BAJO LOS EFECTOS DEL PONCHE

¡Hay que ver qué poca vergüenza tiene! Me trae a la fiesta de Halloween de sus amigos y se pierde con ellos. Me ha dejado más tirada que a una colilla. Pero en cuanto aparezca se va a enterar de lo que es bueno. ¿Qué se piensa, que me puede dejar olvidada cuando le viene en gana? ¡De eso nada!

No conozco a nadie, pero intento integrarme en la celebración. No sé cuánto ponche he bebido, ya he perdido la cuenta. Empiezo a sentirme un poco mareada y eufórica a pesar del enfado. Creo que los demás están tan bebidos como yo.

Me uno a una gran conga que se está formando. La habitación gira como una peonza conmigo dentro. ¿O será mi cabeza la que da vueltas? En uno de esos vaivenes se me caen las lentillas al suelo. Me pongo a cuatro patas para intentar encontrarlas antes de que alguien las pise. Uno disfrazado de esqueleto pone sus piernas a ambos lados de mí y se apoya en mi espalda como si yo fuese un caballo y él mi jinete. Ha empezado a lanzar grititos y a la vez me pega azotes en el culo como si me estuviese domando. Este no sabe quién soy. Normal, porque estoy disfrazada. Si fuese una yegua salvaje le tiraría de la cabalgadura y le daría una coz bien dada. Pero no lo soy. Intento zafarme de él sin conseguirlo. Entonces escucho el «crag». ¡Adiós lentillas! Un enorme zapato de payaso las ha roto.

Noto que la sien me late y que el calor me invade. Cojo impulso y trato de incorporarme. No me resulta fácil con el traje de Maléfica que llevo puesto, pero finalmente lo consigo. Al hacerlo tiro al jinete esquelético. Le oigo quejarse. Espero que se le haya roto algún hueso de los de verdad. Necesito salir al exterior y que me dé el aire. Sin las lentillas no distingo nada, solo veo bultos de diferentes colores. Los sorteo como puedo y salgo afuera. El aire frío me golpea en el rostro y me espabilo un poco.

Distingo una sombra multicolor en el campo que hay al lado de la casa. Por los colores y la silueta creo que es mi acompañante. Me dirijo hacia allí. ¡Se va a enterar!

Trastabillo varias veces. Entre que no llevo lentillas y lo bebida que estoy me cuesta mantener el equilibrio. Es muy complicado andar por el campo con un traje que arrastra por el suelo. Por fin logro mi objetivo y me detengo frente a él. He de reconocer que tiene buena planta. Está cuadrado. Qué pecho, qué hombros… ¡Ay! Pero no puedo flaquear, aunque sea guapo a rabiar. Con ese sombrero de paja y esa camisa de leñador está tan campestre… Me estoy ablandando y eso no puede ser, así es que saco de nuevo el genio y le digo todo lo que llevo dentro. Solo me mira, ni me responde. Muy propio de él. Cabreada le doy una patada en la espinilla. ¡Joder, qué daño me he hecho! Es como si hubiese golpeado un tronco. No me extraña porque tiene unas piernas duras como piedras. El tío ni se ha inmutado. Pasa de mí. Le rodeo el cuello con mis manos y me abrazo a él. Huele a madera y a hierba. Seguro que se ha echado la fragancia que le regalé en las últimas navidades. Cierro los ojos y aspiro su aroma. Los párpados me pesan. Empiezo a dar cabezadas. Debe de ser efecto de todo el alcohol que he bebido. Rodeada de oscuridad me entrego a un sueño profundo. Tengo una pesadilla horrorosa. En ella caigo en una tinaja llena de ponche y de esqueletos flotando.

Cuando despierto ya es de día. Los brazos se me han quedado dormidos. No me extraña porque estoy en una posición imposible, agarrada a unos palos de madera de los que cuelgan unas ropas multicolores. Me separo un poco de ellos y me doy cuenta de que es un espantapájaros. Es absurdo, pero parece que me mira. Y su mirada está tan sorprendida como la mía al descubrirle. Al apoyar el pie en el suelo me duele como si lo tuviese roto. Entonces recuerdo la patada que le di a mi novio. Pero… ¡un momento! No, no puede ser. O tal vez sí. «¿Eras tú?», le pregunto al espantapájaros. Me parece verle sonreír, pero deben de ser imaginaciones mías. O no…

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