EL OCASO DE LEISOU

He soñado en tantas ocasiones con este momento que me parece mentira que por fin haya llegado. Ella y yo frente a frente midiendo nuestras fuerzas. Enfrentadas como otras veces, solo que esta debe ser la definitiva.

Veo sus ojos del color de la bilis. Me miran con tanto odio que se hace difícil sostenerle la mirada. Han pasado muchos años desde nuestra última confrontación. Su piel que antes era lozana ahora es un desierto árido. Su cabello se ha plateado. Sin embargo, la corona que me arrebató sigue luciendo imponente en su cabeza, justo encima de los dos pequeños cuernos que salen de su frente.

Sé bien lo que pretende, por eso retiro pronto la mirada. Si hubiese continuado unos segundos más contemplando esos ojos llenos de odio, mi voluntad se hubiese debilitado y lo habría aprovechado a su favor.

Ya no me asustan esas garras de uñas negras que extiende hacia mí amenazante. Ya no tiemblo de pies a cabeza cuando veo esa tensa mandíbula llena de incisivos afilados dispuestos a despedazarme. Me he vuelto dura y resistente a sus embates.

Las cosas no siempre fueron de esta manera. Hubo una época en la que ella y yo éramos amigas. Ahora cuesta creerlo, pero así fue. Las dos crecimos en el reino de Alberea sin más preocupación que ejercitar nuestros poderes innatos. Poco a poco fui destacando por encima de ella y eso la llenó de rabia y envidia. Su corazón se ennegreció y más cuando me proclamaron reina. Con sus poderes y malas artes fue consiguiendo un ejército de seguidores que no dudaban en cumplir sus órdenes.

Un aciago día entró en nuestra fortaleza bajo un manto de invisibilidad. Mató a mis padres y amenazó con llevarse a mi hija si no renunciaba al trono y a la corona. Hicimos un trato: yo le daba el poder y ella respetaba nuestras vidas. Tuvimos que exiliarnos del reino.

Con el pasar del tiempo, las noticias que recibía cada vez eran menos alentadoras. Leisou gobernaba de forma tiránica. Había sembrado el terror en cada aldea. Todos la temían.

Me enteré de que los adivinos habían vaticinado que mi hija estaba destinada a arrebatarle el poder. Había nacido con inmensos dones y en pocos años estaría capacitada para derrotarla. Corríamos peligro, pero no estaba dispuesta a huir de nuevo. Esta vez me enfrentaría a ella. Tracé un plan para que se viese forzada a viajar pasando por el bosque de Arium, donde nos habíamos refugiado cuando nos echó.

Un gran tronco atravesado en el camino ha sido suficiente para detener su carruaje. Al bajarse de él me ha visto entre los árboles. Le ha cambiado el semblante. He sabido que no dudaría en seguirme.

La he guiado hasta nuestra casa. Mi hija nos esperaba. Me preocupaba ponerla de cebo, pero sabía que en cuanto Leisou la descubriese intentaría matarla. Esa era nuestra oportunidad de derrotarla.

No estaba equivocada. Cuando la ha visto en la entrada se ha abalanzado sobre ella con las garras extendidas dispuesta a clavárselas, pero me he interpuesto. A punto ha estado de atraparme. Con un movimiento ágil la he esquivado y he sacado de detrás de la espalda mi brazo oculto que agarra el arma con la que pienso derrotarla.

Esta daga mágica cumplirá su cometido siempre que se clave en el corazón de la víctima escogida. Pero no contaba con la maldad de Leisou que ha sido capaz de leer mi pensamiento y se ha adelantado a mis intenciones.

Ahora soy yo la que corre peligro pues me ha pillado desprevenida y pretende clavármela. Forcejeamos. Intento liberarme de sus garras que me apresan la garganta y me dejan sin respiración. No es fácil, siento su fétido aliento sobre mí. Pero finalmente consigo arrebatarle el arma y con un golpe certero se la clavo en mitad del corazón.

Un grito de ira se escapa de su garganta, pero ya es tarde. En cuestión de segundos su cuerpo se convierte en cenizas que el viento esparce y en el suelo solo queda su vestido.

Mi hija sale de su escondite y me abraza. Ya es hora de regresar a nuestro reino para gobernarlo en paz.

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