LA NUEVA ADQUISICIÓN

Carolina estaba tan cansada que lo único que le apetecía era darse un baño, cenar algo y meterse en la cama. Llenó la bañera con agua caliente, echó sus sales de baño preferidas y esperó a que todo se llenara de un vaho cálido. Después de poner su música favorita, encendió unas velas y se sumergió entre la espuma que se había formado. Mientras tarareaba la canción que sonaba en ese momento, cerró la mampara para que no se escapase el calor.

Con los ojos cerrados y su cuerpo relajado de pies a cabeza, disfrutaba de un descanso bien merecido. Así pasó varios minutos. Cuando sus dedos empezaron a arrugarse pensó que ya era hora de salir. Al abrir la mampara reparó en el espejo que había a un lado. Al parecer su novio por fin lo había comprado. Seguro que se había hartado de que le insistiera tanto. Se situó frente a él envuelta con una gran toalla que la cubría desde las axilas hasta las rodillas y otra más pequeña que llevaba colocada a modo de turbante en la cabeza.

El espejo se había empañado por efecto del vapor y en él se podía ver escrito: «¿Jugamos?». Sonrió por la ocurrencia de su pareja, aunque esa noche no estaba precisamente para jueguecitos amorosos. Había estado tan abstraída dentro del agua que ni le había oído entrar. Envuelta en las toallas, salió al pasillo y le llamó, pero nadie contestó, así es que regresó al baño.

Cuando entró, la calidez se había esfumado y había dejado paso a un frío húmedo. Se quitó la toalla para extenderse por todo el cuerpo la crema hidratante. Empezó por las piernas y cuando levantó la cabeza para hidratar sus brazos, vio la imagen de una niña de cabellos castaños y ondulados reflejada en el espejo. Iba vestida con un camisón blanco y la miraba fijamente con aspecto serio, sin pronunciar palabra. Carolina retrocedió asustada hasta apoyar su espalda contra la puerta. El grito que salió de su garganta se escuchó por toda la casa. Acto seguido, tiró al suelo el bote de crema hidratante que llevaba en la mano. Sin apartar los ojos del espectro infantil, tanteó hasta coger la toalla. Se tapó con ella como pudo y salió del baño como si un fantasma la persiguiese. De esa guisa buscó a su novio por toda la casa. Lo encontró en el garaje con los auriculares puestos mientras reparaba su moto. Él se sorprendió al verla aparecer medio desnuda y muy alterada.

Cuando Carolina le contó lo que le había pasado, un atisbo de sonrisa apareció en su rostro, mientras se mordía el labio inferior y miraba al suelo un poco avergonzado. Llegados a ese punto, no tuvo más remedio que confesarle las características de aquella nueva adquisición. Lo había comprado a través de una página web. Al acercarse Halloween, era tendencia ya que no dejaba a nadie indiferente. ¿Quién no querría tener en casa un espejo con fantasma? Pensó que cualquiera que lo viese quedaría impresionado  ―desde luego con ella así había sido―. Como además estaba de oferta, le había parecido una ganga y sin pensarlo dos veces, se había decidido.

Carolina miraba a su novio con ganas de asesinarle allí mismo. Sabía que era un poco friki, pero aquello era el colmo. Menudo susto se había llevado. Y ella pensando que era el espíritu de una niña que habitaba en la casa. Con lo relajada que había salido del baño y ahora estaba de nuevo más tensa que la cuerda de un arpa.

Estaba tan enfadada que le dijo que se fuera olvidando de la proposición que le había escrito en el espejo. Le explicó que estaba muy cansada y que después del susto que se había llevado lo único que le apetecía era dormir ―si lograba conciliar el sueño―, y olvidarse de todo hasta el día siguiente. Él la miró con cara de no comprender nada. Por lo visto no sabía a qué proposición se refería. Aseguraba no haber escrito nada en el espejo.

Carolina más alterada que nunca subió a su habitación, metió algunas cosas en su maleta y le anunció que esa noche dormiría en la casa de sus padres. También le amenazó con dejarlo si no se deshacía de aquel espejo. Y le insinuó que se quería mudar de casa.

Él no entendía nada. Tanto insistir en que necesitaban un espejo y ahora se ponía así solo porque tenía un fantasma dibujado en su superficie. Su reacción le parecía totalmente desproporcionada. ¡Quién entendía a las mujeres!

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