ETERNA AMISTAD

—¿Recuerdas el día que nos conocimos? Solo teníamos siete años, pero me acuerdo perfectamente. Te mudaste a mi ciudad y pasaste a ser la nueva de la clase. Eras muy tímida y yo todo lo contrario, no paraba quieta. Me acerqué a ti para preguntarte cómo te llamabas y me respondiste en un susurro, casi sin mirarme a los ojos. A partir de ahí fui ganándome tu confianza y nos hicimos inseparables. Descubrí que no eras tan seria como parecías, en realidad estabas llena de alegría. Reíamos a todas horas, me lo pasaba muy bien contigo. Jugamos y aprendimos juntas, me ayudaste a levantar cuando me caí. Al fin y al cabo crecimos de la mano.

Hizo una parada para coger aire y posó su mirada en el infinito del mar. Después siguió contándole a su amiga.

—Cuando llegué a la adolescencia me volví más insegura e intenté encajar con el resto de las chicas. Empecé a juntarme con las populares y a quedar con chicos. Entonces nos distanciamos. Preferí aparentar ser alguien que no era y te dejé de lado. Siempre me he arrepentido, lo siento mucho —se disculpó con un hilo de voz. Después del instituto cogimos caminos distintos. Al contrario que tú no hice una carrera. Ya sabes que no era muy estudiosa. Al poco de dejar los estudios me casé y tras unos años tuve hijos. En aquella época no sabía qué había sido de ti. Aunque yo decidí alejarme, te echaba mucho de menos.

Revivió el pasado y se le hizo un nudo en la garganta. Respiró profundo para sacar fuerzas y continuó.

—Una llamada tuya lo cambió todo. Jamás olvidaré el instante en que contactaste conmigo para retomar nuestra amistad. Me invadió la emoción cuando escuché tu voz después de tanto tiempo. En el fondo estaba deseando volver a hablar contigo, pero no me atrevía al haberte apartado de mi vida. Temía que estuvieras enfadada. Nunca te agradeceré lo suficiente que me hubieses perdonado.

»A partir de ese momento volvimos a quedar y a ponernos al día. Me alegró tanto volver a abrazarte… Creo que no había llorado más en mi vida y ya sabes que no soy de lágrima fácil —Sonrió—. Mientras nos bebíamos una de esas cervezas que tanto nos gustaban, me contaste que tú también habías formado una familia. Me enseñaste las fotos de tus hijos que guardabas como un tesoro en tu cartera. En ese momento sentí que tu felicidad era la mía. Enseguida noté que todo volvía a ser como cuando éramos pequeñas. Parecía que el tiempo no hubiese pasado. Era como si siempre hubiésemos permanecido unidas. Cada una tenía sus obligaciones, pero siempre sacábamos un rato para charlar. Esas tardes de café eran el toque de diversión que necesitaba mi rutina. Nos hicimos compañía mientras veíamos cómo cada una envejecía. Los paseos que dábamos agarradas del brazo eran un gran apoyo para mí.

»Un día enfermaste y mi vida se volvió de color gris. Te visitaba de vez en cuando para darte ánimos y cuidarte. Se me partía el corazón en cuanto te veía postrada en la cama. Siempre estabas pálida y muy débil, casi sin poder moverte. Al final me alivié al saber que ya no sufrirías más —Abrió la tapa de la urna—. Has sido un pilar fundamental en mi vida. Estos 80 años no sé qué hubiese hecho sin ti. Incluso cuando no estuvimos juntas, te sentí a mi lado. No sé si alguna vez te lo he dicho, pero te quiero amiga. Descansa en paz. Estés donde estés seguro que me has escuchado. Hasta pronto Marjorie.

Cogió un puñado de cenizas y las esparció por el cielo. Sus ojos se inundaron al despedirse de ella, pero se tranquilizó al pensar que en su cabeza no estaba muerta. Colocó su mano arrugada en el corazón y le lanzó un beso al aire. Mientras tanto contempló cómo el viento se la llevaba hacia el horizonte. 

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