CITA CON LA MUERTE

Aquella mañana me desperté antes de que las luces se activaran de manera automática. Permanecí unos instantes más en mi cama encapsulada mientras pensaba que por fin había llegado el día de mi muerte. Me sentía extraño al saberlo anticipadamente.

Me puse en pie. Para mi desconcierto no sentía ningún dolor. No recordaba cuándo fue la última vez que me levanté sin molestias. Tal vez se habían anestesiado mis centros neurálgicos al saber que ese día pondría fin a tanto sufrimiento.

Me duché y me preparé como cuando todavía estábamos juntos y tenía una cita con ella. Me puse la ropa que tanto le gustaba, la que me regaló antes de irse de mi lado. Me sentaba bien. Preparé un desayuno especial con fruta. Hacia tiempo que era un alimento escaso, pero era mi último desayuno y no quería escatimar. Me recreé en cada sabor mientras pensaba en lo que estaba a punto de suceder.

Nunca pensé en utilizar una de esas cápsulas eutanásicas llamadas «Sarco». Pero desde que ella se fue caí en un pozo de tristeza que me llevó a perder el trabajo y con él, parte de mis derechos como ciudadano. Además estaban esos dolores que cada vez eran más frecuentes.

Llevaba mucho tiempo esperando esa cita con la muerte. Las listas de espera para acceder a una cabina de suicidio eran largas. Desde que se extinguió la vida en la Tierra nada había vuelto a ser lo mismo. Ahora vivíamos en el planeta Nibiru. Nos habíamos salvado, pero con el paso del tiempo nos convertimos en una sociedad hastiada y marchita.

Los primeros prototipos de cabinas no fueron muy efectivos. Tenían muchos fallos que terminaban dejando a algunos usuarios en estado vegetativo. Con el tiempo, la empresa Exit perfeccionó los modelos. Entonces muchos enfermos solitarios y sin familia se decidieron a utilizarlos para dejar de sufrir. Desde entonces los suicidios asistidos habían ido en aumento.

La alarma de mi reloj inteligente me sacó de mis pensamientos para indicarme que debía salir ya, si no quería llegar tarde a mi cita en el CDMA (Centro de Muerte Asistida). Decidí caminar. Era algo que no realizaba desde hacía tiempo. Casi todo el mundo utilizaba las rampas metrodeslizadoras. Ir andando fue todo un acierto. El sol dibujaba un paisaje magnífico de luces y sombras. Disfruté del paseo mientras me preguntaba cómo habíamos llegado a vivir confinados en las alturas de nuestras edificaciones. Saludé cordialmente a las pocas personas con las que me crucé e increíblemente ellas me devolvieron el saludo con una sonrisa. Hacía tiempo que no me saludaba nadie.

Sin apenas darme cuenta llegué a mi destino. Entré en el edificio y me dirigí hacia la sala donde estaba mi cabina. Todo estaba muy tranquilo El silencio era la tónica habitual de aquel lugar. No había nadie esperando. Fui hacia aquel sarcófago con paso vacilante, no con el paso firme que había supuesto en un principio. En apenas unos minutos, todo acabaría y descansaría de una vida que hasta ese momento se me antojaba insoportable, aunque en ese instante no me parecía tan mala.

Entré en la cápsula y me senté en el asiento. Introduje mi tarjeta en la ranura y tecleé el código que me habían proporcionado. Esperé a que se iniciara la operación pero nada ocurrió. Volví a repetir el proceso varias veces por si me había equivocado, sin embargo, el resultado fue el mismo: la máquina no se encendió. Temblando, cogí la tarjeta y salí del compartimento. No sabía hacia dónde dirigirme ni a quién preguntar. Al rodear la máquina para salir de la sala, vi el letrero: “Cabina estropeada. Regrese mañana”. Me quedé estupefacto, pero me alegré.

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