo en los ojos dorados de su amiga. Y eso le asustaba más que cualquier otra cosa que estuviera pasando.

—¿Te has despedido de tus padres? — preguntó Iris forzando una seriedad que no sentía. Su pelo comenzaba a presentar las primeras canas acordes a su edad, pero su actitud no había cambiado lo más mínimo desde que habían sido niños.

—¿Despedirme? — susurró, el chico, aletargado.

—Heros, por favor, ¡céntrate! ¡Esto no es ninguna tontería! El barco partirá en unas horas. Tienes que estar preparado para llegar antes de que anochezca.

“Anochecer” era una palabra que Heros no había escuchado en sus veinte años de vida. Sin embargo, aunque la palabra pretendía resultar intimidante, el joven sintió una especie de chispa que prendió en su interior. Algo que jamás había sentido en las clases del templo del Sol: curiosidad.

No obstante, el miedo y la presión sepultaron este sentimiento por completo, y su mente pareció recuperarse un poco del shock y de aquella humareda de terror que se respiraba en el aire.

—Pero si el portador seguía en pie hace unas horas, no puede ser que tengamos que actuar con tanta rapidez…

—El portador ha caído en cuanto ha comenzado el primer amanecer. Varios testigos aseguran haberlo visto precipitarse a las aguas del lago.

—No puede ser… No estoy preparado. No voy a ser capaz…— el nudo que estaba comenzando a notar Heros en el pecho no se podía equiparar a ningún otro sentimiento que hubiera tenido hasta la fecha.

—Pues tendrás que estarlo. Por el bien de millones de personas.

—No… No. No.

Con una fuerte sacudida, Heros se liberó del amarre de su profesora, y echó a correr en dirección opuesta haciendo caso omiso a los gritos de Iris y de Estela. Su corazón latía completamente desbocado, y por su torso se extendía una inmensa araña negra de terror.

Corrió sin ser consciente de a dónde le dirigían sus pasos. Corrió sin prestar atención a las miradas de la gente, al hecho de que el sol seguiría moviéndose por el firmamento de forma imperturbable hasta volver a esconderse en el horizonte.

Corría porque sabía perfectamente lo que ocurriría aquella noche. Y no estaba preparado en absoluto. Pese a los años en el templo, pese a las indicaciones y los consejos de sus tutores, pese a que en el fondo sabía que aquel día llegaría, Heros no estaba preparado para ello. No estaba preparado para morir.

De pronto, todo a su alrededor se convirtió en una sombra enorme y despiadada, en un vórtice que se movía a altas velocidades. El sonido y la luz se fusionaban y confundían sus sentidos, y en algún momento de su ataque de ansiedad tuvo que comenzar a llorar, puesto que sentía las manos húmedas y viscosas. Su respiración descompasada le impedía pensar con claridad. Su corazón parecía demasiado pequeño para bombear tantísima sangre.

De pronto, un foco de calidez pareció disipar parte del frío que Heros había comenzado a sentir. Se centró en ese foco. Trató de apaciguarse y de pensar con claridad.

“Respira, Heros. Respira hondo”

¿Hablaba él, o era alguien más?

“Estoy contigo, Heros. Sabes que siempre lo estaré”

No. No se trataba del joven. Él no tenía la voz tan aguda… ¿Estela?

Los ojos del chico enfocaron por fin la estancia en la que se encontraba. Algún pasadizo del coliseo. ¿Cómo había acabado allí? Y a su lado, Estela le acariciaba la espalda mientras le susurraba palabras tranquilizantes.

—Estela… Tengo miedo.

—Lo sé, Heros. Yo… Lo siento. Siempre te recrimino tu actitud, pero en el fondo sé que no es algo tan simple. Incluso alguien como yo, una simple testigo del montón, he llegado a sentir la presión y la ansiedad de semejante hazaña. No me quiero ni imaginar cómo te debes sentir ahora mismo.

El chico no respondió. Simplemente se abrazó a sus rodillas mientras su respiración y su frecuencia cardíaca se normalizaban gracias a la presencia de su amiga.

—Heros, sé que quizás no pueda ser, pero… Estoy dispuesta a asumir tu papel como portador.

El joven la miró sin comprender. Aquella propuesta era absurda. Estela no podría aguantar ni un solo segundo amanecer. No podría aguantar ni una hora. Y lo sabía.

—¿Qué?

—Si de verdad es lo que quieres… Lo haré por ti.

—Estela… ¿Sabes acaso lo que estás insinuando?

—¡Lo sé! —chilló la chica mientras gruesas lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos—. Pero no soporto verte así… No soporto pensar que ya no te voy a ver más reír o hacerme rabiar… Además, si te da un ataque de ansiedad en la plataforma no importa que estés tú o un testigo cualquiera, porque no soportarás la presión.

Heros sintió también cómo sus ojos se humedecían con rapidez, y en un acto reflejo abrazó a su amiga con fuerza.

—Lo haré. Iré al lago del alba y cumpliré mi deber. Lo haré por ti, Estela. Por mis padres y por la gente que me importa.

            El viaje hacia el lago del alba fue tedioso y muy estresante para ambos jóvenes. Durante todo el trayecto, Iris comenzó a recitar todos los puntos importantes que Heros debía recordar una vez estuviera en la cúpula, pero el chico solo estaba escuchando a medias. En algún momento de su travesía, comenzó a temblar, y Estela se apresuró a tenderle la mano para tranquilizarle y ofrecerle todo su apoyo. Agradecido, Heros le devolvió una sonrisa.

            Conforme se acercaban a la plataforma y la luz del sol se enrojecía en el firmamento, el murmullo del barco se fue apagando hasta hacerse inexistente. Solo el leve vaivén de las olas al chocar con el barco lograba romper un silencio que de otra manera habría sido sepulcral.

            Y, finalmente, llegó el momento de la despedida.

            —Heros, el destino de Ra’Los depende de ti. En nombre de toda la nación, gracias— Iris, la maestra que siempre le había regañado después de clases. Que siempre fruncía el ceño al verle hacer el tonto y le había apalizado en más de una ocasión. Se encontraba frente a él, arrodillada y con la cabeza gacha en señal de respeto.

            Y, después de ella, todos los tripulantes del barco se arrodillaron en una profunda reverencia.

            Heros, sin embargo, no sintió valentía alguna. Al contrario, sintió que la presión de su pecho crecía por momentos. La única que no se arrodilló fue Estela. Ella lo miraba como si fuera la primera vez que lo viera. Como si hasta ese momento no hubiera sido consciente de que se tenía que marchar.

            Heros sintió que el corazón se le partía. Sin embargo, apretó los puños e inspiró hondo. Y, con una sonrisa en el rostro, se dirigió a la que había sido la mejor amiga de su vida.

            —Volveremos a vernos, ¿vale? Y espero que para entonces puedas devolverme la broma que te gasté cuando teníamos trece años.

            Y, sin decir nada más, Heros comenzó a caminar por la tabla que habían colocado para que pudiera transitar desde el barco hasta la plataforma de piedra que se encontraba en medio del lago. Sabía que si volvía la vista atrás no podría soportar el miedo. Perdería toda la valentía que Estela le había conseguido enfundar hasta el momento.

            Debía caminar. Un paso más. Y otro. Y cuando se quiso dar cuenta, se encontraba en el centro de una estructura pétrea y circular en medio del agua, con grabados algo burdos y desgastados por el tiempo, que conformaban el aspecto de un sol.

            La plataforma era absurdamente grande, cosa que Heros no comprendió. No iba a poder moverse de allí en los siguientes veinte o treinta años, así que daba igual que su prisión fuera más o menos pequeña.

            Respiró hondo varias veces, tratando de calmar su respiración. El barco en el que estaban todos sus conocidos se alejó lentamente en la distancia, hasta convertirse en un punto insignificante.

             El Sol, por su parte, era ya una fina línea carmesí en un cielo prácticamente violeta que desconcertó al chico.

            Y, entonces, comenzó su misión. Con los ojos cerrados y el corazón en un puño, el joven conocido como Heros se prendió. Literalmente elevó su temperatura cientos, miles de grados, hasta que su piel estalló en llamas que se comenzaron a elevar hacia el cielo. La noche era algo secreto y misterioso que siempre había encandilado al joven, pero en aquel momento solo podía pensar una cosa: si dejaba que la noche llegara, todo el mundo moriría. Por eso debía brillar. Brillar tanto como pudiera. Debía ser el sol en la tierra. Debía ser la llama que alumbrara el camino de los demás.

            Al principio, Heros no sintió resistencia alguna. Todos sus miedos parecieron borrarse en el momento en que su cuerpo ardió como la yesca. Solo importaban sus padres. Solo importaba Estela. El templo. El coliseo. Debía protegerlos a toda costa.

            Inicialmente, esa férrea convicción consiguió disipar la carga que suponía su esfuerzo. De hecho, el primer día Heros no sintió fatiga alguna.

            Cuando el sol volvió a emerger por el horizonte, el joven se desplomó en el suelo. Su piel no se encontraba quemada, pero se sintió de pronto tremendamente vacío, como si le hubiesen arrebatado todo el calor de su cuerpo. Durante el resto del primer amanecer, Heros se centró en realizar lo que le habían estado enseñando durante años: canalizar energía solar.

            Era algo que, de normal, los portadores podían realizar de forma natural, sin tan siquiera pensar en ello. Sin embargo, para poder brillar con la fuerza de un sol cuando este ya no estuviera, el chico sabía que debía canalizar muchísima más energía.

            Y, así, los primeros y los segundos amaneceres se fueron sucediendo uno tras otro. Y uno tras otro. En su mente no cabía la palabra descanso. Brillar consumía gran parte de sus energías, pero canalizar la luz del sol tampoco era un tiempo de descanso. Tenía que utilizar toda su fuerza para que aquella inmensa cantidad de energía no se disipase de su cuerpo, por lo que estaba en un constante trabajo.

            Los primeros meses pudo soportar la presión con relativa facilidad. Pero conforme pasaba el tiempo, las imágenes de sus seres queridos se fueron borrando de su memoria. Se difuminaban entre las líneas de su consciencia. Ni siquiera tuvo tiempo de preocuparse por ello. Debía arder. Arder. Debía…

            El tiempo dejó de tener sentido. Automatizó aquel trabajo hasta hacerlo de forma tan inconsciente como respirar. El resto no importaba. Se alimentaba únicamente de la luz del sol, y era la luz del sol la que mermaba sus fuerzas poco a poco. Día tras día.

            Progresivamente, una presión se fue instalando en el cuerpo del muchacho. Empezó a sentir una tensión extraña, como si tuviera que estar levantando una roca muy pesada. Al principio no le concedió importancia, pero conforme se sucedían sus intervalos de canalización y combustión, el peso de su carga fue aumentando progresivamente.

            El peso de un edificio.

            … de un coliseo.

            … de un país.

            El peso del océano.

            Hasta que, finalmente, el dolor llegó.

            Un dolor inimaginable. Un dolor comparable a tener que soportar el peso del mundo sobre los hombros.

Heros chilló. Chilló con toda la fuerza de sus pulmones.

            Primer amanecer. Segundo amanecer. Primero. Segundo. Primer… dolor. Segundo dolor. Dolor. Dolor.

            Heros se sentía como una manzana siendo aplastada por el peso del universo mismo. Sentía que iba a estallar en cualquier momento. Que su sangre y sus entrañas iban a manchar la cúpula en la que se encontraba como el relleno de un pastel.

            Toda su vida anterior a la plataforma de roca no existía para él. Sus padres, sus maestros, Estela. Nada. En algún momento de su tortura, llegó a olvidar su propio nombre.

            Fuera de la cúpula, los habitantes de Ra’Los celebraron con regocijo el solsticio de verano, ajenos al sufrimiento inenarrable que soportaba un joven en el interior de la cúpula del lago del alba.

            Celebraban con alegría el comienzo de una nueva era; había pasado exactamente un año desde que el nuevo portador del sol se había sacrificado por ellos. Hasta que un nuevo portador naciese entre las generaciones siguientes y estuviese decentemente formado, habrían de pasar entre veinte y treinta años más.

            El tiempo medio que un portador del Sol era capaz de soportar la tortura de ser un astro luminoso.

 ***

            Algo iba mal. Aterradoramente mal. Estela podía sentirlo en algún rincón de su cuerpo, como una espina que se te va clavando al andar y que poco a poco te va generando malestar. Y, de alguna forma, sabía que se trataba de Heros.

            Desde que se había marchado a cumplir con su labor de portador habían transcurrido tres años. Años en los que Estela había dejado de ser la misma. Siguió entrenando y desarrollando el don para poder convertirse en portadora algún día, pero, de alguna forma, aquella ilusión desbordante se había ido ensombreciendo para dar lugar a una convicción basada más en la terquedad que en la devoción. Ya no veía las cosas de la misma forma, pese a que desde un principio había sabido que Heros se tendría que marchar algún día. Solo que en su mente no cabía ese momento. Nunca se había parado a pensar con calma lo que realmente significaba no volver a ver a la persona más importante de su vida.

            Quizás por eso su humor y su positividad se fueron agriando conforme los días se sucedían. Siempre había sido una chica seria y dedicada, pero desde aquel momento su personalidad no había hecho más que decaer, llegando a convertirse en una coraza de soledad y frustración. Apenas hablaba con nadie si lo podía evitar. Apenas comía o dormía. Se dedicaba exclusivamente a aprender el arte de los portadores. Esas personas con capacidades divinas a las que tanto había admirado desde que era una niña.

            Y donde sus logros en otra ocasión habrían suscitado alegría, por aquel entonces no eran más vacuas metas que debía alcanzar para conseguir mejorando.

            Estela conocía su estado a la perfección. Lo reconocía, lo odiaba y, de alguna manera, lo aceptaba como parte de su nuevo ser. Por eso decidió pasar por alto aquel sentimiento de que las cosas iban mal. Se centró de nuevo en su entrenamiento, que por el momento seguía abarcando un gran componente mental, y dejó que la ya habitual calma candente la envolviera en su manto.

            Sonrió. Aquella sensación le recordaba enormemente a Heros. A sus abrazos. Su cuerpo siempre era, por naturaleza, un par de grados superior al de los demás, y, por tanto, era inevitable que su rostro se le apareciera cada vez que intentaba elevar su temperatura corporal. Aquellos momentos eran los únicos que conseguían arrancarle una sonrisa auténtica en todo el día.

            ¿Habría sido buena idea decirle lo que sentía por él? ¿Habría podido pasar página antes de haberle dicho lo que significaba para ella? En más ocasiones de las que querría admitir, aquellas dudas la asaltaban y le hacían sumirse un poco más en la tristeza. Aunque se lo hubiera dicho, nada habría podido cambiar el destino de Heros. Aunque aquel sentimiento hubiera sido correspondido, Heros no podía dejar de ser el portador del Sol. Y por eso Estela no había podido decirle jamás lo mucho que lo quería. Porque conocía a Heros. Conocía su impetuosidad, su naturaleza curiosa y, sobre todo, su manía de soñar con mundos lejanos y distintos. De no creer que su destino era ser el sol de una nación durante el resto de su vida. Si Heros hubiera conocido sus sentimientos…

            Estela se estremeció, y aquel malestar se entrelazó con el que llevaba sintiendo el resto del día. Se despertó de su trance y se incorporó con cuidado, saliendo del templo en el que se encontraba.

            El segundo amanecer estaba a punto de llegar a su fin para dar paso al verídico, pero algo en el color del cielo hizo que Estela se pusiera nerviosa.

            Por lo general, la coloración del firmamento durante aquel momento del día debía ser entre grisácea y azulada, pero, en cambio, parecía estar mucho más oscura de costumbre. Si tan solo hubiera sido eso, Estela no hubiera estado tan alterada, pero la cuestión era que el cielo titilaba de forma bastante evidente. Parpadeaba y volvía a retomar su color cenizo, y en las calles la gente parecía contemplar el mismo espectáculo con las manos en el pecho, conteniendo el aliento.

            Definitivamente, algo iba muy mal.

            Estela se subió al primer carro que pudo y ordenó que le llevaran inmediatamente al cabo que Heros y ella solían visitar.

            Lo que se encontró allí no le gustó lo más mínimo. Aquella bola de luz en medio del lago que Estela había dejado de visitar cada segundo amanecer por temor a que la tristeza la embargara, parecía una nube de tormenta en el horizonte. Cientos de rayos golpeaban las paredes de aquella cúpula de cristal, mientras una densa niebla negruzca fluía en su interior.

            En algún momento determinado, Estela comenzó a gritar desesperada el nombre de Heros, pero, de todas formas, nadie le estaba prestando atención, puesto que el suceso del portador ocupaba las mentes y los corazones de todos los habitantes del país.

            Y, de pronto, la bola de luz del lago del alba estalló. De forma abrupta y estrepitosa. Estalló con la fuerza de una supernova.

            —¡NOO! — chilló Estela cuando vio que de aquella nube oscura emergía un cuerpo pequeño que salía despedido hacia el abismo solar con la fuerza de un torpedo.

            El Sol, por su parte, hizo su aparición, ajeno a la terrible desgracia que acababa de suceder en Ra’Los.

Enana Blanca

8 horas antes del amanecer.

            Heros se despertó en el preciso momento en que sus fosas nasales detectaron un aroma extraño y exótico. No era un perfume desagradable en absoluto, y, sin embargo, en el interior del joven despertó un ansia asesina que le incitó a levantarse y a atacar. Sin embargo, su cuerpo estaba chamuscado en varias de sus partes y estaba tan débil que lo único que consiguió fue abrir los ojos torpemente.

            Un rostro blanco y redondeado se encontraba justo en frente del suyo, observándolo con curiosidad. Tenía unos ojos muy extraños, de un color parecido al del metal, pero mucho más brillante y vívido, y su cabello níveo caía alrededor de su rostro con la elegancia de las tres cascadas solares. Heros mostró los dientes en un acto reflejo, pero en su interior sentía una extraña fascinación.

            La chica retrocedió al ver que se había despertado, y sin articular palabra, se escondió entre la maleza que había a su alrededor.

            En ese momento Heros se percató de que se encontraba en un lugar extraño. Tras de sí se encontraba una extensión inmensa de agua, similar a la del lago del alba, y en la distancia se podía escuchar el estruendo de las cascadas al caer desde el abismo. Sin embargo, ahí se acababan las similitudes con las del lago de su hogar. Aquel lugar, por el contrario, era mucho más oscuro y lúgubre que la luminosa meseta en la que había vivido durante años. Y, pese a la falta de luz, tanto la vegetación como el entorno conformaban una belleza distinta a la que estaba acostumbrado. Una belleza mucho más salvaje.

            El joven se incorporó hasta que la cabeza le dio vueltas y las quemaduras de su cuerpo parecieron hacerse notar por encima de su cefalea. Le escocía la piel, y en algún momento de su trayectoria como portador debió de perder la ropa, puesto que se encontraba tal y como llegó al mundo. Sin embargo, Heros estaba demasiado confuso como para prestar atención a estas minucias.

            —“Dónde tinieblas estoy?” — se dijo a sí mismo, solo para darse cuenta de que, no solo no sabía dar una respuesta a aquella pregunta, sino que además tampoco sabía ni cómo se llamaba, ni lo que había hecho antes de convertirse en portador del Sol.

            En cambio, los días en la plataforma de piedra le hacían estremecerse de puro terror, por lo que Heros decidió que lo mejor sería explorar la zona para mantener su mente ocupada.

            Tuvo que pasar un buen rato hasta que pudo incorporarse del todo, y, cuando lo hizo, sus piernas le temblaban tanto que optó por ir apoyándose sobre los árboles que le rodeaban.

            Había algo en aquel lugar que perturbaba y fascinaba a Heros a partes iguales, pero cada vez que forzaba su mente, el dolor y las pesadillas le asolaban con la inercia de un martillo, por lo que, finalmente, Heros se vio forzado a detenerse, pese a que apenas había podido caminar un par de decenas de pasos.

            Se sentía… muy intranquilo. Como un animal amenazado por un depredador que no puede ver. ¿Sería la chica que había visto antes? Ahora que pensaba en ella detenidamente, se daba cuenta de que su reacción hacia aquella mujer había sido exagerada. Si lo hubiera querido muerto, podría haberlo matado en ese momento, o incluso antes, ¿no?

            Pero si lo que pretendía era asustarlo… Entonces lo estaba consiguiendo.

            Heros sacó fuerzas de flaqueza y comenzó a cojear de nuevo por entre los senderos vegetales, con la esperanza de encontrar alguna pista que le indicara quién era o por qué estaba allí.

            Sin embargo, tras varios minutos deambulando por la frondosa selva, el joven se percató de algo que le perturbó enormemente; su piel se estaba descomponiendo.

            No como la carne putrefacta cuando lleva a la intemperie mucho tiempo, ni siquiera parecía estar desprendiéndose de sus huesos. Era como si, al mismo tiempo que su tez ennegrecía, el tejido fuera desapareciendo poco a poco. Fue entonces cuando sintió el frío. Una sensación térmica tan sumamente opuesta a la eterna calidez a la que estaba acostumbrado que supo que, si no actuaba con rapidez, moriría antes de que su cuerpo pudiera desaparecer.

            Aterrado, Heros elevó la temperatura de su cuerpo varias decenas de grados, hasta que comenzó a emitir una tenue luz nacarada y su piel se calentó lo suficiente como para no sentir aquella sensación tan horrible. Reconfortado por su manto de calor, y algo recuperado de sus heridas, decidió emprender la marcha para salir de allí cuanto antes.

            Conforme pasaba el tiempo, su mente se iba despejando de la bruma de la amnesia, y poco a poco los recuerdos fueron inundando su memoria hasta que un sudor frío le comenzó a recorrer el rostro.

            —No puede ser… Yo… Sucumbí.

            Esa era la realidad. La dolorosa verdad que su mente había estado tratando de ocultarle durante el tiempo que llevaba allí. No había sido capaz de soportar el peso de un sol como lo habían hecho sus ancestros. ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? Heros tuvo la certeza de que debía volver cuánto antes, o todo su pueblo estaría perdido, condenado a desaparecer ante los rayos oscuros de la noche. La noche…

            Conforme Heros iba comprendiendo más y más cosas, su corazón latía cada vez más desenfrenado, y su pecho subía y descendía de forma casi espasmódica, iniciando un ataque de ansiedad.

            Todos sus amigos. Sus padres. Iris. Sus familiares… Estela. Todos iban a morir por su culpa. Era imposible que en tan poco tiempo hubieran podido encontrar un nuevo portador. Los había matado. Por su egoísmo.

            Como tres años atrás, Heros comenzó a hiperventilar, con los ojos desorbitados y la mirada perdida en un lugar que no existía, completamente desesperado y aterrorizado.

            Y como tres años atrás, Heros sintió una presencia a su lado que consiguió sacarle de aquel estado de parálisis y hacerle volver a la realidad. La chica de cabellos níveos le observaba con una profunda preocupación, y su pálida mano se encontraba apoyada sobre su rostro, hundido y desmejorado por los años de tortura.

            La piel de la chica estaba fría como la de un muerto, pero, de alguna forma, Heros se sintió reconfortado ante su contacto.

            —¿Quién eres? — le preguntó, al tiempo que ella ladeaba un poco la cabeza. En sus ojos la preocupación fue dando paso al alivio. Sin embargo, no respondió. Simplemente se le quedó mirando con curiosidad.

            Pero, aunque Heros se sentía ahora más tranquilo, en su corazón pesaba el remordimiento de haber dejado a todos sus seres queridos completamente desamparados, y la urgencia por volver a su hogar le instó a separarse de la extraña mujer de ojos plateados.

            —Debo volver a la cúpula del Sol— murmuró con un profundo pesar. Aunque no lo pudo ver, los ojos de la chica brillaron de sorpresa, y de un súbito salto la extraña comenzó a hacer señales con las manos.

            Heros tardó un rato en comprender que quería que la siguiera, y tras dudar unos segundos, decidió que tampoco tenía nada que perder.

            Caminando por aquellos senderos de vegetación, Heros se percató de que la extraña vestía pieles de color blanco, similares a las túnicas de su pueblo, pero de una tonalidad mucho más pálida y brillante. También recordó que él se encontraba desnudo, y un súbito sentimiento de vergüenza le recorrió el rostro.

            —“Idiota. Deja de pensar en ti mismo… Hay cosas mucho más importantes de las que preocuparse ahora mismo” — se dijo tratando de controlar los nuevos pensamientos que asolaban su mente.

            Anduvieron durante un largo rato, y en varias ocasiones, Heros trató de cerciorarse de que le estaba llevando en la dirección correcta usando como referencia el inmenso abismo por el que precipitaban las cascadas, pero su sorpresa llegó en el momento en que se dio cuenta de que, en efecto, su guía estaba tratando de conducirlo a su hogar.

            Sin embargo, y contra todo pronóstico, Heros comenzó a sentir una creciente apatía irracional por aquella extraña. Un sentimiento que fue incrementándose de manera exponencial y que le obligó a detenerse por completo justo cuando estaban cerca de alcanzar los límites del abismo.

            Su cuerpo temblaba de rabia, y en sus ojos se adivinaban sus tendencias asesinas. La chica, por su parte, detuvo su marcha y se giró por completo para encarar al joven, solo para descubrir, sorprendida, aquella actitud tan hostil.

            La joven se crispó al instante, y mostró los dientes en una actitud también amenazante. Sin embargo, cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza, en un aparente intento por no sucumbir a sus deseos de odio.

            Heros, por su parte, incapaz de soportar el tener a aquella mujer en frente de él, se abalanzó con furia, dispuesto a despedazarla con sus propias manos. Pero cuando Heros aterrizó en el lugar dónde se encontraba la chica, esta ya había echado a correr en dirección opuesta.

            El chico la persiguió con un creciente sentimiento de euforia. En su mente solo podía ver la sangre roja de aquella muchacha corriendo por sus manos. Sus dientes despellejando a tiras aquella piel tan pálida y de apariencia frágil.

            Corrió. Corrió tras aquella mujer con una desesperación psicótica. Corrió sin darse cuenta de que su cuerpo estaba calentándose cada vez más y sus heridas parecían evaporarse como gotas de agua en la superficie del sol. En un instante dado, su tez se prendió como la brea. Intensas llamas anaranjadas bailaron a su alrededor mientras Heros se centraba en su persecución. El humo comenzó a formar una clara trayectoria allá por donde pasaba, y las sombras se refugiaban al verlo pasar.

            Heros sonrió cuando la encontró. Aumentó su velocidad al verla correr, y un cosquilleo subió por su garganta mientras la distancia entre ambos se reducía con rapidez. Abrió la boca para dejar escapar una risa completamente demente justo en el momento en el que su mano inflamada se cerraba sobre la muñeca de la chica.

            Esta dejó escapar un gemido de dolor, y, seguidamente, se revolvió tratando de desembarazarse. Sin dejar de reír, Heros la acercó hacia él, deseando hundirla entre las llamas de su cuerpo y verla gotear como la cera. Sin embargo, una creciente tensión le impedía atraerla más hacia sí mismo, La fuerza misteriosa se fue incrementando hasta que se pudo comparar con su propio poder flamígero.

            Un manto de oscuridad rodeó el cuerpo de la chica, y tras unos instantes de forcejeo, una gran explosión arrojó los cuerpos de ambos jóvenes en direcciones opuestas.

            Heros rodó por el suelo de la jungla mientras su temperatura disminuía drásticamente. Completamente aturullado y emitiendo una gran cantidad de humo, Heros se frotó la cabeza, que en ese momento le latía con fuerza.

            —¿Qué demonios me pasa? — se preguntó mientras terminaba de incorporarse. Trató de dar un par de pasos, pero tuvo que apoyarse en el tronco de un árbol al sentir que se mareaba. El frío volvió a asolar su piel, por lo que tuvo que hacer un esfuerzo por volver a subir su temperatura unos grados.

            En ese momento fue consciente de que había sido un completo idiota. En aquel arrebato de locura había malgastado gran parte de la energía que había almacenado cuando todavía era de día. Maldiciendo para sus adentros, Heros comenzó a caminar de nuevo, dispuesto a regresar a su hogar a pesar de su condición.

            Si no conseguía aguantar con la poca energía que le quedaba hasta el siguiente amanecer, moriría congelado entre las raíces de aquella selva. Y entonces no habría salvación para su pueblo.

            Por suerte para él, llegar al pie del abismo fue relativamente sencillo. Tras de sí, Heros fue dejando un reguero de sangre del que ni siquiera estaba siendo consciente. Debía llegar a Ra’Los, costase lo que costase.

Supernova de tipo Ia 

10 horas antes del amanecer.

            El día llegaba a su fin. El astro salvador, el ilustre y siempre resplandeciente Sol, terminaba de surcar el cielo para completar su ciclo sempiterno, y dejando a los habitantes de Ra’Los en una penumbra mortal. Ese era el drama al que se enfrentaban las personas de aquel país guiado por el Sol.

            Iban a morir todos. Cuando el día diese paso a la noche, aquella a la que se evitaba nombrar, el frío asolaría sus corazones hasta que acabasen yermos y congelados. El nuevo portador del Sol tenía apenas tres años, por lo que parecía inviable someterlo a la terrible presión de la cúpula. Estaban condenados.

            El mundo parecía haberse paralizado. Había gente que corría de un lado para otro, totalmente desquiciada, los soldados trataban de mantener un orden que parecía imposible, mientras los primeros fuegos comenzaban a prender los hogares, seguramente en un intento desesperado por no morir cuando el sol desapareciese.

            Estela también parecía estar en trance, incapaz de concebir lo que estaba sucediendo. Sin embargo, a diferencia de los demás, no pensaba en su inminente muerte. Pensaba en Heros. Después de tantísimos años a su lado. Después de apoyarlo y reprenderlo por tratar de escaquearse de sus tareas, se había apagado. Así de sencillo. Se había ido. Al igual que el sol se iría en apenas un par de horas. En su mente se repetía el estallido de la esfera una y otra vez. El cuerpo humeante de su amigo atravesando los cielos como si no fuera más que un proyectil de cenizas y polvo. Quizás lo fuera. Quizás lo fueran todos.

            Desde que había sido muy pequeña, Estela había guardado en su interior la llama de la esperanza. Nunca había conocido a sus padres, por lo que había sido criada y educada por la propia Iris, a la que tiempo después adoraría por sus increíbles historias sobre la vida. Nunca había sido nadie especial, pero tenía muy claro que haría lo que fuera por defender a los suyos y preservar aquellas historias tan bonitas, para que las siguientes generaciones pudieran extasiarse de su belleza. Tan obcecada estaba con la majestuosidad del Sol y de la vida, que olvidó prestarle atención a algo igual de importante: la muerte. La noche. Nadie la mencionaba nunca. Lo que se sabía acerca del momento en el que el Sol se marchaba era prácticamente inexistente. A nadie le interesaba esa parte fría y oscura del mundo que era capaz de asesinarlos a todos. A nadie le importaba si más allá de Ra’Los había otras civilizaciones, otros mundos que conocieran la noche o la Luna y pudieran ayudarlos en aquel momento. A nadie… Menos a Heros.

Mientras los portadores pudieran proporcionarles siempre luz y calor, ¿por qué preocuparse en destripar el problema de raíz? ¿Por qué pensar en un plan b por si alguno de los portadores fallara antes de tiempo?

            Y ahora tenían que lidiar con el error de un país que se había negado a abrir los ojos a la realidad.

            Quería a Heros. Esa era la realidad. Lo echaba de menos de una forma abrumadora. Y se arrepentía de no haberle dicho nunca lo que sentía, porque ahora no iba a poder hacerlo jamás. Era demasiado tarde, al igual que era demasiado tarde para solventar la inmensa brecha que había en el funcionamiento de su sociedad.

            Era demasiado tarde… Pero, por algún motivo, en el corazón de Estela seguía ardiendo la llama de la esperanza. Esa llama sincera e incandescente que había brillado en su interior desde que había sido pequeña. Sin duda, se había equivocado terriblemente. Pero quizás aun no era demasiado tarde para enmendar su error. Todavía había algo que podía hacer. Era una ingenua esperanza, pero ella siempre había pensado que, precisamente porque todas las esperanzas lo eran, había que creer en ellas con mayor firmeza. Porque la esperanza significa puede. La esperanza significa quizás. Pero la desesperanza significa nunca.

            Con la determinación latiendo en sus ojos dorados, Estela comenzó a caminar, con un destino claro en su mente.

***

4 horas antes del amanecer.

Heros cayó al suelo, completamente exhausto. Había perdido mucha sangre, y, aunque no quisiera prestarle atención, su cuerpo estaba completamente mermado por todo lo que había tenido que soportar. El mundo comenzó a emborronarse a su alrededor. La gran pared de roca que había estado escalando se transformó en una pantalla de colores desvanecientes. Si volvía a fallar… ¿Qué sería de él? ¿Qué sería de todas las personas de Ra’Los? Morirían congeladas y con la piel ennegrecida. Y el Sol seguiría saliendo, totalmente ajeno a las vidas de sus supuestos hijos.

Si tan solo hubiera sido más consciente de su papel como portador… Si tan solo hubiera puesto toda su alma en cumplir la única tarea que le habían encomendado, ahora sus seres queridos no estarían pagando las consecuencias de su ineptitud. Debía volver… Aunque muriera en el proceso. Si ese era su castigo, lo soportaría. No iba a permitir que los demás pagaran su error.

            Temblando, Heros se levantó del suelo. Flaqueó. Cayó. El agotamiento era, sin duda, el enemigo más estoico contra el que había tenido que combatir. Se levantó. Cayó una vez más. Su respiración se atenuó. Los párpados le pesaban como bloques de mármol, pero era consciente de que, si los cerraba, no sería capaz de volverlos a abrir jamás.

            Debía… Debía…

Una mano pálida y delicada se posó sobre su hombro. Heros se erizó ante el contacto, y aquella furia descontrolada volvió a invadirle de manera instintiva. Sin embargo, estaba tan cansado que su parte más racional consiguió dominar el impulso de asesinar a aquella chica.

             —¿Por qué me ayudas a pesar de todo? — la muñeca de la joven estaba arrugada y ennegrecida por el contacto de sus llamas, pero ella, contra todo pronóstico, le sonrió.

           —Tú, yo, llave— era muy evidente que estaba haciendo un esfuerzo inmenso por tratar de comunicarse con él, y Heros se preguntó cómo diablos habría aprendido su idioma aquella extraña o si conseguía comprender todo lo que decía. Él, por su parte, no acaba de cohesionar aquella frase tan enigmática.

            La chica pareció leer la incomprensión de Heros, por lo que le pidió mediante señas que le prestara atención. Heros asintió, consciente de que aquella mujer era la única oportunidad que tenía de llegar vivo a su pueblo.

            La luz a su alrededor se fue atenuando poco a poco, hasta que Heros se vio rodeado por un manto de algo que jamás había presenciado: oscuridad total. Instintivamente, calentó su cuerpo hasta que pudo resplandecer. De haber podido, se habría inflamado, pero estaba destrozado y su cuerpo no daba más de sí. Asustado, trató de pedir ayuda, pero de su boca no surgió ningún sonido. En cambio, sintió como la chica de ojos plateados comenzaba a moverse en torno a él. No podía verla, pero de alguna forma sintió que saltaba y agitaba los brazos con energía.

            Estaba esperando que creara fuego. Lo presentía, de alguna forma. Aquella mujer le estaba pidiendo que se prendiera. Al principio, Heros se sintió confundido, pero enseguida trató de poner toda su alma en hacer lo que la chica le pedía. Pensó en Estela, y eso pareció darle las fuerzas necesarias como para poder prenderse.

            De pronto, una serie de figuras comenzaron a hacerse visibles a pesar de la oscuridad envolvente. Heros se fijó en que no eran más que sombras, que la chica conseguía hacer aparecer en la pared del precipicio, pero aun así le pareció sorprendente lo bien definidas que estaban aquellas siluetas.

            Las sombras, una vez captada la atención de Heros, comenzaron a contar su historia.

            Primero dibujaron una aldea, repleta de gente corriente y feliz, que al caer la noche adoraban a la Luna, pues ella era quién les otorgaba la vida y templaba sus almas ardientes. Sin embargo, cuando la luna se escondía, la gente de la aldea se veía indefensa ante la amenaza de la inmensa bola de fuego, que abrasaba sus pieles y calcinaba sus espíritus. Por ello, los portadores de la luna eran indispensables para su supervivencia. Las personas de aquel lugar esperaban con devoción la llegada de un embarazo bendecido; un embarazo marcado por un rayo de luna, que implicaba la llegada de un nuevo salvador.

            Tras muchas generaciones, un nuevo embarazo fue marcado por el brillo de la Luna, y la gente de la aldea festejó con alegría. Sin embargo, cuál fue su sorpresa al descubrir que en aquella ocasión no había un salvador, sino dos, y las gemelas compartían no solo aspecto, sino también cualidades, por lo que ambas poseían el don de la Luna.

            Tras muchas cavilaciones, la gente de la aldea decidió que las dos niñas fueran destinadas a dar su vida por aportar aquel manto de oscuridad que salvaría a su pueblo, con la esperanza de que, al ser dos esta vez, pudieran soportar la presión durante mucho, mucho más tiempo.

            Sin embargo, a pesar de que ambas hermanas estaban decididas a cumplir su propósito, también eran conscientes de las implicaciones de entrar al templo lunar, por lo que las chicas trataron de convencer a su gente de que solo una tuviera que someterse a esa hazaña.

            Nadie les prestó atención.

            El día del ritual, ambas hermanas se prepararon para entrar en aquel templo y dar su vida por la aldea, conscientes de que, una vez traspasada la puerta, no habría marcha atrás.

            Sin embargo, un manto de oscuridad absoluta envolvió a todos los presentes cuando las dos salvadoras estaban a punto de entrar. La hermana menor, que había nacido unos minutos después, se vio empujada con fuerza, y mientras rodaba por la ladera de la colina, la voz de su hermana mayor fue clara y concisa: encuentra la verdad sobre la luna… Y sobre el Sol.

            Desde lo más bajo de la montaña, la hermana menor fue testigo de como su hermana terminaba de entrar en el templo, sacrificando su vida por la aldea y por ella.

            Las sombras de la pared comenzaron a desdibujarse, y la oscuridad se disipó por completo hasta que el rostro de aquella mujer de ojos plateados fue perfectamente visible a pesar de la penumbra de la noche.

            Heros estaba completamente anonadado, incapaz de asimilar aquella información.

            —Tú también eres la llave…— logró susurrar al cabo de unos instantes. La chica asintió—. ¿Cómo te llamas?

            —Laise

            —Yo soy Heros.

          —Heros…— dijo, y una sonrisa afloró en su rostro pálido. Sin embargo, el chico sintió una punzada de odio al verla sonreír.

            —¿Por qué siento ganas de matarte? — le preguntó, pero dado que Laise tampoco parecía comprender su idioma muy bien, dudaba poder expresarle todas sus inquietudes mediante el diálogo. No obstante, la chica pareció comprender su frase tras pensar en ella durante un rato.

            —Tú Sol. Yo Luna— fue su escueta respuesta. Sin embargo, Heros comprendió a lo que se refería.

            En ese momento, Laise sujetó el brazo de Heros alrededor de su cuello, de tal manera que este pudo incorporarse a pesar de su extrema debilidad.

            —Yo ayudar Heros.

            El chico sintió el ya conocido arrebato de furia hacia aquella chica, pero su debilidad actuaba como un freno natural entre los dos, por lo que ambos pudieron mantener la compostura. Sin poderlo evitar, el joven sintió cómo las lágrimas acudían a sus ojos.

            —Resiste Estela… Ya estoy de camino.

***

8 horas antes del amanecer.

            Estela inspiró hondo. Había hablado ya con Iris, y aunque no le había comunicado expresamente sus intenciones, sí que le había dicho que, si salían con vida de aquella noche, era imperioso salir de la comodidad de Ra’Los y buscar pistas sobre su origen y su historia más allá de los portadores del Sol, si es que la había, para que aquella situación no volviera a repetirse.

            Iris se encontraba completamente pálida y aparentemente en shock, pero las palabras de Estela parecieron sacarla de su estado de ensimismamiento. Le preguntó que qué estaba tramando, pero la chica simplemente se dio media vuelta y se alejó de allí.

            Había realizado todos los preparativos cuanto antes, puesto que el tiempo acuciaba y la vida de miles de personas estaba en juego, sin embargo, ahora que se encontraba frente a la cúpula ya no estaba tan segura.

            Durante los tres años en los que Heros había permanecido dentro de la esfera, ella se había dedicado a mejorar sus capacidades innatas para igualarlas a la de un portador. Y aunque no había llegado a conseguir, ni de lejos, la habilidad de su amigo, sí que había conseguido grandes avances para una simple testigo.

            Pero ahora que había llegado la hora de la verdad, sabía que no era suficiente. Ni siquiera había logrado prenderse ni una sola vez. Las palabras que Heros le dijo cuando apenas eran unos niños restallaban en su mente como un látigo: Una testigo del montón. No eres más que una testigo más.

            Estela tragó saliva. Dudó un instante. Y antes de que la duda corroyera todo su cuerpo y se decidiera a dar marcha atrás, la joven dio un paso hacia adelante. Y después otro. Y sin apenas darse cuenta había atravesado el círculo de runas grabado en aquella circunferencia de dimensiones absurdamente grandes.

            En ese mismo momento, el Sol terminó de ponerse, y un frío desgarrador atravesó las entrañas de la chica. Tenía que prenderse. Tenía que hacerlo. Por su pueblo. Por Heros. Les demostraría a todos que la esperanza no era simple palabrería.

            Tal y cómo lo había estado ensayando durante años, Estela comenzó el ritual de los portadores. Se concentró para elevar la temperatura de su cuerpo, mientras unas leves gotas de sudor recorrían su frente.

            —Más, Estela. Tienes que elevarla mucho más— se dijo a sí misma mientras hacía un esfuerzo aun mayor.

            El frío de la noche comenzó a ennegrecer la piel de sus piernas y brazos, a pesar de que había aumentado su temperatura unos cuantos grados.

            —Más.

            La noche era mucho más horrible de lo que todo el mundo creía. Ahora entendía por qué la gente se había comportado de manera tan histérica.

            —Más.

            Su cuerpo se ennegrecía, se congelaba. Se moría. Y Estela no hacía más que pensar en Heros, mientras unas lágrimas surgían de sus ojos dorados. Conforme resbalaban por su mejilla, las gotas se fueron endureciendo hasta convertirse en esquirlas de hielo en un rostro prácticamente oscuro.

            Estela chilló. Chilló de frustración, de miedo, pero también chilló porque tenía esperanza. Porque a pesar de todo, confiaba en que aquello iba a salir bien.

            Quizás por eso la gente de Ra’Los, ya débil y moribunda debido al manto de la noche, pudo ver en la distancia una chispa que se prendía como un rayo de salvación.

            Se trataba de una esfera mucho más pálida y fría que la que solían ofrecer los portadores, pero emitía el suficiente calor como para templar sus cuerpos ya prácticamente congelados.

            El chillido de Estela recorrió cada recoveco de Ra’Los, y la gente pareció contagiarse de la esperanza de la joven.

            Y justo en ese momento, comenzaron los temblores. Temblores que agrietaban la tierra y desmoronaban los edificios. Y junto con los temblores, el grito de Estela siguió atravesando el espacio.

            Solo que ya no quedaba esperanza en aquella voz. Solo un dolor indescriptible.

***

2 horas antes del amanecer.

            Heros escuchó el grito de sufrimiento un poco antes de que hubieran conseguido alcanzar la cima del precipicio. Y reconoció la voz al instante.

            —No puede ser…

            El chico se desembarazó de Laise y comenzó a trepar por la roca con desesperación. Tenía las manos ennegrecidas y bastante frías pese a sus esfuerzos por conservar el calor, y tras unos minutos comenzaron a sangrar.

            El aullido de su amiga le atravesaba el cerebro como una lanza y en cuanto alcanzó la cima del abismo, Heros sintió que su mente se empezaba a romper del miedo. Miró en la distancia y vio una bola de luz trémula y blanquecina allá donde debería haber un segundo sol.

            —Estela… ¿Qué se supone que has hecho?

            Una vez más, Heros sintió el contacto de Laise, y eso pareció darle las fuerzas que necesitaba para levantarse de nuevo.

            —Tenemos que llegar a la cúpula cuanto antes.

            Sin embargo, conforme decía aquellas palabras, un temblor de gran intensidad hizo que ambos jóvenes se tambalearan hasta caerse al suelo. En la distancia, los ríos parecían fluir de forma abrupta y descontrolada, desbordándose poco a poco en tres trombas destructoras.

            Heros se olvidó del mundo y corrió.

            No le importaba que el suelo bajo sus pies se estuviera agrietando ante los efectos del terremoto. No le importaba que los ríos se hubieran convertido en tres corrientes mortales de agua. Ni siquiera le importaba que Laise estuviera corriendo a sus espaldas, gritando su nombre mientras trataba de detenerlo.

            Estela estaba sufriendo. La voz de su amiga era un aullido que dolía tan solo de escucharlo. Y mientras él corría a auxiliar a la chica, cientos de imágenes se sucedían ante sus ojos. Imágenes de cuando eran niños, de cuando terminaron haciéndose amigos. Imágenes de sus discusiones, de sus momentos de risas y de sus confesiones al segundo amanecer.

            Imágenes de cuando Estela terminaba por desfallecer tras estar días enteros practicando por obtener su don.

            Imágenes de Estela persistiendo en su empeño a pesar de los recelos de Heros.

            ¿En qué momento se había subido en un barco junto a Laise? ¿En qué momento había comenzado a surcar las olas inmensas de un lago que debería haber sido totalmente apacible?

            ¿En qué momento la esfera que alumbraba débilmente Ra’Los se convulsionó unos instantes, para seguidamente estallar en una sobrecogedora supernova?

            La onda de choque atravesó el lago del alba, y la esfera de luz dejó tras de sí una inmensa estela de polvo que comenzó a expandirse por el espacio.

            De entre la humareda, un proyectil salió disparado a una velocidad vertiginosa. Heros apenas pudo verlo durante unas milésimas de segundo, pero en ese intervalo de tiempo se percató de que aquel cuerpo estaba completamente carbonizado, y se descomponía mientras surcaba el aire.

            Inmediatamente después, una calma sobrecogedora se abrió paso entre las aguas. Fueron tan solo unos segundos, pero Heros sintió que el tiempo fluía de forma lenta y desacompasada, como si se estuviera quebrando en mil pedazos al intentar avanzar.

              ¿En qué momento había perdido a Estela para siempre?

Epílogo: Dualidad día-noche

            Laise estaba muy preocupada por Heros. Habían conseguido llegar a la cúpula del lago a pesar de las inclemencias del tiempo, los terremotos y las olas devastadoras, y tras realizar un ritual que había aprendido durante sus viajes, consiguió lo que quería: que la luz alumbrara de nuevo aquella tierra y calentara a sus habitantes sin que los portadores tuvieran que sufrir una indescriptible presión en el proceso.

            ¡Eso era un auténtico descubrimiento! ¡Un logro sin precedentes! Y si bien era cierto que se trataba de una luz mucho más anaranjada y templada que la que emitía el sol, cumplía su misión de alumbrar y calentar.

            Tanto era así que ella misma tuvo que envolverse en un manto de oscuridad al cabo de un tiempo.

            No se lo había dicho a Heros, pero lo había utilizado para comprobar que lo que había estado investigando durante todos esos años era correcto. Y si bien quedaban muchas incógnitas por resolver, la realidad era que había dado un gran paso por encontrar una solución a aquel problema ancestral que asolaba sus mundos.

            Pero tampoco quería hacerse la altruista. Si se había decidido a acompañar a Heros hasta su hogar no había sido porque le cayera bien el chaval, aunque así era. Sino porque quería comprobar que el método que había descubierto para salvar a su hermana funcionaba.

            Y en efecto lo hacía. Todavía tenía que esperar a que se hiciera de noche una vez más, para asegurarse de que aquel estado de atardecer se mantenía indefinido en el tiempo incluso aunque los portadores no estuviesen en sus posiciones, pero era más que evidente que el chico no estaba sufriendo ningún tormento físico. Al menos, no relacionado con su papel de alumbrar.

            Por lo que había descubierto, aquel método tampoco era una solución definitiva al problema de la dualidad día-noche, y además también mermaba las energías de los portadores incluso aunque estos no se encontraran en los círculos de poder.

            Sin embargo, al repartir el peso del trabajo entre dos personas, la carga se volvía mucho más liviana, y eso permitía a los portadores abandonar las cúpulas siempre y cuando ambos permanecieran juntos. Tanto el portador del Sol como el de la Luna. Debían estar siempre juntos si pretendían que aquello funcionase.

            Y ese era el principal problema de aquella solución. Precisaba una cooperación y un enlace para funcionar, por lo que si quería rescatar a su hermana tendría que llevarse a Heros con él. Y todavía no sabía cómo decírselo.

            Tenía que seguir investigando el asunto, y Ra’Los parecía un lugar bastante adecuado para hacerlo, puesto que tendría a su disposición una gran cantidad de textos w información.

            Sin embargo, encontraba varios problemas. Para empezar, todavía no había aprendido el dialecto del Sol, por lo que la comprensión de aquellos textos iba a resultar complicada y le llevaría un valioso tiempo. Pero el verdadero problema era la dualidad día-noche. La naturaleza opuesta del Sol y la Luna era la que parecía provocar aquella reacción de hostilidad entre ellos, y aunque Heros y ella habían conseguido superarla gracias a sus estados de cansancio, eso no iba a suceder con los habitantes de Ra’Los, por lo que si no ideaba un plan acabaría muerta antes de poder salvar a su hermana.

            Sin embargo, ese contratiempo no acuciaba por el momento. En aquel instante, Laise estaba más preocupada por el estado de Heros. Desde el momento de la supernova parecía haberse apagado como una noche de luna nueva. Se encontraba arrodillado y cabizbajo, llorando por algo que Laise no acababa de comprender.

            Había tratado de animarlo abrazándolo y explicándole lo que habían conseguido, pero o bien no se había expresado bien en su idioma, o bien el chico estaba realmente destrozado.

            De hecho, su estado había sido el motivo por el cual había tardado más de lo esperado en conseguir que el plan de eclipse funcionara.

            No podía hacer nada más por él, y, en cierto modo, debería haberse sentido indiferente ante su dolor. Pero lo cierto era… que no era así. Sentía una preocupación genuina, y eso le inquietaba bastante. Al fin y al cabo, Heros no era más que un desconocido para ella.

            Laise se mordió el labio inferior, angustiada, mientras Heros permanecía inmóvil y con los ojos muy abiertos, susurrando de manera tétrica palabras que la chica no lograba escuchar ni comprender. Tampoco tenía ganas de hacerlo.

            Y mientras ambos portadores permanecían en la cúpula y los temblores aminoraban su frecuencia e intensidad, el Sol volvió a salir por el este, completando una vez más el ciclo eterno del día y de la noche.

Si has llegado hasta aquí, es que realmente te ha gustado la historia, así que te agradezco haber perdido parte de tu tiempo en leer mis desvaríos. De verdad, me hace verdaderamente feliz. Sé que mi relato no es perfecto, y por ello, agradecería enormemente que lo criticaras. Seguro que hay puntos o partes que no te acaban de convencer. Cosas que puedo mejorar para el próximo relato. Te invito a que me escribas todo lo que se te ocurra. Una vez más, muchas gracias por todo, y un saludo muy grande 🙂

Los créditos de la imagen son de Buddy_Nath vía Pixabay

 

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