El bosque de los recuerdos

Silencio. A mi alrededor no se escucha más ruido que el de mis pasos, que, lentos, forman una letanía cadenciosa. Con dificultad, la luz se hace hueco entre la frondosidad de los árboles y las sombras se levantan entre ellos. Mi vestido es demasiado corto, mis zapatos demasiado abiertos y no llevo nada que me proteja del frío. Queda poco para que anochezca y no sé dónde estoy ni por qué me encuentro aquí. Sigo andando por inercia, tratando de escapar de algo que no recuerdo y buscando desesperadamente una salida. No sé cuánto tiempo llevo caminando y empiezo a cansarme. No es fatiga. Estoy cansada del paisaje, de la tristeza que me sugiere, del ardor que siento en la garganta. ¿Cuándo he empezado a llorar? Quiero volver a casa.

Entreveo una explanada. Me seco las lágrimas y acelero el paso: necesito ver qué hay más allá de los árboles y salir de este bosque que me está ahogando. Llego a ella y la luz me molesta a los ojos, pero me siento mejor. Hay hierba, aunque está un poco seca.
Al otro lado, lejos de mí, veo a una chica con un vestido blanco, igual que el mío. Me está mirando. Dudo unos instantes, pero me puede la curiosidad. A pesar de lo perturbador de la escena, decido ir hacia ella, lenta, asentando bien mis pasos por si tengo que regresar sobre ellos. Me voy acercando y ella está quieta, mirándome fijamente. ¿La conozco? Sigo acercándome hasta que la tengo a pocos metros. Entonces me sonríe y reconozco a mi hermana. Mi pulso se acelera y las lágrimas regresan a mis ojos. Quiero llegar hasta ella, cogerla, para que no se vuelva a ir otra vez. Tengo tantas cosas que decirle, tantas preguntas que formularle… Pero ella retrocede, sin dejar de sonreír. Parece serena.

De pronto, una voz que nace dentro de mi cabeza y que, firme, retumba en mis sienes, me dice:
—Debes dejarla marchar.

Me asusto, miro a mi alrededor y no veo a nadie más.
—¿¡Quién eres!? —grito, dando un paso atrás.
—Helena, debes dejarla marchar —me repite, con la misma firmeza.

Me tapo los oídos mientras niego con la cabeza y sigo retrocediendo.
—¡No! ¡Quiero irme con ella! —le grito, aunque no sé dónde mirar para decírselo. Vuelvo a caminar hacia mi hermana, que cada vez está más lejos.
—Cuando cuente hasta tres, despertarás. Uno…
—¡Déjame en paz!
—Dos…
—¡No!
—Y tres.

Abro los ojos y tardo unos segundos en adaptarme a la luz. Poco a poco, los recuerdos vienen a mi cabeza y la angustia se hace hueco en mi pecho. Miro el techo de la consulta de mi psiquiatra y la imagen del cuerpo sin vida de mi hermana, años atrás, en ese maldito bosque, regresa a mi cabeza. Una lágrima se escurre por mi mejilla. Antes de que el doctor me diga nada, aprieto los labios para no dejar escapar un sollozo y, en silencio, asumo que jamás superaré su muerte.

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Respuestas

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    1. ¡Gracias, Puri! Lo agradezco de verdad porque tenía mil dudas acerca de su calidad.

    1. Muchas gracias, Víctor! Me alegro de haber conseguido transmitir lo que quería, porque me ha costado la misma vida!