MÁS FUERTE QUE EL ODIO

Apretó la mandíbula y fijó su fría mirada en la imagen. Una vez más tenía que verla por televisión. Con los puños cerrados avanzó hacia la puerta con intención de salir, pero un compañero le obstaculizó el paso.

―¿Qué pasa, el hombre duro no puede soportarlo? ―le espetó en tono de burla.

―Lástima que no terminamos con ellas y con todo lo que representan.

―Venga hombre, escucha lo que tiene que decir. A esta hora no hay nada más interesante. ¿De qué tienes miedo?

No le quedó más remedio que volver y aguantar estoicamente toda la charla. Allí dentro tenía una reputación que mantener.

Esa chica era su antítesis. Tenía el pelo moreno y liso, su mirada era trasparente y en su rostro brillaba una sonrisa sincera y contagiosa. Con su actitud proclamaba que la vida era bella e irrepetible y que pese a todo, había que aprovecharla y disfrutarla. Era como un torrente de agua fresca y limpia.

Habían pasado muchos años, pero recordaba bien aquel momento. Entonces ella tenía 12 años. Como cada mañana, subió al coche de su madre para que la llevase al colegio, solo que esa vez su mundo estalló por los aires. Una compañera y él fueron los responsables. No se arrepentía ni sentía remordimientos. El objetivo era hacer el mayor daño posible y sembrar el terror. Aquel día lo consiguieron con varios atentados, aunque los resultados no fueron los previstos. Cuando se enteró de que no habían muerto se sintió frustrado. Al menos salieron gravemente mutiladas. No era un triunfo absoluto para la organización, pero se tuvieron que conformar. Irene despertó en el hospital sin una pierna. La bomba también le amputó tres dedos de una mano. Su madre perdió una pierna y un brazo. El tiempo se paró, pero ambas decidieron darle cuerda al reloj y seguir adelante.

Aquella niña, ahora ya mujer, les había dejado descolocados y en ridículo. La banda terrorista a la que pertenecía quería aterrorizar a la sociedad, pero ella nunca había tenido miedo. Afrontó su situación con valentía y determinación. Estudió tres carreras, se casó y tuvo tres hijos. Aprendió a esquiar, compitió y ganó algunas medallas. Escribió varios libros. Colaboraba en distintos medios de comunicación. Impartía conferencias. Asistía a eventos. Y todo sin darse importancia.

Había tenido que escuchar muchas veces cómo su víctima proclamaba que nadie puede hacerte daño si tú no quieres. También decía que para liberarse había decidido perdonar y que la vida era un auténtico regalo, tan fugaz, que no merecía la pena enfadarse ni estar triste.

Quería que aquella mujer cerrase la boca. El presentador le preguntó qué les diría a los culpables del atentado si les tuviese delante. Ella clavó los ojos en la cámara y contestó: “Vivir con odio, fanatismo y cobardía es una discapacidad más grande que tener una prótesis”. El plató estalló en aplausos. Irene sintió el cariño de la gente. En la cárcel, el terrorista descargó su furia pegando un puñetazo en la pared.

 

Ilustración: Patricia Bataller

 

 

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Umbelina
7 days ago

Muy bello relato en honor a la valentía, esta es la mayor arma para enfrentar el miedo.

Purificacion Ferron Gonzalez
Purificacion Ferron Gonzalez
6 days ago

Que homenaje más bonito a las víctimas del terrorismo. Que bien escribes amiga. El comienzo es brutal

María
6 days ago

Wow Carmen que gran historia, me ha encantado. ¿Qué mejor ejemplo que el de esa mujer para hablar de lucha y superación? Además el haber metido al terrorista en la historia le da un toque muy interesante. ¡Muy bueno!

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