MÁTAME A BESOS

Álvaro estaba pasando unos días de vacaciones en la Isla de Gozo con su última conquista y se podía decir que estaba gozando. Dentro de la habitación del lujoso hotel la besaba apasionadamente, mientras entre las sábanas sudadas y arrugadas recorría su cuerpo desnudo. Una voz varonil al otro lado de la puerta interrumpió la tórrida escena que tenía lugar en el interior.

―Cariño, al final he podido venir. ¿Estás ahí? Ábreme la puerta.

La chica saltó de la cama como un resorte y se puso a recoger la ropa esparcida por la habitación, al mismo tiempo que se iba vistiendo.

―Corre, es mi marido, tienes que salir de aquí ahora mismo. No puede vernos juntos.

―¿Pero estás casada? ―interrogó Álvaro mientras se ponía los calzoncillos― ¿Por dónde quieres que salga?

―Sí, es una larga historia. Ahora no te la puedo contar. Rápido, por la ventana.

―Estamos en un tercer piso, tú estás loca. Tengo vértigo, ¿quieres que me mate?

―Hay una cornisa al lado del balcón. Súbete a ella y avanza hasta otra habitación ―sugirió ella sin escucharle.

Acto seguido abrió la ventana y le empujó sin miramientos antes de que pudiera terminar de vestirse.

Sin mirar abajo, Álvaro avanzaba en precario equilibrio mientras maldecía. En el exterior alguien le vio y dio la voz de alarma a la directora del hotel que se encontraba trabajando en su despacho.

Cuando Bárbara salió a la calle, una multitud de personas contemplaban al supuesto suicida con cara de espanto. Varias patrullas de policía se encontraban ya allí. Uno de los agentes, megáfono en mano, trataba de persuadir a Álvaro para que no se tirase. La sirena de los bomberos interrumpió la escena. Enseguida desplegaron la escalera para bajarle. Él no opuso resistencia. Cuando llegó abajo se encontró a una mujer morena de cabello ondulado que le miraba con sus ojos color azabache echando chispas.

―Usted está loco. Se ha equivocado cuando ha elegido mi hotel como escenario de su muerte. ¡En mi establecimiento no se suicida nadie! ¿Está claro? ¡Nadie!

―Pero señorita, es todo un malentendido ―trató de aclararle Álvaro con la cara lívida y la mirada entre divertida y avergonzada.

―No quiero escucharle ―replicó Bárbara mientras levantaba su mano derecha para parar sus explicaciones―. Váyase, no deseo volver a verle.

Álvaro se alojó en otro hotel. Decidido a aprovechar sus días de descanso alquiló un coche y se dirigió hacia los acantilados de Ta´Cenc. Los había admirado en algunas fotos que había visto en su guía de viaje y le apetecía hacer una ruta de senderismo por ellos. El día era soleado. Después de aparcar el coche en una explanada, caminó por una senda estrecha que seguía la línea de la costa. De vez en cuando se paraba para sacar alguna instantánea. El camino se abría paso a unos metros de caída vertical al mar. Iba disfrutando de la brisa, de la vista del océano y del trino de los pájaros. El sendero se acercaba peligrosamente al borde. Álvaro se olvidó de su vértigo y se asomó. Con el teleobjetivo al máximo inmortalizó unas aguas de increíbles colores. El suelo estaba agrietado y cedió. La cámara se le escapó de las manos y quedó colgada de una rama que salía de la pared rocosa. A pesar del vértigo decidió descender hasta un saliente. Desde allí intentaría rescatarla con ayuda de una vara que había encontrado en el suelo. Cuando estaba descolgándose por la pared, escuchó una voz femenina que le resultó conocida.

―¿De nuevo usted? ¿Qué ocurre, acaso ha decidido que yo sea testigo de todos sus intentos de suicidio? ¿No puedo disfrutar de un día festivo sin que me lo fastidie?

La morena atractiva, dueña del mejor hotel de la isla, le miraba con cara de enfado tendiéndole la mano para rescatarle. Se dijo que la situación tenía su gracia. De nuevo había pensado que pretendía matarse.

Con cara divertida aceptó su mano, pero en lugar de dejarse subir, tiró de ella hacia abajo a la vez que se dejaba caer al vacío. Las paredes rocosas expandieron en forma de eco el grito de Bárbara al precipitarse en caída libre. Al llegar abajo los cuerpos de ambos se sumergieron en las aguas turquesas para después salir a flote.

―¡Maldito loco! Nos podíamos haber matado. Puede que sea lo que tú quieres, pero no lo que deseo yo ―le gritó enfurecida.

Álvaro se acercó, enroscó su mano en sus cabellos mojados y aproximó su cara a la suya. Miró sus labios jugosos y ligeramente entreabiertos. Luego la besó con furia. Ella al principio se resistió, pero finalmente se rindió al encanto de aquel beso cálido y húmedo.

―No quiero suicidarme, pero deseo que me mates a besos el resto de mi vida ―le susurró Álvaro pegado a su boca.

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