MAGIA TRAICIONADA

  •       En el pueblo comenzaban a correr habladurías sobre ella. Desde luego las malas lenguas eran expertas en inventar historias y darles un toque exagerado o incluso estrambótico. Lo curioso es que aquella vez tenían razón.

  Morianty vivía a las afueras. Principalmente porque no le gustaba el bullicio y segundo porque su habilidad especial requería del mayor aislamiento posible.

   Durante el día cuidaba de sus gallinas y trabajaba en su huerto para vender sus verduras, hortalizas y huevos en el mercado. Ese era su sustento.
Bueno, ese y el poder leer el futuro en las cartas del tarot a las personas que se acercaban a su casa en busca de consejo y guía.  
   Tenía una clientela asidua que se atrevían a pedirle si podía facilitarles de alguna forma conseguir lo que deseaban. Ella siempre se negaba argumentando que solo conocía el significado de las cartas.  
Era una prueba que les hacía pasar. Si regresaban dos veces más y volvían a pedirle lo mismo, les daba un papel para que escribieran lo que deseaban. Ella leía el escrito para saber su dificultad o los ingredientes que pudiera necesitar.
En algunos casos necesitaba una foto, algún cabello o prenda de ropa para poder influir en las fuerzas místicas. Otras tan solo era cuestión de preparar un brebaje o pócima que debían beberse.  
Siempre les decía que se marcharan en paz y que en pocos días comenzarían a notar cambios. Y así era.

   En el caso de los hechizos, Morianty los preparaba cuidadosamente leyendo los pasos en su libro de conjuros. Por la noche salía al aire libre para realizar las peticiones.

   Todo se complicó cuando Brigitte, a pesar de tener Morianty las precauciones adecuadas, propagó quién la había ayudado. Era una joven enamorada no correspondida que acudía cada semana para que Morianty consultara las cartas del tarot para ella. Aquella era la tercera vez que le pedía lo mismo.

— Debes ayudarme Morianty. Necesito aliviar esta pena que siento. Cada vez que le veo mi corazón me da un vuelco y la respiración se me acelera. Le amo de verdad y este amor debe ser correspondido, estoy segura.

— En las cartas se ve que en poco más de un año entrará el amor en su vida. Puede que este hombre del que me habla sea ese amor.

— ¡Yo no puedo esperar tanto! Debe haber algo que puedas hacer. –le hablaba desesperada.

— No se debe influir en la voluntad de nadie. Yo se lo aconsejo, por su bien.

— Pero es que yo le amo con locura y sé que él sería muy feliz conmigo. —espetó con un llanto desconsolado.

— Entiendo que lo vea así, pero existe el libre albedrío y eso no se le puede negar a nadie.

— Tienes que ayudarme. Si no consigo que me quiera soy capaz de matarme. –sentenció mirando fijamente sobre las cartas extendidas en la mesa.

   Morianty quería seguir fiel a los principios porque sabía que en esos casos, si claudicaba, el desenlace a medio plazo era muy negativo para quien influenciaba en otra persona para su propio beneficio.

— Esta bien, pero debe saber que realizar estos actos le puede repercutir negativamente en su vida cuando más feliz sea. Si es consciente de eso, anote el nombre completo en el papel. 
La interesada rápidamente se repuso de su tristeza y anotando el nombre en el papel se lo entregó a Morianty con una sonrisa infantil.

   A la semana los efectos del hechizo se vieron en la ciudad. La pareja se paseaba cogida del brazo y al mes ya fijaban fecha para la boda.

   Todas las amigas, mirándola envidiosas, le preguntaron cómo había conseguido que Aaron finalmente le hiciera caso.
Brigitte tan inocente y embriagada de su felicidad les dijo que fueran a ver a Morianty, que ella podía conseguir cualquier cosa. Ahí es donde nacieron las habladurías y el miedo en toda la ciudad.

   Comenzó a correr el apodo de “la bruja” de boca en boca hasta llegar a oídos de Morianty. 
   Para protegerse, buscó un hechizo en su libro que camuflara la casa entre el bosque. Todo aquel que se acercara con malas intenciones se perdería y no la hallaría jamás. Los ingredientes eran complicados de conseguir. No podía acercarse al pueblo, no podía correr ese riesgo.

   Una noche un grupo se dirigía a la casa de la bruja. Morianty no había conseguido todos los ingredientes que debía quemar en su caldero frente a la puerta de la casa. Con su humo disipado confundiría a todo el que lo inhalara cuando se acercara.

   Oyó las voces cercanas. Ya solo le quedaba una opción, escapar. Sus pócimas, hierbas y libro de hechizos estaban recogidos en un hatillo, junto con comida para el camino. Era hora de irse, pero…  no lo hizo a tiempo.

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