LA ALBUFERA

Había crecido junto a esas  espigas, pero aquellos finos tallos verdes parecían que tocaban el cielo azul de la Albufera, dejándola  aún más pequeña. Deslizaba sus diminutas manos sobre las plantas, correteando divertida, mientras que el aire bailaba con sus rizos áureos. Todas las tardes quedaba con Tiano aquel chico moreno de ojos verdes y sonrisa tierna. Jugaban al escondite y cuando alguno se cansaba de esperar a ser encontrado, gritaban su consigna y se reencontraban junto al viejo espantapájaros. Nela lo miraba fijamente, a ella no le asustaba. Su destartalada camisa de cuadros  estaba hecha jirones, por el incesante picoteo de los cuervos; su desgatado pantalón tenía varios agujeros y bajo su sombrero de paja se escondía un rostro inexpresivo, para muchos incluso terrorífico, pero no para Nela. Siempre se sintió protegida bajo aquél espantajo, guardián del arroz. En aquellos campos  y bajo la mirada de aquel viejo espantapájaros se dio su primer beso con Tiano, el amor los inundó como el agua a los campos de arroz.

Ya habían pasado unos años de aquello, era la noche de Halloween y un grupo de amigos habían alquilado una casa junto a las marismas. No había vuelto a ver a Tiano desde que se fue a estudiar fuera,  aquel chico de ojos verdes había sido su primer amor. Su amiga Oliva le había dicho que también iría a la fiesta. Se miró al espejo antes de salir, había conseguido el efecto que deseaba, sexy, original y cómoda. Se colocó su sombrero de paja, su camisa de cuadros  y un ajustado vaquero que definían sus curvas. Aquel maquillaje  recalcaba sus ojos negros, coloretes sonrosados  y dos líneas a ambos lados de sus labios rojos, simulando la sonrisa inexpresiva de un espantapájaros. Esa noche la luna llena dominaba  el firmamento ausente de estrellas. La música estridente  se escuchaba desde fuera, la casona tenía un aspecto tétrico, decorada a conciencia. Apenas eran las doce de la noche y la mayoría de los asistentes ya mostraban los efectos del alcohol. El humo del tabaco se mezclaba difuminando rostros y sonrisas. Dio un rápido vistazo por el salón, ni rastro de Tiano, no pudo evitar sentirse decepcionada. Su amiga  la recibió entre gritos y espavientos, después de tres copas empezó a integrarse; a fin de cuentas había venido a divertirse. De repente lo vio, sus miradas se cruzaron. Era alto, moreno, su disfraz  de médico ensangrentado marcaba cada uno de sus músculos. Después de varios sensuales bailes aquel chico la apoyó contra la pared y comenzó a besarla, mientras que sus manos volaban por su cuerpo. Todo le daba vueltas, no estaba segura de lo que estaba haciendo,  el alcohol estaba marcando el ritmo del encuentro, se estaba dejando llevar. Se alejaron de la casa para perderse por ese campo, la tumbó junto al espantapájaros y empezó a arrancarle la blusa y a bajarle los pantalones, sus manos la tocaban con brusquedad. Babeándole el rostro. No fue deseo lo que Nela vio en aquella mirada. Se asustó. No quería seguir. Intentaba zafarse de aquellas manos y de aquel cuerpo que la estaba presionando. De nada sirvió que le dijera a gritos que no quería, de nada sirvió que lo apartara con sus manos. Le tapó la boca con tanta fuerza que le costaba respirar, se estaba asfixiando, comenzó a penetrarla, inmovilizándola. Tumbada en el suelo, veía el rostro de aquel espantapájaros de su niñez. Las lágrimas desfiguraban su rostro y su maquillaje. De repente aquel monigote cobró vida y de un golpe certero  dejó a su agresor inconsciente, ante la mirada atónita y aterrorizada de Nela. Después de liberarla de aquel depredador recuperó  su forma, volviendo a su quietud y a su sonrisa inexpresiva.

Años después las imágenes de lo que sucedió aquella fatídica noche, siguen borrosas en la mente de Nela. Había bebido demasiado, pero lo que vio era tan real. Es del todo imposible que ese espantapájaros de sus tardes de niña pudiera salvarla de esa violación. Fue ella quien lo golpeó, cuando la vida se escapa entre los dedos fuerzas insospechadas afloran. Supervivencia; o eso terminó pensando ella, mientras paseaba de la mano de su novio por aquellos campos de arroz. Seguía teniendo la misma tierna sonrisa de cuando era un niño y jugaba con ella entre las verdes espigas. Aquellos ojos esmeraldas la miraban llenos de amor.

Cae la noche, la luna llena ilumina la Albufera. Mientras  en aquel arrozal un destartalado espantapájaros vuelve a cobrar vida, se pasaría toda la eternidad espantando cuervos. Como la noche en la que salvó a su dulce niña de cabellos dorados. Esa era su naturaleza: espantar y proteger.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Respuestas

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  1. Buen relato, con una dramatica secuencia que impresiona. La magia del espantapájaros la salva. Me ha recordado la novela de Cañas y Barro por el nombre de la protagonista Neleta y Tonet su amor de la infancia y en el entorno de la albufera de Valencia