Cartas de ventana a ventana

Miraba el techo blanco de la habitación con los ojos húmedos. Ese techo blanco que ya se sabía de memoria: aquella sombra allí, ese puntito aquí. Los 100.000 segundos que llevaba allí daban para mucho, muchísimo. La soledad, el silencio, el dolor. ¿Dónde estaba su familia, sus padres y su hermana? ¿No podían estar allí ni siquiera cinco minutos? Era insoportable. A veces, pensaba en quitarse todo y dejarse ir, abandonar la maldita lucha de una vez.

– Buenos días, Juan. ¿Cómo estás hoy? – La enfermera echó un vistazo ligero a la pantalla de las máquinas.

– Mal. Muy mal.

– Vaya. Pues esto te va a gustar. Alguien te ha escrito.

– ¿A mí? ¿al hospital?

– Sí, por email. Hemos puesto una dirección para que os manden cartas de ánimo. Escucha que te lo leo.

“Hola. ¿Qué tal estás? Soy Sandra, tengo 25 años y estoy pasando esta cuarentena horrible con mis padres. Desde mi ventana veo el hospital del 12 de octubre y sé que estás allí. Por eso te escribo. Yo lo estoy pasando muy mal. Soy asmática y mi madre no me deja ni que me acerque por la puerta de la casa. Así que llevo días y días aquí encerrada y lo único que veo desde mi ventana es tu edificio. Entonces pienso que tú estás ahí y me siento avergonzada de mi suerte. Quiero mandarte mucho ánimo, casi tanto como el que yo necesito, porque sé que, si nos apoyamos los dos, saldremos adelante. No lo dudes: Saldremos adelante. Te quiere sin conocerte, Sandra”

– ¿Has visto qué bonito, Juan? ¿quieres decirle algo?

Juan luchó por tragar el nudo seco de su garganta.

– No sé… -consiguió con voz ronca-. Bueno, sí. Que yo también miro por la ventana y le veo a ella… Y que espero su carta -calló un momento y añadió de corrido- Que me diga qué aficiones tiene, qué le gusta, cómo es su cara… Y que a mí me encanta desayunar tostadas con mantequilla.

Aquella misiva fue la primera de muchas más. La enfermera llegaba sobre las 11 de la mañana y Juan miraba impaciente el reloj desde que se despertaba. Ahora entendía a la perfección la parte de El Principito, donde el zorro espera la visita de su amigo. Quizá era una tontería, pero aquellos escasos dos minutos que escuchaba la carta eran la luz para el resto del día, para observar ese techo blanco mientras imaginaba historias, recordaba tiempos felices, pensaba en lo que iba a hacer cuando saliera de allí.

“Hola de nuevo. ¿Cómo estás? ¿Te han subido ya a planta? ¿Qué tal te ha salido esa prueba que me decías?¡ Espero que vayas mejor cada vez! Hoy me he dedicado a mirar a un parque de niños que se ve desde mi cocina. Está precintado, claro, pero recuerdo cuando estaba lleno de bullicio, peques que esperaban la cola del columpio, jugaban al futbol o lloraban porque les había quitado algo “– Juan se rio-. “Todo con tanta vida. Y me recuerda en lo que quiero trabajar: maestra de primaria. Ya terminé la universidad y estoy preparándome para las oposiciones del año que viene. Son muy duras, todo el mundo me lo dice, pero si tú me das ánimo, tú que estás pasando la prueba más dura, sé que podré con ello. Un abrazo fuerte, fuerte, Sandra”

Carta tras carta, la ilusión, la energía se fue convirtiendo poco a poco en un enamoramiento muy raro. Raro, porque no se veían, ni se conocían, ni sabían casi nada de sus vidas, salvo lo que iban contando en aquellos mensajes. Raro, porque miraba a los edificios de viviendas al otro lado de la avenida y se la imaginaba en aquel balcón del cuarto, lleno de flores, aunque quizá ella vivía en el segundo… Era todo extraño, tan nuevo, pero Juan le estaba eternamente agradecido por devolverle las ganas de vivir. Se anotó en la mente preguntarle su dirección la próxima vez.

Tuvo muy claro qué iba a hacer en cuanto saliera: ir a su casa. Por supuesto, iría con mascarilla y guantes, con todas las precauciones, no quería perjudicarla. Pero tenía que verla en persona. Se moría de ganas. Era capaz de aguantar lo que fuera sólo por ese momento.

Nada de lo que se imaginaba resultó realidad.

El día soñado que le dieron el alta, sus padres le estaban esperando y aunque extrañados, accedieron a su deseo.

Esperaron en el portal mientras Juan subía al cuarto (¡sí, vivía en el cuarto!). Cuando llamó al timbre, una señora con gesto extrañado le abrió la puerta.

– Buenos días, señora. Vengo a ver a Sandra.

– ¿Sandra?

– Sí, yo estaba en el hospital y nos hemos enviado cartas de ánimo.

– ¿Pero cuándo ha sido eso?

– Pues desde hace unas dos semanas …

– Imposible.

– ¿Cómo dice, señora?

– Sandra murió hace tres semanas, ella es asmática y no pudo salir adelante.

Juan salió del edificio, con los hombros hundidos y el corazón con una opresión asfixiante. Era imposible, sencillamente imposible. ¿Quién había escrito esas cartas que le habían dado luz y alas? ¿Quién, demonios, quién?

Ya en la calle, levantó la cabeza y lanzó una última mirada al balcón del cuarto y desde allí, pudo ver cómo una chica pálida le lanzaba un beso y se metía dentro.

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Respuestas

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    1. Muchas gracias, Paula! Aunque no estoy muy conforme con él, la verdad. Era para un concurso y lo hice un poco a mata caballo….