LOS AROMAS QUE A TI TE GUSTAN.

Maldijo no haber corrido las cortinas. La orientación este de la habitación, daba vía libre a que los primeros rayos de sol invadieran la totalidad de la estancia.

Amparito, Amparito es que siempre te pasa lo mismo. Claro  que con lo tarde que me acosté es normal que fuera sonámbula a la cama. Hijo mío, tú como no te enteras….

Hoy tengo un día bastante ajetreado. ¿Por qué? Cariñet tú vives en otro mundo, pero aquí me tienes a mí, viento en popa a toda vela. Pero hasta que llegue el momento, yo como si nada. Así que voy a preparar tu comida favorita. Quiero impregnar la casa de los aromas que a ti te gustan.

En el cuarto de aseo se miró frente al espejo, enumeró las marcadas arrugas que plagaban su rostro. Siempre había sido muy coqueta y al principio las ocultaba con las cremas que su amiga Vicenta le vendía. Vicenta era distribuidora de Avon. Pepe el esposo de Amparo siempre hacía bromas cuando ella venía a casa.

Amparito, Avon llama a tu puerta.

Pepe, se educado con ella, la chica se gana un dinerito y a mí me viene muy bien para mi cutis. Claro, como tú ya no te fijas en mí.

Cariño, yo te voy a querer toda la vida.  Una arruga más, una menos, que más da…

Sí, pues los ojitos que le pones a la platanera del mercado central no me los pones a mí.

¡Calla mujer! Esa no te llega ni a la suela de la alpargata.

Se lavó la cara e hizo una mueca de sonrisa pero no la culminó, tenía la cabeza con demasiadas preocupaciones.

Miguelín y Angelita seguro que vendrán a comer con los nietos. Aunque Miguelín me ha dicho que estoy loca, que como se me ocurre tal día como hoy hacer comida familiar. Qué no me va a dar tiempo. Qué antes vendrán esos.

Había comprado el día anterior todos los ingredientes para el esgarraet y el arroz a banda. Fue a la parada de salazones de Paco por el bacalao. El pimiento, los tomates y las cebollas en el puesto de Ana. La sepia, la gamba alistada y la morralla, con pescado de roca, cola de rape y cabeza de bacalao para el caldo a la pescadería de Sacramento.

Lo primero era poner los pimientos al horno.

No te rías Pepín, no te rías. Que eso solo me pasó una vez. Te acuerdas… Cada vez que lo recuerdo me meo de risa. Puse los pimientos al horno, estaba troceando el tomate y tu llegaste por detrás. Que si sí, que si no. Que déjame que estoy cocinando. Pues nada, que te saliste con la tuya. ¡Uff!, me acuerdo y aún me entra el sofoco. Qué fogosidad la tuya de recién casado. Resultado, los pimientos quemados.

Ensimismada en sus recuerdos sofrió las gambas, luego la cebolla y añadió el tomate rallado, la sepia y un diente de ajo picado, rehogando hasta tenerlo todo bien cocinado. Echó la justa medida de arroz, sal, un poco de pimentón y azafrán. Y como no, el caldo hirviendo de pescado. No habían pasado los diecinueve minutos que hacían falta para que el arroz quedara seco y suelto cuando oyó unos gritos en la calle.

Mare de deu dels Desamparats(1). ¿Qué pasa?

La calle estaba abarrotada de gente portando pancartas. “Este desahucio lo vamos a parar”, “salvan al banquero, desahucian al obrero”, “pueblo que no lucha, nadie le escucha”. Se santiguó tres veces.

Agarra-li el morro a la burra(2).

Había intentado olvidar que este momento tenía que llegar. Nunca imaginó que todo el barrio se concentraría para apoyarla.

Llamarón a puerta.

ꟷMamá, están todos. No vamos a permitir que te tiren de la casa donde has vivido toda tu vida ꟷMiguelín olisqueó y se dirigió a la cocinaꟷ. Mira que eres cabezona. ¿Qué te dije?

ꟷ¡Quita, quita!, pues si ya está acabando.

Los gritos se oían desde la cocina. Los antidisturbios emplearon la fuerza para dejar que pasara el funcionario judicial.

Al entrar el aroma de la comida que había preparado Amparo hizo que al funcionario le temblaran las manos, pero impasible le informó de su situación ordenándole abandonar inmediatamente la casa.

Amparo no opuso resistencia. Su piso lo había comprado una entidad a la que su hijo denominaba buitre carroñero. Cobraba una escasa pensión de viudedad y no pudo pagar la subida de alquiler que le pedía ese que su hijo llamaba buitre.

Desde la calle y abrazada al marco de fotos de su esposo dirigió su mirada a la ventana de su habitación. Una leve sonrisa humedecida por sus lágrimas fue interrumpida por el abrazo de su hija Angelita.

La casa ya vacía aún conservaría ese aroma a hogar que tanto le gustaba a Pepe durante varios días.

 

 

  • Virgen de los Desamparados.
  • Coloquialmente tranquilízate, por favor.
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