El sabor de la libertad

Nadie me contó que cuando te independizas, surge un tema espinoso: la comida. Jamás me ha llamado la atención desarrollar mi habilidad entre fogones (quizá porque no tengo tal habilidad), pero lo cierto es que nunca lo había necesitado. Mi madre es una cocinera excepcional y cuando abandoné el nido, fue para irme a vivir con David, que era un manitas en cuestiones de gastronomía.

Él hacia la compra, elegía los mejores tomates y pescados y encontraba ingredientes tan extraños como el fumet. Buscaba las recetas más exóticas y debo confesar que las bordaba, lo cual es un gran triunfo dicho por alguien que es un desastre con la comida.

Cuando yo llegaba exhausta del trabajo a la hora de comer, el olorcillo que detectaba en el rellano de mi piso ya hacía rugir mis tripas. Me cambiaba el humor según entraba por la puerta. Dejaba todo destartalado por el salón: abrigo, móvil, zapatos y entraba como un torbellino en la cocina.

—Humm, ¡huele delicioso! —Levantaba las tapas de las cazuelas y hacía la pregunta de rigor—. ¿Qué hay hoy de comida?

En el pasado, cuando se lo preguntaba a mi madre, ella me sacudía un manotazo para que dejara de fisgar y me contestaba “mierda”. Las madres siempre tan tajantes, ya sabes.

Pero David era distinto:

—Es una receta que hicieron en el programa de la tele el otro día: bacalao con papas arrugás y mojo picón.

No tenía ni idea de qué era el mojo picón ni cómo se las había apañado para arrugar las papas, pero aquello estaba de muerte, como decían en el anuncio.

Todo era perfecto… hasta la tarde que le pillé. No me lo esperaba de él. No me lo imaginaba en absoluto, aquella tremenda traición me sacudió como un puñetazo en pleno estómago y lo peor de todo es que casi con seguridad no era la primera vez que lo hacía.

¿Cómo? ¿Te estás imaginando que me estaba engañando con otra? De eso nada, peor todavía: estaba fisgando mi móvil. Quién sabe cuántas veces estaría mirando mis mensajes, entrando en mi correo electrónico y cotilleando mis fotos. Aquello era imperdonable, ni siquiera les dejaba a mis padres abrir mis cartas del banco. Mi intimidad, mi privacidad y más aún, la confianza en tu pareja son demasiado trascendentes como para quitar importancia al tema y disculparlo. De eso nada.

Así que fui a su armario, saqué una maleta, embutí toda su ropa dentro y la cerré como pude. Luego la arrastré a la entrada, abrí la puerta y allí se la dejé:

—Ya te puedes ir con viento fresco.

Solo fui consciente de la decisión colosal que había tomado en el calor del momento cuando llegó la hora de cenar. Mi estómago pedía su ración de hidratos vespertina y no tenía ni idea de qué hacer con todo aquello que atiborraba el frigorífico: leche, pollo, mayonesa… ¿Y ahora qué?

Rescaté de mi memoria infantil las imágenes de mi madre cocinera y me fui a lo que parecía más fácil. Cogí un huevo. Saqué una sartén y vertí aceite. Esperé a que se calentara, rompí la cáscara y eché el huevo. Se me olvidó echar la sal, el aceite saltó y me quemó a la mano y el huevo salió marrón casi negro.

Nunca he probado un huevo frito más delicioso. El sabor de la libertad.

 

 

 

Imagen de Alexas_Fotos en Pixabay 

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