El Sacrificio

El pasillo se abre ante el hombre. Angosto. Sinuoso. Sempiterno. Solo el silencio, una calma fría y sobrenatural, le rodea y le susurra.  Con el torso desnudo, las cadenas atadas a sus tobillos y sus muñecas, se adelanta hacia la fluctuante oscuridad con pasos lentos, pero decididos.

En su mirada brillan un fuego indomable, un ansia de fuerza y destrucción. El ansia de un hombre que recibe el golpe de la verdad. Y, aun así, camina seguro, en ningún momento de su trayectoria la duda le corroe por dentro. Como un animal herido, no se para a cuestionar la decisión más sensata; Simplemente actúa, avanza, ataca.

Conforme recorre el pasadizo, el silencio sepulcral va dando paso a una vibración casi constante de las paredes y el techo, como si la estructura pétrea no fuera más que la membrana de un tambor. El ruido se va intensificando, lo que parecía un zumbido se va esclareciendo hasta que los gritos se hacen inconfundibles y ensordecedores.

El hombre se para un segundo ante la puerta de metal, mientras esta se eleva con ruidosa parsimonia. Fuera, el público aúlla, se desgañita, exige sangre.

La puerta se termina de abrir. El hombre da un paso al frente, observando a su adversario, y, seguidamente, cierra los ojos, mientras unas tristes lágrimas brotan como perlas traslúcidas. El mundo se paraliza. Por encima de la cacofonía de ruido, silencio.

Y, con un grito desgarrador, se abalanza sobre su oponente, sin otra arma que no sean sus propias manos, encadenadas e inmovilizadas.

Su contrincante le espera de pie, la espada de hielo brillando en sus manos, la sonrisa en el rostro desnudo, y con una carcajada desalmada, hace frente al ataque del prisionero. Utilizando las cadenas como látigos, el hombre golpea una y otra vez, sin piedad, en un baile frenético que su adversario contrarresta sin demasiados problemas. La luz tenue y azulada del hielo se refleja en la mirada de ambos hombres.

—¡¿Cómo has podido?!— le grita el hombre encadenado, la furia manando de su estómago como un río, mientras los golpes se suceden rápidamente.

—Era necesario, hermano— le responde el otro gladiador, la espada helada deteniendo los ataques de su heramano.

En un ataque desesperado, el encadenado logra rozar el pómulo de su hermano, que retrocede unos pasos. Su rostro se contrae en una mueca de enfado, y el mandoble de su gigantesca espada acompaña el grito de furia hasta que ambos alcanzan al hombre de las cadenas.

Aullando de dolor, el encadenado aterriza varios metros más atrás, su piel ardiendo de frío, la sangre manando de su oído. La gente parece callarse unos instantes. Su hermano, sin embargo, no tiene piedad. La sangre vuela, brota y baña la arena. El público estalla de felicidad.

—¿Cómo has podido… hermano? Ese demonio te ha nublado la mente… Te posee como quiere— farfulla el encadenado desde el suelo.

—Te equivocas, Issaad. Tú mente era la nublada. Te conformaste con la quietud y la cobardía. Yo lo que quería era poder.

—¿Y te has tenido que sacrificar a ti mismo para obtener ese poder?

Su hermano esboza una sonrisa amplia y espluznante. No. No se había sacrificado a sí mismo para obtenerlo… El sacrificio era él. El sacrificio era Issaad.

Los ojos de su hermano brillan siniestros, emanando un aura de oscuridad, e Issaad sabe que el demonio posee a su hermano. En las gradas, el nuevo rey los observa con los ojos entornados, aparentando aburrimiento, mientras en sus manos reposa la cabeza del hombre al que alguna vez habían servido.

La sangre comienza a hervir en las arterias del encadenado, y sus heridas comienzan a evaporarse. Se incorpora, la ira explotando en su interior, la mandíbula desencajada. Su hermano le mira, pero la sonrisa ha desaparecido de su rostro.

El grito de Issaad retumba por encima del tumulto de la arena. Retumba por encima de la roca y de la sangre, y, esta vez sí, se hace el silencio absoluto.

Las cadenas se quiebran con un chasquido, y en las manos del hombre se materializa una espada de fuego ardiente, llameante. Su hermano abre los ojos, sorprendido y… asustado.

—¡No puedes hacer eso!— aulla el hermano de Issaad, arremetiendo de nuevo contra él.

El fuego y el hielo se tantean, bailan. Los golpes se suceden, estremeciendo la arena bajo sus pies.

—Necio— replica Issaad, la ira controlando sus movimientos—. Piensas que tu señor oscuro te dará el poder que quieres. ¡Esto es poder, hermano!

La espada hiende la carne, y el gladiador sale volando en un estallido de llamas.

—La espada vendrá a mí— recita Issaad—, pues yo soy su portador.

—¡Eso es imposible!— chilla su hermano, la voz sorprendentemente estridente para un hombre de su tamaño—. ¡Solo puede aparecer con un…!

—…Sacrificio de sangre— Issaad sonríe, apesadumbrado—. Lo sé.

***

Imagen de Pixabay. Créditos a mohamed_hassan

#Fantaseatumente

Recommend0 recommendationsPublished in ACCIÓN, CONCURSOS, FANTASÍA

Artículos relacionados

Respuestas

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    1. ¡Muchas Gracias! Si no es molestia, me encantaría profundizar en lo que piensas de la historia. Y, si te ha gustado el relato, te invito a seguirme en Twitter y en mi página de relatos, donde subo historias algo más largas. Cualquier cosa que necesites, mándame un MD en Twitter. Una vez más, muchas gracias, y un saludo. ^^

  1. GUAU! Solo puedo decir eso, no me extraña que ganases el concurso. Ojala escribir como tú. Contigo, no gano ningún concurso jajajaja Es simplemente espectacular, casi me podía ver allí mismo. Sin palabras

    1. Curiosamente, este relato me decepcionó bastante cuando lo escribí, pero agradezco muchísimo tus palabras, no sabes cuánto. Me animan a no dejar esto ^^” Y estoy convencido de que ganarás algún concurso, escribes bastante bien. Cualquier cosa que necesites, estoy a tu disposición ^^

      1. No lo dejes. Hay días en las que te sientes sin fuerza e inspiración, en ese momento es mejor desconectar, pues todo lo veras feo. Pero al dia siguiente, te sentirás como nuevos y descubrirás detalles que pasaste por alto. MUCHAS GRACIAS. Lo tendré en cuenta jajaajja Gracias.