El alma errante

Una extraña sensación de escalofrío la despertó de su cálido sueño.
Se dio cuenta que su gata también se había despertado y estaba inquieta.
Pensó que había dejado la ventana abierta pero no era así.
Dio vueltas y vueltas sobre la cama y súbitamente Isis saltó de la cama con un maullido extraño y comenzó a rascar la puerta del dormitorio para que se la abriera.
Se levantó y con el reflejo que entraba por la ventana de la luz de la luna se dirigió al comedor tras la gata, que seguía gritando a cada paso como si buscara algo.
Pensó que si se tomaba un vaso de leche tibia con miel podría recuperar el sueño.
Mientras estaba calentando la leche un golpe fuerte la sorprendió y sin darse cuenta la hizo saltar del susto.
Buscó de dónde provenía, al parecer era de la caseta del jardín. Pensó que seguramente había quedado la puerta abierta y el viento a lo mejor estaba produciendo aquel sonido.
Volvió a mirar por la ventana pero de los arboles no se movía ni una sola hoja.
Le pareció muy extraño así que decidió salir y cerciorarse de que quedara cerrada. No fuera a ser que fuera alguna rata que estuviera buscando dónde hacer nido.
Abrió la puerta de la cocina para salir al jardín y volvió a sentir el mismo escalofrío que le había despertado. Un aire helado, que no supo identificar de dónde provenía, invadió todo su cuerpo. Sintió la sensación de que algo extraño la había traspasado. No podía definir el qué.
Caminaba lentamente con los pies descalzos por la hierba húmeda. Giró la cabeza y vio a la felina que la miraba desde la ventana y dijo:
-Si que eres una buena compañera.
Al acercarse a la caseta, con el reflejo de la luna, logró ver a una niña la cual su frágil cuerpo, casi trasparente, levitaba al ras del suelo.
Su corazón comenzó a latir muy fuertemente, tanto que la aturdía y no la dejaba pensar. Aterrada por aquel episodio que tenía frente a sus ojos, en la lejanía de la imagen, percibió la leve voz de la niña que no dejaba de repetir:
-Por favor ayúdame.
Desesperada intentó hablar pero se dio cuenta que no podía pronunciar ningún sonido.
Comenzó a dar pasos hacia atrás invadida por un enorme pánico.
En el intento de escapar de aquella escena, tropezó con una maceta que le produjo una fuerte caída y un golpe en la cabeza que hizo que perdiera el conocimiento.
Los rayos del sol de la mañana lograron despertarla. A su lado estaba la figura azabache de su gata que la mira fijamente.
Levantó la vista hacia la caseta, aún abierta y vio colgada del rastrillo una larga tela de araña suspendida.
Pasó su mano sobre su cabeza y sintió una leve protuberancia que al tocarla la hizo gritar de dolor.
Frente a ella estaba Isis, que la mira desconcertada y que al verla reaccionar comenzó a ronronear mientras refregaba su cabeza entre sus piernas.
Intentó recordar lo ocurrido pero no lo logró.
Su cuerpo aun entumecido del frio de la noche y con su ropa húmeda por el rocío logró incorporarse.
Fue camino a la cocina, y cuando entró vio que sobre la encimera estaba la taza de leche que había calentado por la noche. La cogió y se dio cuenta que estaba totalmente vacía pero la misma le transmitió en décimas de segundos lo que había sucedido.
Muerta de pavor soltó la taza, que se partió en mil pedazos.
Y mientras miraba los ojos rasgados de su minina, vio reflejada la imagen de la niña.
-¡Tu también la viste!
Muerta de miedo y angustiada recordó que en las noches de Halloween muchos espíritus atrapados dejan verse y que a veces las cosas no son lo que parecen.
-Mi pequeña, te mimaré más que nunca e intentaré la próxima vez estar atenta para poder ayudarte y liberarte.
Isis cerró sus ojos y se tumbó plácidamente.

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