HÁBLAME

     Claudia era una niña introvertida. Nunca encontraba las palabras adecuadas para hablar con otras niñas de su edad. En el colegio la llamaban el «bicho raro» pues incluso cuando le preguntaban cualquier cosa, la timidez se apoderaba de ella y bajando la cabeza se dejaba inundar por la sensación de vergüenza y solo sabía encogerse de hombros como respuesta.

     Sus padres la animaban para que trajera alguna amiga a casa para jugar y quedarse a dormir, pero Claudia respondía con un simple y escueto «no tengo ganas» para que no averiguaran que no era capaz de entablar amistad con nadie.

     El trato con las personas no era su fuerte. En cambio, cuando salía a jugar al jardín y al huerto que tenían sus padres, hablaba sin cesar con las plantas y los árboles. Tenía largas conversaciones con un precioso nogal al cual se abrazaba y contaba sus sueños y tristezas. Se sentaba en el suelo y apoyando su espalda en el árbol leía un cuento o hacía un dibujo.

     Cuando llegaba la festividad de Halloween, Claudia no iba en grupo como los demás niños. Las compañeras del colegio no le proponían que fuera con ellas. Eran sus padres los que coordinaban la salida desde que comenzaba a caer la tarde con los vecinos más allegados y sus hijos. Se disfrazaban junto con Claudia para salir juntos de casa en casa. Querían que su hija disfrutara de la magia de aquella celebración. 

     Con los años Claudia fue creciendo convirtiéndose en una muchachita. Su caracter no había cambiado en demasía y si tenía que realizar algún trabajo por parejas en el colegio era un verdadero suplicio para ella. Era muy buena estudiante e intentaba ayudar a quien le tocara como compañera para terminar la tarea lo antes posible. 

     Para entonces sus padres habían ampliado el huerto con diferentes tipos de frutas y hortalizas. Los pájaros acudían para picotear lo que pudieran y alguna vez le habían destrozado parte del cultivo. Instalaron un espantapájaros hecho de trozos de tela y prendas de ropa vieja para que espantara los pájaros. Lo habían rellenado de lana y paja para darle grosor y tamaño. 

     Cuando Claudia lo descubrió fue como encontrar un amigo de confidencias y alegrías. Los alegres colores de su vestimenta y los trozos de tela ondeando al viento le transmitía alegría. Incluso le puso nombre: Tommy. Se pasaban muchas tardes hablando con aquel espantapájaros he incluso cantando y dando vueltas alrededor suyo. Había llegado a decirle varias veces “Ojalá pudieras hablarme”. No sabía que con sus ceremonias ignoradas creaba un influjo sobre aquel muñeco, le estaba dando un poder que ella desconocía. 

     En la noche de Halloween de aquel año ya no quiso ir con sus padres de puerta en puerta disfrazada y con la cantinela de “truco o trato”. En lugar de eso se disfrazó de bruja con una peluca morada, un vestido negro y sombrero picudo con hebilla dorada. Se fue con una bolsa de dulces junto a su amigo espantapájaros y después de contarle sus pensamientos mientras comía algún caramelo, dejó el resto a los pies de Tommy y se puso a cantar y bailar a su alrededor. 

     Un rayo cruzó el cielo iluminando la noche. Claudia se calló repentinamente esperando oír el trueno. En su lugar el espantapájaros pronunció unas palabras: “Claudia, ayúdame a bajar de aquí.”

Puntuación de la reseña:
Recommend0 recommendationsPublished in CONCURSOS, FICCIÓN, HISTORIAS

Artículos relacionados

Respuestas

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *