EL QUINTO INTERLUNIO

La luna  nueva se escondía en la tenebrosidad  de la noche. Podía oír  todos los sonidos de aquel bosque siniestro, el crujir de las ramas secas, la sinfonía nocturna de los búhos y  a lo lejos, el aullido de algún lobo con sed de venganza. Saltaba entre las ramas desnudas de aquellos troncos secos e inertes. Aquel cuerpo esbelto y ágil aún le provocaba una sensación extraña, pero la libertad que le permitía cada ínfimo movimiento era terriblemente excitante. Sus ojos verdes brillaban en la oscuridad; podía acechar y merodear por aquellos lugares prohibidos, malditos. Ahora ni siquiera el fuego podría detenerla. De un brinco se encaramó encima de aquellos muros altos y gruesos, inaccesibles para cualquier enemigo humano; pero no para ella. Giró su felina cabeza para otear desde la atalaya del castillo, puntos de roja incandescencia se dispersaban en aquella floresta, eran los restos de las hogueras del último interlunio. A su hocico  negro llegaba el olor a  carne quemada de sus hermanas. Con el sigilo propio de los de su nueva especie anduvo por los alrededores de aquella fortificación. Una luz tenue  y el sonido de una letanía en latín la guiaron hacia él. Estaba postrado de rodilla delante de una ajada cruz de madera, sus manos se deslizaban por las ristras de un rosario, mientras que oraba a un Dios que la había repudiado a ella y a las que eran como ella. Sus afilados colmillos estaban deseando probar el sabor de esa roja sangre, sus garras se preparaban para el  inminente ataque.

La inquietante cercanía de un  maullido lo abstrajo de sus oraciones. Sus ojos café se toparon con el verde de aquel felino negro. Allí estaba, detrás de él; un escalofrío recorrió  su  carnoso y redondeado cuerpo. Se incorporó con dificultad, tropezando con el reclinatorio. Podía sentir la amenaza de aquella criatura del diablo. Los pelos azabaches del animal  se erizaban arqueando su cuerpo, intimidando con sus incisivos. Aquellos ojos verdes seguían vivos, ni siquiera el fuego lo había destruido. Recordó la mirada desafiante y las palabras de aquella bruja antes de ser devorada  por las llamas. “Iré a por ti en el quinto interlunio, ni la noche con su siniestra oscuridad te esconderá de mi”.

Aquel gato se abalanzó sobre su pecho, hincando sus garras sobre aquel pálido rostro. Varias tarascadas desfiguraron la cara de su víctima, desgarrando la cuenca de aquellos maléficos ojos. Perdió el equilibrio y su voluptuoso cuerpo cayó sobre el frio suelo. Las huellas gatunas ensangrentadas  se alejan de aquella habitación, dejando sin vida a uno de los Inquisidores del Santo Oficio. Era una pythonissam con apariencia de gato, podía vengarse de sus antecesoras. Había llegado el momento de celebrar su oscuridad.

 

 

 

 

 

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