EL PACIENTE NÚMERO TRECE

Atravesó los anchos y largos pasillos de paredes apagadas mientras sus pasos retumbaban contra el parqué de madera. Ese era el único sonido que rompía con el silencio estremecedor que llenaba aquel hospital. Se dirigió hacia la sala número trece para llevar a cabo su próxima consulta. Cuando se encontró frente a ella llamó a la puerta con los nudillos y entró empujándola con suavidad. Dentro, sentado en una silla, estaba su paciente. El hombre de mediana edad miraba al horizonte a través de la ventana.

—¿Sr. O’Connor, está usted preparado para tomarse la medicación? —le preguntó ella desde la entrada.

—¡Maldita sea, no, no lo estoy! —vociferó enfurecido.

—Está bien, relájese, tómese el tiempo que necesite.

—No es esa la cuestión y lo sabes. No pienso tragarme esas pastillas —declaró levantándose con brusquedad.

—Tiene que entender que si no lleva a cabo el tratamiento, su salud se verá aún más perjudicada —le advirtió Celia.

—Eso me da absolutamente igual.

—Debería importarle —dijo ella con mucho tacto.

—¡He dicho que no Sibyl, cuántas veces tengo que repetírtelo! —gruñó acercándose a ella.

Entonces la agarró con fuerza por los hombros y la empujó violentamente contra la pared.

—Por favor, suélteme. Soy Celia, su psiquiatra, no su mujer Sibyl —le dijo lo más tranquila que pudo.

—¡No es verdad, me estás mintiendo!

El enfermo le atrapó el cuello entre sus agresivas manos e hizo presión. Ella empezó a forcejear para liberarse, pero él apretó con más intensidad. Una gota de sudor resbaló por la frente de Celia. El oxígeno no llegaba a sus pulmones, no podía respirar. Intentó mantener la calma pero no era capaz, su frecuencia cardiaca iba en aumento. Reunió todas sus fuerzas y gritó pidiendo ayuda.

El Sr. O’Connor tapó su boca asfixiándola aún más. Sus alaridos eran en vano y estaba empezando a palidecer. Le temblaba todo el cuerpo y la cabeza le daba mil vueltas.

De pronto un vigilante entró con gran estruendo en la habitación. Sujetó los brazos del hombre apartándolo de su lado. Celia se quedó pegada a la pared y se dejó caer en el suelo mientras inhalaba el aire con dificultad. Posó sus ojos en la mirada perdida de aquel loco.

Esa escena le era familiar, lo había presenciado varias veces en su vida. Le vino a su pensamiento la imagen de su padre. Aquel demente dejaba una y otra vez a su madre así, tal y como estaba ella en ese instante, con la cabeza oculta entre las piernas, herida por fuera y por dentro. En esos momentos en los que huía para esconderse bajo las sábanas, Celia solo podía tener miedo. Ahora no sabía qué hacer, se sentía igual de insegura.

En el pasado decidió estudiar la carrera de psiquiatría para no acabar como su madre, para saber reaccionar a ese tipo de situaciones y personas. De qué servía ya, se preguntaba Celia sin obtener respuesta. Después de que su paciente se hubiese ido, seguía igual de atemorizada.

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