El fantasma de Juanita

Siempre había sentido un odio desmesurado por su vecina soltera la del quinto. Juanita no era una mala mujer, pero solo su presencia la sacaba de quicio. Como su voz chillona que se metía en tu cabeza como un taladro, ese cigarrillo pegado a la boca en cualquier momento del día, su perenne olor a mandarina y sobre todo su maldita manía de meterse en la vida de todos los inquilinos del edificio con la excusa de ser la eterna presidenta de la comunidad. Solo recordar todas las broncas que tuvo con ella en mitad del pasillo se ponía de mala leche.

Y ahora, después de años que parecían siglos compartiendo vecindad, el notario le anunciaba que la vecina del quinto le había dejado sus cuatro gatos obesos y el testigo de la presidencia a ella, como si se tratara de un cargo hereditario.

Quiso decir algo, como por ejemplo negarse a aceptar aquel testamento tan absurdo, pero de repente su mente se llenó de imágenes de mandarinas y sintió un deseo irrefrenable de fumar, como si el fantasma de su querida vecino la estuviera poseyendo. Si es que Juanita siempre conseguía salirse con la suya y nunca quiso dejar de ser la presidenta de aquella comunidad.

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