La ciudad ha caído

Tras la Guerra, parte 1

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La ciudad ha caído. Después de 5 años de lucha constante. Después de 1 año de interminable asedio. Los muros habían cedido y los enemigos entraban a tropel sedientos de más sangre. La ciudad ha caído.

De repente, cuatro demonios entraron en mi casa. Dos cogieron a mi madre y otros dos a mi padre. No entendía lo que estaba pasando, no podía moverme. Mi cuerpo no me respondía. Solo podía mirar, horrorizada. A mi padre lo pusieron de rodillas y lo obligaron a mirar lo que le hacían a mi madre, a la cual le habían arrancado sus vestiduras. Los dos demonios que la sujetaban empezaron a violarla a la vez. Mi padre empezó a llorar y a gritar desesperadamente, haciendo que los demonios se rieran cada vez más fuerte. Yo seguía sin moverme, sin poder hablar. Solo escuchaba los gritos de mi padre, las risas de esos demonios, la respiración a duras penas de mi madre y el sonido que hacía su garganta, como si se estuviera ahogando con algo, a la vez que el demonio se movía dentro de su boca. No entendía lo que estaba pasando. El demonio que le estaba haciendo cosas malas a la boca de mi madre pareció cansarse y, con un cuchillo que llevaba atado al cinto, le cortó la garganta lentamente. Mi padre cerró los ojos en ese momento, los ojos inundados por las lágrimas, pero los monstruos que lo tenían lo obligaron a seguir mirando. Seguían haciéndole cosas raras a mi madre. Seguían ensañándose con su cuerpo.

En un intento desesperado, mi padre intentó llegar a ella, soltándose por un momento de sus captores. Pero lo volvieron a apresar y, esta vez, le empezaron a golpear. No sé cuándo los otros dos demonios que habían cogido a mi madre se habían unido a la paliza, pero ahí estaban. El cuerpo de mi madre yaciendo sin vida en un charco de sangre. El que le había cortado la garganta a mi madre volvió a sacar su cuchillo y le hizo lo mismo a mi ya moribundo padre. Después de eso, se dijeron algo que no entendí. Hablaban en una lengua extraña.

El demonio más grande se acercó a mí con una sonrisa macabra. No podía dejar de mirarlo. No podía moverme de donde estaba. No podía hablar, ni gritar.

“Creo que necesito una nueva esposa”.

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