COCO A LA VISTA

El día que dejaron encima de mi mesa la invitación para la fiesta de empresa, no podía sospechar que iba a ser tan agitada.

El jefe había alquilado por una tarde un islote en medio del mediterráneo. Era tan pequeño que ni en los mapas salía. Parece ser que se lo alquiló a Julio Iglesias, que a su vez se lo había comprado a no sé qué futbolista. Ese año el jefe había tirado la casa por la ventana y yo solo podía sonreír pensando en que Gustavo, el secretario del área de comunicación, iba a estar en la fiesta. Llevo años enamoradita perdida de él, pero pasaba tanto apuro cuando se me acercaba y me decía algo, que no me salían las palabras. ¡Qué tonta!, iba a pensarse que no lo trago. —Nota mental: así no se conquista a nadie—.

La tarjeta especificaba que sería una fiesta de temática hawaiana. Dicho y hecho. Me planté en el barco con una falda de jirones de tela que yo misma me había hecho. La verdad es que me quedó muy mona, pero no me di cuenta de que al sentarme se abrían y me dejaban las bragas al aire. De eso me di cuenta en la isla, para mi desgracia. También me confeccioné un sujetador de cocos —juro que los compré expresamente para eso—. Me costó mucho trabajo sacar toda la carne de la fruta, pero al final los dejé limpios como una patena. Tenía que haberme dado cuenta de que eran demasiado ásperos, pero con la emoción de estar con Gustavo no reparé en ello.

Cuando nos juntamos en el puerto, para coger un barco que nos llevaría a la fiesta, pensé que me iba a dar algo. ¡Todo el mundo de etiqueta y yo de hawaiana! Eso me pasa por no preguntar a nadie. Menos mal que mi Gustavo estuvo al quite y se me puso al lado. Se acercó a mi oído y me dijo: «estás muy guapa». Y yo, mirando esos ojos oscuros que sonreían detrás de sus gafas, pensé: «¡Si es que es igualito que Clark Kent, pero de gala!». Pero solo lo pensé, como siempre me puse como un tomate y no me salió ni una palabra. —Nota mental: hija, si no hablas se va a pensar que eres muda—.

Una vez en la isla, vi que la temática eran los adornos y las coronas de flores que nos pusieron en la cabeza, ¡perfecto!, ahora parecía una indígena. Corrí hacia la barra. Lo único que quería era emborracharme y que la arena me tragara. Ahí fue donde me di cuenta de que no podía sentarme. Pues nada, tendría que emborracharme de pie.

La isla era preciosa, pero muy pequeña. Un vistazo fue suficiente para ver que era un poco más grande que el salón de mi casa. Ahí no había donde esconderse y pasar desapercibida.

Cuando ya llevaba mi cuarto Martini, empezó a importarme todo un higo. Fui, contoneándome como una posesa, hacia donde bailaba mi Gustavito. No recuerdo bien como fue, pero acabamos bailando abrazados. El calor que subió por mi cuerpo hizo que los malditos cocos se convirtieran en dos calefactores. Y ahí estaba yo, en brazos de mi amado y con los pezones a punto de reventar del roce de los cocos. ¿Qué más podía pasarme? Aguanté el tipo como una campeona y disimulé el dolor que tenía. Tendría que anestesiarme para combatir el dolor, así que me fui a por otra copa. Vale, ahora estaba medio desnuda, dolorida y muy borracha. ¡Lo ideal para conquistar a Gustavo!

Al anochecer todo se puso de lo más romántico. La gente ya no bailaba, más bien dormitaban el alcohol en la playa, a la luz de las estrellas. Yo estaba ya tan bebida que solo quería morirme o trasplantarme los pezones. Me tumbé al lado de Gustavo —me daban igual ya las bragas—, y cuando mi Clark Kent particular me preguntó: «¿estás bien?», le contesté con cara de tonta: «me sobran los cocos». Se acercó a mí despacio y se quitó la chaqueta —juro que pensé que iba a besarme y puse morritos, ¡qué chasco!—, y me dijo: «¡A quién se le ocurre, anda quítatelos!». Me puso su chaqueta sobre los hombros y yo, que ya me daba todo igual, los lancé al mar como si estuviera compitiendo con algún lanzador de peso, y luego corrí al agua a poner mis ampollas a remojo. ¡Pobre chaqueta!

Fue una fiesta extraña, después me daba vergüenza ir al trabajo. Pero aún recuerdo a Gustavo, en el barco de vuelta, poniéndome dos hielos en el pecho y dándome besos por el cuello. A partir de ese día ya no nos separamos y siempre vamos a las fiestas juntos. 

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Respuestas

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  1. Es muy divertido, te imaginas las situaciones cómicas que pasa la chica y te partes de risa. Las notas mentales muy buenas.Jajaja

  2. La vida siempre tiene momentos divertidos, incluso en situaciones de completo desastre, tiene su momento gracioso, como la pobre protagonista. Me he reído mucho y he visualizado cada escena porque está llena de detalles. Una situación divertida y romántica. Me ha gustado mucho Luisa.