La vida que dejé atrás

#Semana5

Contemplé en el espejo la imagen que este me devolvía. El vestido que llevaba puesto, blanco y precioso, me quedaba grande. Hacía más de dos semanas que no comía como debía, desde ese momento que me dieron una triste noticia.

Me acuerdo que estaba feliz por volver del instituto, adoraba estudiar y, a pocos meses de acabar mi último curso, ya empezaba a pensar en que universidad sería aceptada. ¿Qué quería estudiar? ¿A que quería dedicarme el resto de mi vida?

Eso fue insignificante en el momento que cruce el umbral de la puerta. Las caras de mis padres y de mi hermano mayor estaban serias. Mi madre incluso tenía lágrimas en los ojos. Ante aquella triste imagen, mi sonrisa y pensamientos desaparecieron.

—¿Qué pasa? —pregunté preocupada.

—Siéntate hija.

Según el tono que habló mi madre temí por que alguna familiar hubiera muerto. Solo me quedaban mis tíos, pues mis abuelos se habían ido hace muchos años, pero aun así tuve miedo. Con paso inseguro, hice caso a mi madre y ocupé la silla que sobraba.

—Nos van a embargar la casa, cielo. El banco nos da un mes para buscar una forma de pagar las deudas que tenemos atrasadas, sino, tendremos que buscar otro lugar. Y me temo, que eso será muy difícil.

Apenas podía creer las palabras de mi padre. ¿Embargarnos? Sabía que nuestra situación económica no era la mejor, pero no creía que podíamos llegar hasta este punto.

—¿Y qué vamos a hacer? —pregunté con preocupación.

—Hay muy pocas opciones. Tenemos que pagar y no tenemos dinero. Sin embargo, se nos ha presentado una oportunidad para poder salvarnos.

—Eso es estupendo, padre. ¿Dé que trata ese milagro?

—Mi jefe, me puede dejar el dinero. Es mucha cantidad y estarías en deuda con él para toda la vida, pero es la única solución.

—Entonces acepta, le iremos pagando poco a poco. Según nos has contado, es un buen hombre —hablé con seguridad. Tal vez, la triste noticia no sería tan mala.

—Pide algo a cambio. Nos da el dinero si a cambio, te casas con él.

Conocía ese refrán que decía: <A veces es peor la cura que la enfermedad>. En ese preciso instante entendí a qué se refería.

No pude pensarlo mucho, tuvimos que aceptar. Me sacrifiqué por el bien de mi familia y pudimos pagar las deudas. En consecuencia, yo perdí una parte de mí. Mi corazón, mi alma y mi libertad, se quedaron perdidas en el pasado. Me casaría con un hombre veinte años mayor que yo ¿Qué sería de mí? ¿Cómo me trataría?

No quería pensar. En apenas unas horas, estaría andando directa al altar.

Sería presa de un hombre y no volvería a ser libre, nunca jamás.

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