Mi normalidad 

Hoy he salido por primera vez a ver el mundo. Después de todo lo que he oído los últimos meses desde mi particular nidito de protección, la verdad es que me daba miedo hacerlo. Aún así, cuando he visto a esa mujer de rizos revueltos y ojeras pronunciadas dirigiéndome su mirada azul cargada de amor, me he dado cuenta de que nada puede hacerme daño si mamá está cerca. Ella y papá me quieren mucho, aunque a veces veo que están tristes. Dicen que es porque nadie puede venir a conocerme.

Hace unos días que estamos en casa y me gusta porque aquí puedo ver sonreír a mis papás, me dan muchos besos, me abrazan sin parar… Cuando salimos nada es igual. ¡Odio cuando lo hacemos! Ellos se tapan la cara y en mi carrito ponen un plástico que me molesta un montón. Nadie sonríe, o al menos yo no puedo verlo, llevan… ¿Cómo dijo papá que se llamaban? A sí, mascarillas. No sé quién es el coronavirus, pero no me cae nada bien. Todo esto es por su culpa. He escuchado que llegó hace poco, que la gente le tiene mucho miedo, que por eso se tapan y se limpian todo el rato.

Estamos en un parquecito lleno de árboles. No hay nadie cerca, así que puedo ver sus caras durante un ratito. Esto sí que me gusta.

—Has nacido en una época extraña, cielo. Pero todo pasará, ya lo veras —dice mamá antes de darme un beso y volver a cubrir su sonrisa.

Me pongo triste en cuanto lo hace. Me encanta cómo sonríe. Voy a ponerme a llorar cuando un hombre muy diferente a mi papá se acerca. Tiene los ojos enrojecidos, creo que se me ha adelantado. ¿También querrá ver a mamá sonreír?

—Es precioso, hija —dice acercándose a mami con los brazos abiertos.

Ella se aleja, aunque yo sé que no quiere hacerlo. Es ese bicho otra vez, tienen miedo de él. Miró a todas partes a ver si puedo verle por fin, pero no está. ¿Se habrá marchado ya?

—Ey, Lucas —me llama papi mientras me acaricia la cara—. Este es tu abuelo. Dile hola.

Agita mi manita y eso hace que todo se llene de carcajadas.

—Daría cualquier cosa por abrazarle —añade mi abuelo después de un rato.

—Vamos, vamos, dejad los lloriqueos. Hola, Luquitas. Soy la abuela.

Se abre paso para acercarse, aunque no demasiado.

—Estamos aquí, juntos. Viendo a nuestro precioso nieto. Esto es lo que nos ha tocado vivir. Pienso apuntarme todos los achuchones que voy a darle a este pequeñín para cuando todo pase; pero hasta entonces, ni una lágrima. ¿Entendido? Tenemos mucha suerte de poder compartir esto.

Mi abu mira a todos con el ceño fruncido, se echa un poco de líquido en las manos, se restriega, levanta el plástico y toca mi manita. No le veo la boca, pero sé que está sonriendo y que su sonrisa me encantará tanto como la de mi mamá. 

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Respuestas

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  1. María, qué historia tan bonita a pesar de la tristeza. Un narrador realmente original y un relato donde se reflejan temores y amores. La parte de los abuelos es realmente conmovedora y los diálogos son magníficos.

    Es muy chula, ¡bravo!