Melodía pintada de libertad

Un piano, un pincel, un lienzo y dos cuerpos esculpidos. Arte salpicando cada una de las cuatro esquinas de la habitación. El negro cabello de Iván acompañaba a su cuerpo atlético, de color ébano, perfilando una bella silueta oscura, a contraluz con el ventanal que daba paso al exterior de aquel paraíso de libertad.

Su mano derecha sujetaba un pincel. Cerró los ojos y sus oídos se dejaron envolver por un tenue sonido que erizaba su piel. Las manos de Rubén acariciaban las teclas de un viejo piano que se mecían, suavemente, por el arrullo del tacto de sus finos dedos.

El pianista se mordía el labio inferior, casi sin querer, mirando fijamente al pintor. El pincel, que cobraba vida propia, recorría un lienzo puro, danzando al compás de la melodía de Rubén, dejándose arrastrar, sometido al influjo del hechizo mágico que derriba los muros de la incomprensión y llenándolo de trazos llenos de emoción y ternura.

La música cesó. El pincel de Iván cayó, tiñendo el suelo con gotas de intensos colores que formaron un brillante arcoíris. El pianista respiró hondo cuando el pintor se acercó al piano. Su mano salpicada de acuarelas, manchada de ilusión y deseo, acarició el labio que Rubén se mordía. Los dedos finos del pianista se entrelazaron en el pelo oscuro de Iván.

No sonaron violines en ninguna sinfonía celestial; no hubo mariposas revoloteando en ningún estómago. Solo teclas aporreadas frenéticamente. Pasos sin dirección. Pasos de uno, acelerados, sin rumbo fijo y prisa, del otro, por alcanzarlos. Unas manos sobre el cabello azabache, un cosquilleo en el cuello, una caricia, quizá dos. Suspiros. Gemidos. Dos pares de ojos cerrados. Un labio inferior mordido de nuevo, suavemente; lágrimas a punto de caer.

Iván se encontró con unos ojos cerrados y unas manos vacías. Aprisionó las muñecas finas de Rubén con sus manos aterciopeladas, deslizándolas por su abdomen. Tenía el control de los dedos, esos que cada vez le parecían más largos. Deslizó las yemas sobre las costillas, y trepó ligeramente hasta llegar a su pectoral desnudo. Soltó las manos. Los dedos de Rubén siguieron allí un instante, tocando una melodía de amor desenfrenado. La misma melodía, exactamente la misma, que anhelan todos los mortales: libre, sin tapujos, sin vergüenza, sin miedos…

Una mano del pintor se enredó en el pelo del pianista. Los dedos de la otra, en un lienzo aún sin pintar, recorriendo con caricias cada milímetro de piel; trazando dibujos sobre el perfil de un cuerpo que adoraba, sintiéndose reo en la prisión del deseo que atrapaba su alma.

El pianista acompañó su dulce melodía de ardiente pasión con notas de susurros cortos y gemidos largos, intensos.

Dos respiraciones compenetradas, agitadas, enérgicas. Dos pares de manos apasionadas sobre el cuerpo contrario, recorriéndose, adivinándose, trasladándose a una lujuria infinita.

Labios entreabiertos; buscándose a tientas, en un acto de excitante deseo recíproco.

Unos labios que se encontraron con los otros en una bella melodía pintada de libertad.

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Purificacion Ferron Gonzalez
Purificacion Ferron Gonzalez
1 month ago

Absolutamente maravilloso, q manera tan bonita de describir la pasión y el deseo, todo ello acunado por el arte. Enhorabuena amigo me ha encantado

Carmen
1 month ago

Un relato muy sensorial. Se percibe con todos los sentidos. ¡Enhorabuena!

Nuria_Montejano
1 month ago

Qué pasión hay en tus palabras, Víctor. Me ha encantado. Como lector (en mi caso lectora jaja) te dejas llevar por la lujuria y el desenfreno de los personajes, con un ritmo acorde a esa libertad que ansiaban y por fin consiguen. ¡Qué versátil eres!
¡¡Enhorabuena!! ¡¡Muchísima suerte!!

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