Distancia 

Nos cruzamos en el ascensor. Obsequió con tanto desprecio a mi mirada ansiosa, que la rabia ahogó mis entrañas hasta inundar mis ojos en sangre.

La distancia que nos separaba se medía en frustración y en la infinidad de hombres que la visitaban tras las puerta contigua a mi habitación.

Tras la pared, los ruidos que el sexo prolongaba hasta su garganta, arrastraban mi escaso juicio a perderse junto a mi voluntad de retiro espiritual en aquel hostal barato. Allí buscaba un punto de inflexión en una vida sin sentido, sin anhelos ni esperanzas. Y en ella, lo encontré.

Desde que la conocí, sólo soñaba con un instante a su lado. Soñaba con su cuerpo sobre mi lecho, únicamente vestido con un ramillete de bellas flores sobre su espalda. Sólo para mí. Aquello alimentaba mi espíritu para hacerlo fluir de nuevo.

La papelera de la habitación estaba repleta de folios destripados; de bolas de papel arrugadas. Me tumbé al lado y comencé a desdoblarlos en busca de la primera carta que le escribí.

Me sentí eufórico al encontrarla. Mi sonrisa lució, radiante. Rocié perfume sobre mi ropa sudada. Abrí la puerta y, decidido, golpeé la de su habitación. Ella salió, vistiendo una camisa de hombre y el inconfundible aroma de sexo recién consumado. Su semblante mostró sorpresa. No dejé que hablara. Le entregué la carta y volví a mi habitación. Asomado a la mirilla, la ví leer, aturdida, mientras una voz masculina la reclamaba.

Me dejé caer tras la puerta, tembloroso, pensando en la locura que acababa de cometer.

Poco después, los oí marcharse. Desesperado salí y me senté en el pasillo perdiendo la mirada en las sucias paredes.

El ascensor se abrió un rato más tarde. Era ella. Sola. Sentí su mirada, su perfume, su mano en mi hombro. Su calor, sentada a mi lado. Su voz rota.

—Quiero salvarme. Terminar con todo —dijo abatida—. Sólo soy mercancía barata. 

Sus palabras me desconcertaron.

—Quizás pueda ayudarte a hacerlo.

Me miró con lágrimas en los ojos.

—¿Cómo lo harás? ¿Amándome como me has escrito? —preguntó.

—Enseñándote a amar, también.

—Cometes un inmenso error. 

—Lo sé. Sin billetes por medio…

—Ya no. ¡Nunca más!

Me besó y su lengua hurgó en mi boca. Después, todo derivó en deseo apasionado, arrastrándonos a mi habitación.

Me entregué totalmente, sin temor. Sus espasmos y gemidos fueron su respuesta, aniquilando el desasosiego que dominaba nuestra existencia.

Velé su desnudez hasta caer dormido.

Al amanecer, se marchó. Sin un beso, sin una palabra. Salió de mi habitación y escuché el sonido de sus tacones, alejándose por el pasillo donde la había conocido.

Ahogado en tristeza, abrí la ventana y salí. La brisa fría me golpeó. Nos separaba la distancia del vacío, entre la cornisa del cuarto piso y el asfalto que sostenían sus pies esperando un taxi. Cerré los ojos y extendí los brazos. Sabiéndome sin alas, di un paso atrás y volví a la habitación.

Estábamos a salvo, pero la distancia creció hasta verla desaparecer.

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Respuestas

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    1. Muchas gracias compi. La verdad es que no me he sentido igual de cómodo que en otras ocasiones porque no estoy muy acostumbrado a escribir sobre este temas, pero me encanta que te haya gustado. Gracias !!!!