Cuando ganar no es maravilloso

A veces te levantas y parece que una maldición se haya pegado a tu día, pero al final de la jornada acabas dando las gracias a todo lo sucedido. Esto le paso a mi amiga Socorro.

Se levantó nerviosa y estresada. Su adolescente hijo roncaba a pata suelta. Ella corría por toda la casa como loca.

— ¡Mierda!—exclamó al estrellar su pie contra la esquina de una puerta.

Fue al baño, y se dió cuenta que le ha venido la regla. “Vamos bien”, dijo para sus adentros. Cuando trataba de tirar de la cadena no iba. Sintiéndose McGiver levantó la tapa del depósito de la cisterna.

— ¡Joder!—gritó mientras se rompía la porcelana en su mano.

Sacó veloz la mano para descubrir una gran herida. Observó lo profunda que era. La sangre caía veloz. Gritó llamándose a sí misma. Nadie venía a socorrerla. Corría por la casa dejando un reguero de sangre. Quiso salir a la calle. Imposible estaba desnuda. Se intentó vestir, difícil a una sola mano y tiñendo de rojo todas las prendas.

Cogió el teléfono. No sabía a quién llamar. Trató de despertar a su hijo, pero ni un tanque lo sacaba de su sueño.

Pensó en coger el coche pero le faltaban manos para hacerlo. Lloraba porque no sabía cómo solucionarlo.

Cogió el móvil y marcó un número de teléfono.

—Sí, ¿qué quieres?—preguntó la voz de su ex.

—Ven corriendo para llevarme al hospital, me he cortado.

— ¿Y cuando quieres que vaya?

—Ahora gilipollas, me voy a desangrar.

Colgó y se puso a llorar más todavía. No sabía cómo vestirse. Abandonó las prendas blancas que estaban tintadas, por unos vaqueros anchos oscuros y una camiseta roja; por lo menos disimulaban las manchas.

Trató de abrocharse el pantalón y ponerse las zapatillas, atando los cordones a una mano.

Se oyó una música, era una llamada. Intentó contestar disimulando su enfado.

—Bajo—respondió.

Resignada se sujetó los pantalones como pudo, arrastró los pies con los cordones desabrochados y se envolvió la mano en una toalla de baño.

Llegó a la calle y la recibió su ex con una risa burlona.

— ¿Qué te ha pasado?

Socorro apartó la toalla y mostró la mano sangrante.

— ¡Joder, qué tajo!—exclamó el hombre mientras le abría la puerta del coche.

Cruzó la ciudad a toda prisa y llegaron a las urgencias. Las enfermeras la atendieron rápidamente. Limpiaron la herida y se disponían a coserla.

La mujer intentó mirar los mensajes con la mano libre para no sentir dolor. Respiró hondo.

La sanitaria preparó todos los materiales para proceder a coser a la herida. Le informó que le dolería un poco pero que no pasaba nada.

— ¿Cómo te lo has hecho?—preguntó curiosa.

—Al levantar la tapa de la cisterna se ha roto en mi mano.

— ¡Madre mía! Has tenido mucha suerte. Ese material corta mucho. Es habitual perder dedos con ese accidente.

— ¡Ahh!—dijo asombrada.

Tras unos minutos sintiendo como algo afilado atravesaba su piel y carne. Contando las puntadas que recibía. Le limpió la sangre de la mano. La desinfectó. La entablilló y la vendó.

—Ya está. Tendrás que ir mañana a que te curen.

—Muchas gracias.

—Gracias a ti. Feliz día.

—Empezando así —respondió intentando reír.

Salió de la sala.

— ¿Cuántos puntos te han dado?—le pregunta su ex.

—No lo sé—miente Socorro.

El viaje de regreso a casa transcurrió en silencio. Cuando ella entró en casa, sintió pánico de regresar al baño. La casa tenía aspecto de película de terror.

Observó con otros ojos los objetos que había en la casa, y sintió que esas cuatro paredes estaban llenas de peligrosos objetos punzantes, cortantes. Parecía que todos la miraban, y la amenazaban mientras ella trataba de ignorarlos.

Se animó a poner la cafetera pero a una sola mano se intuía otro accidente casero así que desistió. Decidió bajar al bar, cuando escuchó.

—Watafack!—soltó el adolescente mientras con ojos como platos contemplaba la escena gore.

—He ganado un dedo. Me bajo al bar—contestó la madre.

El muchacho contempló anonadado a su madre sin entender nada.

Ella llegó al bar, pidió un café.

— ¿Qué te ha pasado?—preguntó el camarero.

—Soy muy afortunada. He ganado un dedo—respondió la mujer.

—Prefiero ganar la lotería—asintió el hombre.

Ambos rieron.

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Respuestas

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  1. Madre mía!! No quiero ni imaginarme la escena, con el pánico que le tengo a la sangre.
    Un relato en honor a la odisea de tu dedo. Estupendo Bel!!