La viuda

No estaba muy entusiasmada con asistir a la fiesta de Halloween de Marisa. Tenía un mal presentimiento y no sabía por qué.  Nunca había sido muy devota de los disfraces y de este tipo de celebraciones, pero a Jorge le encantaban y estaba muy emocionado. Desde el día en que Marisa nos había hecho la invitación tenía ya muy claro el disfraz que llevaría.

-Yo me disfrazaré de cadáver -A mí en ese instante me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, pero él no dejaba de hacerse el gracioso y burlarse de mi horror-

Yo ahora debía buscar un disfraz que no desentonara demasiado. No me apetecía ir de novia cadáver. Recordé que en el desván había un baúl con cosas que guardaba la tía Emma de la bisabuela.  Subí y encontré varias prendas, un traje de novia de encaje muy amarillento, varias mantillas, enaguas y en el fondo del mismo encontré un vestido negro muy cerrado y junto a él un pequeño y antiguo sombrero con tul.  Me probé el vestido con el sombrero, me quedaba de maravilla, parecía una viuda con el sombrero cubriéndome la cara.

En ese momento y mirándome al espejo vino a mi mente el recuerdo de mi tía Emma.  Ella había enviudado muy joven, igual que mi bisabuela.  Los fantasmas embriagaron mi ser pensando en lo peor.  Pero con un sacudón logre espantarlos de mi mente.

La noche del evento llegó.  Jorge estaba espantoso con su disfraz.  Conducía muy lentamente, ya que los niños iban disfrazados de un lado a otro haciendo tratos por golosinas, algunos iban acompañados por algún adulto con atuendos muy ingeniosos.

Pasamos una hermosa noche, llena de risas, sustos y momentos de espanto.  Bailamos y bebimos hasta la madrugada. Cuando decidimos volver, íbamos recordando los momentos aterradores que nos había hecho pasar Marisa con sus ingeniosos juegos y el decorado terrorífico de la casa. Y ni hablar del protocolo que les hacía a los niños cuando golpeaban a su puerta.

De golpe un coche estampó su parachoques contra el nuestro, el sacudón logró aturdirme, apenas podía ver, algo caliente corría por mi cara, y cuando subí la cabeza y puse mi mano sobre ella me di cuenta que estaba sangrando. Me giré y vi a Jorge inconsciente, desesperada comencé a gritarle, pero no obtuve respuesta.  Intenté sacarle la máscara del disfraz y cuando la descubrí me di cuenta que no estaba inconsciente.  Su cuello no sostenía su cabeza y su respiración era un hilo muy suave. Comencé a gritar, pero nadie me escuchaba, y el conductor del otro coche tampoco se incorporaba. Entre la niebla vi unas luces que se detenían frente al accidente.  Y una voz me dijo: tranquila ya estas a salvo.

Hoy hace un año de ese día, es la noche de Halloween y yo no me he quitado el disfraz, lo llevaré puesto el resto de mi vida

 

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