ANGUSTIA EN CADA BOCADO

El suculento aroma de la comida se cuela en mi nariz, pero se me revuelven las tripas. Meto la cuchara en la sopa y empiezo a removerla para hacer tiempo. Me hipnotizo con el movimiento del caldo y clavo la vista en las porciones de verduras que flotan en él. Me recuerdan a mí: luchan por salir a la superficie para no ahogarse.

Luego observo las reacciones de mis compañeras. La mayoría demora el temido momento, pero las más valientes ya han empezado a dar pequeños sorbos. Mi pulso frenético hace lo posible por calmarse. Me acerco la cuchara a la boca y entreabro mis labios temblorosos. Muerdo muy lentamente las verduras mientras las saboreo. Es un manjar en la escasez de alimentos de esta época, pero no puedo disfrutarlo. Se me hace un nudo en el estómago y me esfuerzo por tragar. Mis ojos se humedecen y una lágrima resbala por mi mejilla. Al aterrizar en la sopa rompe con el profundo silencio que llena el ambiente. Me entran náuseas al pensar que este puede ser mi último bocado. Un sudor frío me recorre la nuca y los acelerados latidos de mi corazón resuenan en la sala. Mis pulmones se asfixian y el aroma de la comida ya no me parece tan apetitoso. Cierro los ojos hasta que me duelen y rezo para no desaparecer.

Espero. Me estrujo las manos e intento calmar mis nervios, pero es en vano. Esperar es duro, es el instante más difícil de esta labor. Mi destino se decide en una hora. A veces me parece eterna, pero otras creo que necesito más tiempo. Me faltan minutos para aprovechar, aunque en este lugar se me hace imposible. En ocasiones pienso que nadie se merece pasar la última hora de su vida aterrorizada. Ahora mismo tengo la sensación de que las agujas del reloj no avanzan. Es como si el tiempo se hubiese parado en el menos deseado momento. Me fijo en mis catorce compañeras. Sé que ellas sienten lo mismo Por una parte están impacientes, pero por otra no tienen ganas de que se acabe la cuenta atrás. Y es que siempre tenemos sentimientos encontrados, es una espera muy contradictoria. De pronto una de ellas vomita y me pongo en lo peor. Un escalofrío recorre mi columna y se me eriza la piel. No parece que yo tenga síntomas, pero si una de mis compañeras ha reaccionado así, puedo ser la siguiente. Después de hacerle una prueba han determinado que ha sido por un ataque de nervios. Esto es bastante común. Hay una delgada línea entre los signos de verdad y los que son por puro estrés. Al final ninguna más ha sufrido nada parecido. Entonces es cuando por fin respiro. Me lleno de aire y lo expulso en un suspiro de alivio. He sobrevivido.

Esta tortura la repito tres veces al día. Aunque se ha vuelto parte de mi rutina, no consigo jugarme la vida sin llorar. El mero hecho de comer ya me da miedo. Además me pongo en peligro por alguien al que ni siquiera he visto en persona. No se ha dignado a hablar con las mujeres que le salvamos continuamente. Para él somos sus cobayas. Ni siquiera apoyo sus ideas y aun así lo hago todo por él. Sin embargo mi cuerpo se podría envenenar en cualquier momento y él no sentiría ni una pizca de culpa. El Führer me obligó a someterme a esto y si me hubiese negado ya estaría muerta hace tiempo. Tengo que mantener con vida el nazismo si no quiero morir en sus manos. Soy presa de la culpa por ser cómplice de alguna manera. Me pagan por comer, algo indispensable para vivir. Pero sin embargo muchos no tienen este privilegio. La Segunda Guerra Mundial está arrasando con todo y Alemania está sumida en la pobreza. La gente muere de hambre y a mí nunca me rugen las tripas. Aun así no soy feliz, no puedo serlo si me encuentro en una cuerda floja entre la vida y la muerte. Estoy cansada de este dilema.

De momento nadie sabe cuál es mi trabajo. Ya sé que yo no decidí mi destino, pero me avergüenzo de él. Quizás algún día me atreveré a contarlo. Cuando dé ese paso, todos conocerán la historia de las quince catadoras de Hitler. Hasta entonces no me queda más remedio que seguir luchando para sobrevivir en este mundo cruel.

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