Espejo, espejito ya no te necesito. 

La madrasta ante el espejo preguntó…

—Espejo, espejito mágico decidme una cosa, ¿quién de este reino es la más hermosa? —dijo la reina.

—Vos, majestad, sois la mujer más hermosa de este reino y de todos los demás —le dijo la voz del otro lado del cristal que le volvía su imagen.

Así transcurrían los días mientas la reina se vanagloriaba de su deslumbrante belleza, disfrutando del amor de su rey, de días alegres y soleados.

La noche tras la fiesta por el séptimo cumpleaños de Blancanieves, como tantas otras noches, la reina cepillándose la oscura cabellera ante el espejo no pudo evitarlo nuevamente.

—Espejo, espejito mágico… ¿quién de este reino es la más hermosa? —le dijo observando su imagen.

—Vos mi reina, estáis llena de belleza, sin lugar a dudas, pero vuestra joven hijastra, la princesa Blancanieves, es ahora mil veces más hermosa que vos —le dijo la voz del otro lado del espejo.

—¡Nooooooooo! —gritó la reina furiosa ante tal respuesta arrastrando con su mano todo lo que había en el tocador—. ¡Jamás!, ¿Me oís? Eso jamás, soy yo la más hermosa.

La reina hirviendo de celos, mientras caminada de un lado a otro de la estancia, se retorcía las manos pensando que hacer para seguir siendo la más hermosa del reino.

Ideó un plan ordenaría a un cazador que matara a su hijastra en el bosque y como prueba de ello, debía traerle el dulce corazón de la hermosa e inocente Blancanieves. Con ese pensamiento se acostó esa noche, sin saber que el espíritu del espejo había leído sus pensamientos.

Esa noche la madrasta tuvo una pesadilla, una serie de acontecimientos que se desencadenaron desde el momento en que Blancanieves desapareció y el cazador le trajo la prueba que ella pidió, su corazón. La preocupación de su marido, el rey, quien se consumía poco a poco de pena y mostrando hacia ella una total indiferencia como sino existiese. El declive lento de un reino sin gobernante. Descubrir que el espejo le reveló que Blancanieves no solo estaba viva sino que era más hermosa aún. Su intentos de matarla hasta que lo consiguió con una manzana. El tiempo pasaba y ella no envejecía, hasta que una noche el espejo le reveló que su hijastra seguía viva, con rabia estrelló en el espejo un jarrón haciéndolo añicos y con ello su belleza. La magia del espejo desapareció y ella envejeció cual edad real tenía.

Despertó alterada por los recuerdos de la pesadilla y el terrible final. Se levantó acercándose al tocador y se sentó ante el espejo.

—Espejo, espejito mágico decidme, ¿Quién de este reino es la más hermosa? —preguntó una vez más.

—Si bien vos sois hermosa, vuestra hijastra sigue siendo mil veces más que vos mi reina —contestó el espejo.

—Pues sabed espejo, espejito que a partir de ahora solo seréis eso, un mero espejo. No necesito de vuestra magia. He decidido ser hermosa por dentro más que por fuera. El día de mañana envejeceré, vos podéis mantener mi juventud, pero si desaparecéis el hechizo se irá con vos. Prefiero mantener mi belleza natural y envejecer feliz junto a mi amado esposo —sentenció ante el espejo.

La reina regresó al lecho, donde se acurrucó junto a su amado esposo. A partir de entonces la felicidad y el amor reinaría en su hogar, cambiando el odio por el amor a la pequeña Blancanieves. Y así se durmió, con una sonrisa mientras un dulce sueño se adueñaba de ella.

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