Cuestión de almas

Pequeño, ágil y escurridizo. Perfecto para pasar desapercibido. Y su pelaje negro era un punto más a favor para deslizarse en la oscuridad.

Desde que descubrió aquella forma, cada año regresaba a la tierra bajo la apariencia de aquel ser de pupilas rasgadas y afiladas garras. Garras que tan convenientemente servían a su propósito.

Por fin, había llegado el tan ansiado día, el único en el que le era posible visitar el mundo de los vivos para recolectar aquello que le permitía hacer el trueque a cambio de un año más de existencia. Si es que caminar por la cuerda floja entre la vida y la muerte puede llamarse existencia. Ni vivo ni muerto, simplemente, permanecía en un eterno limbo insustancial, pero eso era mejor que lo que le aguardaba al otro lado, había invertido demasiado tiempo y esfuerzo en escapar del purgatorio y no tenía intención de volver.

Tras siglos de cautiverio, soportando torturas que ningún mortal pudiera siquiera llegar a imaginar, llegó su oportunidad.

Era una de esas rarísimas ocasiones en las que Hades visitaba el inframundo, por general permanecía en su atalaya de huesos. Desconocía que le había hecho abandonar su otero, ni le importaba, solo tenía claro que no iba a desaprovechar aquella oportunidad. Hades jamás interactuaba con las almas torturadas de sus dominios, sin embargo; él tenía una propuesta que hacerle demasiado tentadora como para que la ignorase.

– Si me devuelves la vida, si me sacas de aquí yo te proveeré de almas para aumentar tu cuota.

No era un secreto en el inframundo que Hades ansiaba ser liberado de las cadenas que le impedían trotar por el mundo a sus anchas, confinandole en aquellos yermos y desolados parajes que era el inframundo. Únicamente, cuando hubiera alcanzado el número de armas recolectadas que le había sido impuesto podría volver a sembrar el caos a su paso, por lo que la propuesta de aquel mortal condenado en su reino había despertado su interés.

– ¿Cómo llevarás a cabo semejante hazaña siendo un simple mortal?

– Aún encerrado en este lugar, continúas siendo un Dios. Confiéreme el poder de condenar a estos lares aquellos cuyas vidas yo sesgaré en tu nombre.

– Una oferta tentadora, más soy el Dios de la muerte conferir la vida, tal como pides, no me está permitiendo.

– Me niego a creer que estoy tan atrapado como tú.

Por unos instantes, Hades sonrío de medio lado, debatiéndose entre premiar lado sabía de aquella alma condenada o castigarla.

– Lo mejor que te puedo ofrecer, deslenguado mortal, es trasladar tu estancia al limbo. Ni vivo ni muerto. Mi felicidad mi sufrimiento. Ni salvado ni condenado. Te aguarda una existencia insustancial intrascendente.

– Será mejor que esto.

– Únicamente, el Día de los muertos el velo se debilita tanto como para que puedas traspasarlo. Ese día será el que recolectes almas para mí, y de este modo renovar nuestro acuerdo por un año más. Si lo incumples no regresaras al inframundo, yo devorare tu alma. Pero, ante todo, no debes ser descubierto pues si mi captor ed conocedor de este acto incrementará mi condena y te aseguro, mortal, que no estoy dispuesto a pagar las consecuencias de tu negligencia.

Acto seguido, apareció en una inmensa nada, en una eternidad blanca de la que solo podía salir el Día de los muertos para cumplir con su cometido.

Los primeros años, pocas fueron las almas qué logro proporcionar al soberano del inframundo sin arriesgarse a ser descubierto, mas, todo cambio cuando reparó en aquel animal ignorado, maltratado y menospreciado por los humanos, sería el disfraz perfecto para moverse entre ellos sin levantar sospechas, para colarse en sus habitaciones y llevarse sus vidas sigilosamente. Era demasiado fácil. No tenía más qué colarse por la ventana de aquellos incautos que cometían el error te dejarla abierta o acechar en las sombras a quienes salían en solitario a fumar en una calle poco transitada a altas horas de la noche. Se agazapa va para saltar sobre ellos y recorrer su garganta de lado a lado con sus afiladas garras felinas, dotadas del poder te absorben el alma.

Las ánimas que cruzaban la laguna Estigia al terminar el día de los muertos incrementaba cada año acercando un poco más Hades al fin de su cautiverio, mas el macabro Dios nunca perdía un arma y la de su Heraldo de muerte no sería una excepción.

Lo que el ingenuo mortal desconocía es que con cada vida que se desgrava perdía una parte de su propia alma y la nada infinita en la que le había confinado no era más que la prisión idónea para mantenerle ignorante de la merma paulatina de su humanidad, hasta que se consumiese por completo desapareciendo así de la existencia del cosmos.

La soberbia de aquel mortal la había impedido ver qué Hades no es un Dios con el que pactar.

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Respuestas

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  1. sin duda me a encantado tienes que saber con quién tratas ,me quedé con ganas demás jejeje