El eco del trinar 

Décadas después de que la magia llegase a la Tierra, un hombre fue perseguido por el mero hecho de amar a la persona equivocada. Había intentado infiltrarse más de una vez en el castillo para verla y, en su último encuentro, ella le contó que en unos días sería nombrada reina. Él no era más que otro ciudadano entre la inmensidad de la población, pero también sabía que la princesa le amaba de la misma forma. Por ello, le pidió que se marchasen de allí para forjar una vida juntos.

Nada más salir de sus aposentos, el rey y los brujos de la Orden les tendieron una emboscada. Ambos permanecieron agarrados de las manos hasta que lograron separarles. Su padre la atrapó entre sus brazos, mientras la mujer observaba como los brujos maldecían a su amado. El cuerpo del hombre comenzó a transformarse. Cada segundo que pasaba era más y más pequeño, hasta que se convirtió en un pájaro de plumas pardas. Por más que la princesa les suplicara que le devolviesen a su forma humana, el rey optó por mantenerle preso en una jaula.

Imagen: autor desconocido

Los meses pasaron y al rey le encantaba sentarse a ver como el animal revoleteaba furioso. Durante todo aquel periodo, a la princesa le fue prohibido acercarse al ave por si osaba liberarla. Hasta que una noche en la que se encontraban bajo ataque, y en un acto de benevolencia, la reina acompañó a su hija para que se reencontrara con él. Desobedeciendo a su madre, la joven cogió la jaula para sacarla al exterior. Abrió la puerta de par en par y después liberó al pájaro. Él se quedó observándola desde la barandilla del balcón, pero la princesa le hizo señas para que se marchase cuanto antes. El ave emitió un precioso canto antes de alzar el vuelo y perderse entre la oscuridad de la noche.

Días más tarde, el pájaro se unió a una bandada de sus nuevos compañeros y emigró a una selva alejada de la civilización. La leyenda entre las tribus de la zona decía que el canto desconsolado de aquel pájaro lograba apaciguar a todo animal e insecto que estuviese a su alrededor, los cuales permanecían inmóviles y en absoluto silencio hasta que el trinar del ave cesase y el eco se perdiera por completo. 

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