EL AMOR COMO ELECCIÓN

Los gritos se oían desde la escalera. Bertram rebuscó las llaves en los bolsillos y al no encontrarlas llamó al timbre, pero nadie abrió. Las voces seguían enzarzadas en una discusión sin final que poco a poco iba subiendo de tono. Por fin sus dedos rozaron el frío metal del llavero y con manos temblorosas atinó a abrir. Se encaminó con pasos vacilantes hacia los gritos que no habían cesado en ningún momento. Como púgiles en un cuadrilátero, madre e hija se lanzaban golpes dialécticos de esquina a esquina.

―¡Ya basta! Dejad de chillar como locas, se van a enterar los vecinos. ¿Se puede saber qué ocurre?

Por unos segundos solo se escuchó el tictac del reloj mientras las dos mujeres se dirigían miradas retadoras sin pronunciar palabra.

―¿Qué pasa, no vais a responder, lo tengo que adivinar?

―Yo te lo diré, abuelo. Mamá no para de preguntarme si salgo con algún chico. Quiere que tenga confianza con ella, que le cuente mis cosas. Y hoy voy como una tonta y me confío a ella, me abro en canal. Le digo que llevo un tiempo saliendo con una persona especial, alguien a quien amo con locura. Y hasta ahí todo bien, muestra interés, me sigue preguntando, y cuando le cuento que es una chica negra pone el grito en el cielo. Hasta me ha amenazado con echarme de casa si no dejo de verla. ¿Te parece normal en pleno siglo XXI? Ya tengo bastante con aguantar el desprecio de los de fuera como para encima tener que soportar el de mi propia madre. Si no cambia de actitud me iré, por supuesto ―dijo Aimi con los ojos húmedos y la voz rota.

― Sí, vete, ¿a qué estás esperando? Me decepcionas como hija. Eres una vergüenza para la familia. Yo no te crié para que fueras lesbiana. Y encima para rizar el rizo te lías con una chica de color. ¡Es el colmo! ¿Puedes imaginar lo que dirán los que nos conocen, la familia? Estaremos en boca de todos ―replicó la mujer gesticulando enfurecida.

Bertram las había dejado hablar. No le sorprendió lo de su nieta. La había visto en la marcha LGBT agarrada de la mano de aquella muchacha negra. Se las veía tan felices como lo fue él con su difunta esposa. Eso era lo más importante.

―Tú sí que me decepcionas Daniela. La vergüenza para nuestra familia eres tú. Una madre que repudia a su hija va contra natura. Claro que no criaste a tu hija para que fuera lesbiana. Ella nació de esa manera. No eligió serlo igual que tampoco eligió ser zurda. Pero tú sí has elegido ser hiriente, estrecha de mente y retrógrada. Como estamos en lo de repudiar a los hijos, te digo adiós. Me voy con mi nieta para que viva su amor en libertad. Cuando encuentres tu corazón, nos avisas.

Bertram salió del piso con su nieta agarrada del brazo dejando a su hija por primera vez sin palabras.

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