La noche del espantapájaros

Quería ir a la fiesta con los demás. Se vistió de hada blanca. Al llegar, un grupo de cuatro chicos y una chica, al ver su rubio pelo rizado a lo africano le llamaron espantapájaros.

No voy de espantapájaros, voy de hada blanca.

Los demás se rieron y la volvieron a llamar espantapájaros.

Una chica disfrazada de bruja se le acercó.

No les hagas caso, son unos estúpidos. Tu vestido es precioso y pareces un hada, no un espantapájaros. Se ve que a los nuevos siempre les tienen que gastar bromas absurdas para sentirse mejor.

Gracias. Me llamo Maira, ¿y tú?

Yo soy Lucía. Encantada de conocerte. Eres nueva en la ciudad, ¿verdad?

Yo sí, mi madre nació aquí pero vivió muchos años fuera y ahora ha vuelto conmigo, después de lo de papá.

¿Le pasó algo a tú papá?

Sí, pronto va a hacer un año que desapareció en la mina.

Lo siento…

Tranquila, tú no lo sabías.

Después de la fiesta, al volver a casa, a Maira le hicieron una broma de mal gusto esos chicos y chicas del barrio.

Salieron hacia casa ella y Lucía, las siguieron, y cuando iba Maira sola, que ya se había despedido de Lucía delante de la casa de ella, en un tramo de calle a oscuras, la asustaron haciendo ruidos y persiguiéndola, la cogieron y la colgaron en un palo y la ataron como a un espantapájaros, le taparon la boca y le colgaron un cartel en el cuello con la palabra escrita y se fueron corriendo dejándola así. Llevaban las caras tapadas y ella no los pudo reconocer aunque pudiera sospechar quiénes podían ser.

A la mañana siguiente la encontraron en el mismo lugar y atada de la misma manera, sin vida.

Los 4 chicos y la chica que la habían atado estaban asustadísimos ya que ellos eran los que la habían dejado allí.

La policía investigó y descubrió lo sucedido con ellos y se llegó a la conclusión de que ellos eran culpables de haberla atado pero no matado.

Al cabo de un año de esa noche de los muertos, uno de los cinco fue encontrado en el mismo lugar y de la misma manera que ella. También, a la mañana siguiente. Y había un espantapájaros con vestido blanco y cabellos rubios rizados, igual que Maira, enfrente de la casa de la víctima.

Otro año más, pasó lo mismo con otro de los cinco. El tercer año consecutivo los tres que quedaban estaban temblando ya que no sabían quién sería el siguiente.

Se marcharon juntos con sus familias huyendo del lugar. Ello tampoco les salvó. A la mañana siguiente se repitió el suceso con el siguiente de los cinco sin poderlo evitar.

Pasaba el tiempo y los dos que quedaban, un chico y la chica, no sabían qué hacer. La madre de Maira no podía ser ya que se tiró de un puente pocos días después del suceso de su hija.

La policía decidió que los escoltaría día y noche hasta el día siguiente. Tampoco lo pudieron evitar. Encontraron a uno de ellos, otra vez, igual.

A la chica la tuvieron que ingresar a un centro psiquiátrico. Y al año siguiente fue ella misma quien fue hasta el lugar, imploró que se la llevaran a ella también. Y así fue. Pocos días después encontraron también colgada a Lucía, la chica que se hizo amiga de Maira en la fiesta. Llevaba un cartel colgado donde se leía: No la pude salvar, pero hacer justicia es el precio a pagar.

Pocos días después encontraron, ahogado en el río, al padre de Lucía, el verdadero culpable del abuso a Maira y a otros chicos y chicas más.

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