El eco de las paredes agrietadas

Hace quince años escapé del terrible remolino de violencia en que mi padre nos había sumido. Aquel gigante embudo de desdicha y desesperación nos condujo a un lugar sin retorno.

Todavía las sombras fantasmagóricas de ese desgraciado pasado se siguen arrastrando como gusanos por mi memoria; y a veces me aguardan silenciosas en la oscuridad de mi habitación.

Durante años los menguados esfuerzos de mi madre por librarnos de él fueron rotundos fracasos. Lo que lograban era exacerbarlo y acrecentar su descabellada vigilancia. Un día, entrada la medianoche, huimos aprovechando que él dormía borracho. Yo tendría unos cinco años. Vagamos por una autopista brumosa rodeada de olivos, mientras mi madre sollozaba temblorosa aferrada al volante. Sin embargo, la ilusión se desvaneció al amanecer cuando nos encontró.

El rostro de mi padre era sereno, muchos pensaban que era un hombre manso, incluso tenía cierto aire de sacerdote; pero cuando estábamos solos sus ojos eran dos pistolas cargadas, su boca escupía espinas venenosas y sus manos hirientes inspiraban espanto.

Al acercarse mi dieciocho cumpleaños, me consumía la incertidumbre pues no creía que podría ejecutar mi plan de escape; había decidido que aquel abismo no iba a retenerme más. Cuando mi padre pisaba el vestíbulo, al volver de trabajar, yo temblaba como una paloma en las fauces de un lobo; el oxígeno se tornaba tan opresivo que sentía ganas de arañarme el cuello para apaciguar el dolor. Por suerte, el tañido hueco de la campana de la iglesia, hora tras hora, me sacaba del abatimiento como el choque de un desfibrilador.

Llegado el ansiado día salí deprisa de mi trastocado hogar y con el aguijón clavado en el alma me instalé en otra ciudad. Así corrieron diez desesperantes años sin tener ningún contacto con mi madre.

Tuvo que morir él para que nosotras nos reencontráramos.

Varios días después del sepelio resolví verla.

Al abrir el pasador de la verja las mejillas me ardían y las manos me sudaban. Extrañamente la entrada al vestíbulo estaba entreabierta. En el lúgubre salón-comedor un olor rancio me crispó la nariz. La frágil luz, que se colaba caprichosa por la ventana, me reveló una inquietante escena: sobre la mesa del comedor había tres manzanas parduzcas en las que se hundían mis dedos y dos plátanos ennegrecidos y flácidos; los electrodomésticos parecían decolorados por el polvo y las moscas pululaban revoltosas sobre un cazo.

De pronto, el susurro de un hilo de agua fluyendo disipó los terrores que me habían paralizado; me sobresalté y volqué un vaso sobre la mesa. Pasé por un angosto pasillo y llegué al cuarto de lavar. Allí estaba ella, hincada en el lavadero, cepillando insistentemente una prenda de vestir.

Me conmovió verla tan huesuda y marchita; su mirada perdida me heló el pecho.

—¿Madre? —musité llorosa.

Ella me contempló como a una desconocida y un minuto después continuó su faena. Tenía los nudillos enrojecidos y su cabeza se columpiaba robóticamente como en en una extraña hipnosis.

A veces me pregunto si se su “nueva realidad”, como la llama el psicólogo, será bonita, si allí será feliz… Me pregunto si allí los ecos de nuestro pasado ya no rebotan en las paredes de agrietado corazón.

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