LOS PROGRESOS DE MANOLO

Manuela terminó de hacer su maleta, nunca se le había dado bien esta tarea. Metía desde el bañador hasta el jersey de lana, daba igual que se fuera a 150 km donde pocos cambios climatológicos se podrían producir. iba a pasar una semana con su hija, estaba a punto de dar a luz y quería echarle una mano. Su marido y Manolo se quedaban en casa. No sabía a cuál de los dos tenía más ganas de perder de vista. Pedro estaba cada día más raro, los cincuenta no le habían sentado nada bien. Incluso se había vuelto metrosexual, él, que era de los que pensaban que: “el hombre y el oso contra más pelo más hermoso”. Pues ya no quería ser oso. Se había apuntado a un gimnasio, quería marcar abdominales. Un difícil reto, pues Manuela dudaba que detrás de esa gruesa capa de grasa hubiese algún músculo y mucho menos que se pudiera ejercitar. Acudía más veces al gabinete de estética que ella. La primera vez lo acompañó, tuvo que reconocer que la imagen de su marido pegando grititos y con las lágrimas saltadas fue una escena divertida incluso un poco retorcida. Se había comprado un coche deportivo. A ella le tocaba la tediosa tarea de hacer la compra en el amplio maletero de su Peugeot 308, además de llevar la casa y de aguantar a su jefe machista en la oficina. Sus ojos habían perdido el brillo de antaño, había cogido peso y la flacidez de sus carnes eran las huellas de tres partos y de un abandono progresivo como mujer. El sexo era algo que casi había olvidado, ni siquiera le apetecía y él no se lo reclamaba.

− ¡Y tú no me mires con esos ojos saltones! Y no me hagas piquitos, te quedas con tu amo. Sí, ya sé que no te va a hacer ni puto caso, antes de que se convirtiera en un “machoman” te enseñaba a hablar. Aún recuerdo una de tus primeras palabras: “gorda”, menudo cabrón mi Pedro. A ti no te echo la culpa Manolo, solo eres un loro- le dijo divertida a su ave de exuberantes plumas coloridas.

− ¡Gorda, gorda! – le contestó el ave arrastrando la “g” con premeditación y alevosía, como si entendiera lo que le estaba diciendo Manuela.

Se despidió de su marido con un ligero beso en los labios, sin pasión, anodino, como todo lo que había entre ellos.

− ¡Gorda, gorda! – repetía el loro, mientras que con una de sus patas se rozaba su corvo pico.

“Jodido loro, aquí te quedas”, pensó para sus adentros Manuela, mientras salía de su casa arrastrando su pesada maleta. Las ruedas se atascaban, no rodaban, ahora se arrepentía de haber metido la mitad del armario allí dentro.

− ¡Hombre Manuela ¡¿Dónde vas tan cargada mujer? ¿Te vas sola? ¿Y Pedro? ¿lo dejas de Rodríguez? -gritaba sonriente Paca, apoyando sus exuberantes pechos sobre la barandilla. Era la típica vecina que llevaba la vida de todos los del bloque; el CNI habría ganado una buena pieza con ella. Se había divorciado hace un año, desde luego separarse de Javier le había sentado muy bien.

− ¡Hola Paca! Me voy a pasar unos días con mi hija, está a punto de dar a luz y Pedro no puede cogerse tantos días, así que sí, lo dejo de Rodríguez- le contestó Manuela, sin muchas ganas de seguir conversando.

− ¡Ah genial!¡qué vaya todo bien!¡Qué ilusión vas a ser abuela! ¡Buen viaje vecina! ¡abuela, abuela! – exclamó Paca, paseándose medio desnuda por su terraza.

Aquella palabra de repente cobró vida en su cabeza: iba a ser abuela. Se subió al taxi sin mirar atrás, se sentía ilusionada, aquella niña iba a poner una nota de color en su vida más allá de las plumas de su desagradable loro.

DOS SEMANAS DESPUÉS….

– ¡Hola ¡¿Hay alguien en casa?¡Pedro ya he llegado! ¡Vengo con pena, separarme de mi nieta me ha costado! – exclamaba Manuela arrastrando su pesada maleta, más dos bolsas más de compras. Nadie le respondió, pero a los pocos minutos escuchó desde el salón esa tentativa de voz humana.

− ¡Fóllame Paca!¡Fóllame Paca! – gritaba Manolo arrastrando la “f” con énfasis.

Cuando Pedro llegó de su gimnasio esa tarde se encontró sus maletas en la puerta, junto a Manolo. En los barrotes de la jaula del loro había una nota.

“Ya he visto los progresos de Manolo con el habla, ha sido clarificador. Cuando vuelva no quiero encontrarte aquí. Tendrás noticias mías a través de mi abogado. Por cierto, nuestra nieta es preciosa, por fortuna no se parece a ti.”

PD: tengo una nueva palabra para tu loro: CABRÓN.

¿Te gusta? Pues ya sabes a enseñársela.

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Respuestas

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  1. Genial Purí. Me he reído un montón. Gracias por una lectura tan amena. Un abrazo guapa.