¿DÓNDE ESTÁ LA LLAVE?

Mis compañeros de trabajo me miraban como a una demente, pero no me importaba. Cuando estás desesperada no haces caso de esos detalles insignificantes. Con las manos congeladas por el frío, hacía tres nudos en un pañuelo blanco, a la vez que murmuraba una letanía que para ellos no tenía sentido alguno: «San Cucufato, San Cucufato, con este pañuelo los cojones te ato y hasta que la llave no aparezca no te los desato». Mientras susurraba estas palabras, buscaba la llave de mi coche entre la gruesa capa de nieve que se extendía por el asfalto.

Nunca he sido devota ni he creído en este tipo de cosas, pero os juro por lo más sagrado, que en aquel momento necesitaba creer. En esos instantes de desesperación deseaba con todas mis fuerzas que aquella invocación tuviese el efecto requerido. Sin embargo, no fue así. Aquel santo al que no le ponía cara, no sé dónde estaría, pero ni con las amenazas proclamadas me ayudó a encontrar la llave.

Tras la desmoralización llegó la aceptación. Entonces decidí tomármelo con sentido del humor. Así que pasé de rezar a tararear una cancioncilla infantil muy conocida, adaptando la letra: «Dónde está la llave matarile, rile, rile. Dónde está la llave, matarile, rile, ron chimpón. En el fondo de la nieve, matarile, rile, rile. En el fondo de la nieve, matarile, rile ron chimpón. Quién me ayudará a buscarla matarile rile rile. Quién me ayudará a buscarla matarile, rile, ron chimpón».

Miré a mis compañeros esperanzada. A esas alturas debían de estar barajando la idea de llamar a un loquero. Desde luego no les veía muy dispuestos a buscar mi llave. Y no me extrañaba nada porque la operación a mí también se me antojaba una misión imposible.

Pero mejor os cuento lo que ocurrió desde el principio, para que así podáis entender este cúmulo de despropósitos.

Cuando desperté aquel día lo primero que hice fue mirar por la ventana. Lo que vi me desalentó por completo. Todo estaba cubierto por una gruesa capa blanca. Nunca me ha gustado conducir en esas circunstancias, pero no me quedaba más remedio que hacerlo. Ir andando al trabajo era inviable y coger un autobús me retrasaría mucho.

Después de prepararme, salí a la helada calle y me dirigí hacia mi coche con una pala en la mano. La metí en el maletero por si la tenía que utilizar. Me llevó un tiempo quitar el manto blanco que cubría los cristales de mi automóvil. Luego arranqué y partí hacia mi destino.

No llevaba neumáticos de invierno y el coche patinaba un poco sobre el hielo del asfalto. Me costó más de lo habitual llegar. Allí el panorama era aún peor. Había pasado la máquina quitanieves por la carretera y eso había hecho que la nieve se agolpara en la zona para aparcar los coches. La única manera de estacionarlos era quitando previamente aquellos gruesos montones.

Los coches de mis compañeros y del resto de las personas que trabajaban por allí, estaban parados en la carretera. Había que actuar rápido o si no se montaría un atasco descomunal.

Paré el coche y guardé las llaves en el bolsillo de mi abrigo. Luego me dirigí al maletero para coger la pala. Enseguida noté las manos heladas, así que me puse los guantes que tenía metidos en los bolsillos. Todos íbamos quitando la nieve ayudándonos con las palas. En poco tiempo el espacio para aparcar estuvo despejado.

Cuando introduje mi mano en el bolsillo del abrigo, la llave del coche había desaparecido. Estaba segura de haberla guardado allí. ¿Cómo es que no la encontraba? Repasé mentalmente mis movimientos cuando bajé del coche. Solo cabía la posibilidad de que se hubiese caído al suelo al coger los guantes. No sabía el punto exacto en el que había ocurrido eso y como habíamos ido trasladando nieve de un sitio a otro, era imposible hallarla.

Lo solucionamos como pudimos. Mis compañeros me ayudaron a mover el coche hasta aparcarlo, mientras yo juraba en varios idiomas. Luego uno de ellos me llevó hasta casa para coger la segunda llave del coche.

Tuve que esperar al deshielo que se produjo una semana después. No albergaba ninguna esperanza de encontrarla. Pensaba que al derretirse la nieve cualquier coche la podía haber aplastado o que alguien la habría cogido. Pero una tarde al mirar por la zona la vi. Allí estaba, intacta. Y me dije que después de todo San Cucufato me había ayudado a encontrarla, aunque fuese siete días más tarde. Así que saqué el pañuelo blanco y desaté los tres nudos que hice aquella mañana. Quería asegurarme de que el santo no se enfadase. Que no es que crea en estas cosas, que quede claro, pero por si acaso. No vaya a ser que…

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Respuestas

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    1. Jajajaja, la pérdida de mi llave merecía estar en un relato y qué mejor oportunidad que este reto que va de pérdidas. No las tenía todas conmigo. El santo se resistió una semana.

  1. Carmen que divertido no sabia q estaba basado en hechos reales jajaja yo soy muy de San Cocufato..

    1. Gracias Puri. Sí, a veces me pasan unas cosas muy raras y soy especialista en liarla, jajajaja. Yo también me he hecho una ferviente devota de él.

  2. Sí es q en el fondo hay veces q las invocaciones surgen efecto. Una situación desesperadamente divertida. Genial, Carmen .