CORTEZAS

María y Claudia eran inseparables. El padre de una y la madre de la otra, viudos los dos, se habían casado hacía poco y ellas eran amigas y hermanas.
Cada tarde después de salir de la escuela se acercaban al bosque que había en las afueras del pueblo para jugar. Una tarde de verano se les ocurrió jugar a dar sustos a las parejas que iban allí a cortejar. Se camuflaban entre los árboles y les asustaban. Pegaban gritos imitando a animales y movían las ramas de los arbustos. Les gustó tanto y se lo pasaron tan bien que quisieron repetir.
Lo iban repitiendo de vez en cuando para no levantar sospechas.

Una de las veces fue tan divertido que rieron antes de tiempo y los novios las oyeron reír y empezaron a sospechar que había sido una broma.
Otra tarde, el novio ofendido decidió volver al bosque, se escondió y las vio escondidas asustando a los demás novios. Decidió que otro día las iba a asustar él también.

Durante unos días las esperó pero no fueron…

Hasta que un día las vio de espaldas jugando con unas cortezas de árbol, sin asustar a nadie. Se escondió, era el momento perfecto.
Estaba escondido detrás de ellas entre unos arbustos para darles un buen susto como se lo habían dado a él. Dio un grito gutural imitando a un animal y movió las ramas del arbusto dónde estaba. Después salió gritando de su escondite hacia ellas. Se giraron las dos hacia él. Entonces, al verlas, el que salió huyendo fue él.

Las dos niñas ya formaban parte del paisaje de San Cristóbal. Decía la leyenda que en las noches de luna llena se las veía correr y bailar en el claro del bosque cerca de las afueras del pueblo. Desde el accidente de coche con sus padres ese día de verano que iban de celebración, siempre estaban allí.
Quien las ve de frente no ve sus caras, ve cortezas de árbol en su lugar.

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