LA ISLA DE MI TESORO.

Ángela guardaba meticulosamente su equipaje en una gran maleta, parecía no pensar en nada y en mucho al mismo tiempo y los cambios de pensamientos se denotaban en sus inmensos ojos verdes; pues estos adquirían un brillo diferente entre uno y otro, motivo que surcará su mente.

Su madre la observaba en silencio, le resultaba un poco difícil desprenderse (por decirlo de alguna manera) de su hermosa hija y dentro de sí pensó: es la profesión que escogió ¡Que se va hacer! Dijo casi en un suspiro, sin dejar de mirarla, “su niña”, cómo le decía siempre que le hablaba, ya era toda una Dra.

Ángela dijo de repente, ya basta mamá, parece que estuvieras haciéndome una radiografía, mientras mostraba en una amplia sonrisa una blanca y perfecta dentadura. -Estaré bien, no te preocupes- deteniéndose por un momento de su hacer para abrazar a la autora de sus días.

Doña Mercedes, italiana al igual que su esposo, habían emigrado hacía muchos años con dos hijos pequeños a un hermoso país que les abrió sus puertas adoptándolos sin distinción, allí tuvieron su tercera y última hija, todos hoy hombres y mujeres. Dos ya habían emprendido vuelo formando sus propios nidos y ahora su pequeña comenzaba también a revolotear sus incipientes alas.

Tras una rápida despedida dejó llorosa a su madre y ya embarcada en el ferri, se dirigía a su nuevo destino. Se trataba de un rincón llamado San Juan Bautista, ubicado en una isla conocida como “La Perla del Caribe” y donde fue asignada para ejercer su residencia.

Emma, la enfermera que sería su asistente durante dos años, ya la esperaba en el puerto, era una chica morena, preciosa, rebosante de alegría, le dijo: bienvenida Dra. Ángela, sin disimular su ansiedad.

La acompañó hasta donde sería su nueva residencia la cuál se encontraba justo al lado del centro de salud. Demás está decir que a pesar de ser dominada por el cansancio esa noche no durmió. El amanecer la encontró ya sentada en la cama colocándose ropa deportiva dispuesta hacer un recorrido de inspección del lugar, corría como una gacela por el placer de sentir la libertad de su independencia.

Así llegó a la orilla de la playa, allí arremolinados se encontraban un grupo de pescadores; al parecer unos salían, otros llegaban era una especie de pequeño muelle. Concentrada en el movimiento de gente no notó una piedra sobresaliente en la arena tropezó y trastabilló. Cuando estaba a punto de caer de forma estrepitosa, unos brazos fuertes la atajaron en el aire.

Todo se conjugó en ese instante, los rayos del sol que comenzaban a emerger, la deliciosa brisa del oleaje tranquilo, ella con su tez blanca y suave como la porcelana y él con brazos tersos, musculosos con un brillo curtido por el sol y sus ojos, grandes esmeraldas encontrándose con los de el cristalino color miel y su piel oscura haciendo un maravilloso contraste, todo en segundos, los cuales fueron interrumpidos por su voz varonil diciendo la nueva Dra. Supongo al momento de colocarla de nuevo en tierra firme.

Ella lo miraba silenciosa, ante ella se encontraba el «dios de ébano», con más o menos 1,90 de estatura y ella tan menuda con sus escasos 1,67 se recompuso inmediatamente agradecida. Sin agregar nada más emprendió una rauda inentendible huida.

El tiempo transcurrió sin cambios significativos, Emma se había encargado de ponerla al tanto de los pormenores de todos al punto de que al llegar a su consulta, ya Ángela sabía la historia de cada paciente. Por ella se enteró también que Robinson (que así se llamaba su salvador) era todo un personaje famoso por ser un «Don Juan».

Al ser un pueblo pequeño siempre coincidían en ferias, y eventos variados donde su sola mirada bastaba para que sus sueños fueran perturbados. En una oportunidad llovía de forma torrencial, cerró la puerta del consultorio y corrió a su vivienda, resbaló y alguien de nuevo evitó su caída.

Robinson la sujetaba, se empapaban y parecía no importarles, fue inevitable le robó un beso con desmedida pasión y luego la acompañó hasta la puerta sin más desapareciendo en la noche al igual que la lluvia.

Han pasado cinco años de haber terminado su residencia, ahora en la ciudad montó un consultorio. La chica de recepción le dijo Dra. Su esposo llamó, viene por usted. -Me avisas- dijo ella agregando -es un auto color verde manzana-.

El automóvil comenzó a estacionarse y la empleada dijo ¡llegó su esposo! al momento que salía Ángela, ambas vieron salir al hombre del auto con dos niños que corrieron hacia ella, la recepcionista quedó boquiabierta. Ángela sonrió diciendo: no te preocupes, él es mi tesoro, también me impresioné la primera vez que lo vi, él pescaba peces y hasta mujeres, pero «yo lo pesque a él».

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  1. Una romántica historia de amor a primera vista, o mejor dicho al primer tropezón. Muy chula Lina. Enhorabuena.