Mi nuevo yo

La puerta de casa se cierra a mis espaldas, pero el dolor en el vientre no se queda tras de ella. Bajo los peldaños que me llevan a la calle sin prisa, asentando bien mis pasos para no hacer movimientos bruscos. El sol brilla con potencia, pero la brisa hace que el ambiente sea agradable. Llevo semanas sin salir de casa, así que la recibo cerrando los ojos y disfrutándola como si la sintiera por primera vez.
En la calle, la gente del barrio camina rápido, recordándome que es lunes y que deben ir a trabajar. Los miro, mientras con parsimonia voy recorriendo el camino que me lleva a la farmacia de cuatro calles más abajo. He olvidado qué es la prisa, porque llevo tanto sin ir a la oficina que hemos tomado sendas distintas. Intento pensar si echo de menos esa vida, pero finalmente decido que no me interesa la respuesta. Al fin he encontrado algo parecido a la paz dentro de mí y no estoy dispuesta a sacrificarla regresando a mi viejo yo. 

Giro la esquina que me lleva a la calle Madrid y allí está la prueba de fuego. Decidida, acelero el paso todo lo que el dolor me lo permite y llego frente a la escuela primaria. Es hora punta y los niños, ya en manga corta y morenitos por el sol de finales de junio, se despiden de sus padres antes de entrar por la gran cancela verde. Allí, a pocos pasos de mí, una nena de unos cinco años le suelta la mano a su madre, que le dice adiós con la sonrisa orgullosa de quien ha descubierto lo que es el amor incondicional. Y aunque trato de frenarla, una lágrima que esconde un sufrimiento tan profundo como el abismo se me escapa y se asienta en mi pecho. Es un dolor tan denso que puedo palparlo y sentir su sabor en la lengua. Pero esta vez, a diferencia de todas las demás, cierro los ojos con fuerza repitiéndome a mí misma que me amo y que me acepto tal y como soy. Cuando vuelvo a abrirlos, la lágrima ha dado paso a muchas más, pero el dolor se ha marchado como una oscura sombra al encender la luz. Y por primera vez, consigo sonreírle a esa niña, que ya ha cruzado la cancela, a ella y a todos los demás. 

Nunca podré ser madre, pero por fin he comprendido que no es mi culpa y que mi cuerpo, aún dentro de su imperfección, es lo más perfecto que existe.

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Respuestas

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  1. Me ha encantado la originalidad que le has dado a tu relato. Muchas mujeres sufren por este tema y se ven inferiores por no poder ser madres. Enhorabuena Tina, está genial.

  2. Tina, tu texto destila sensibilidad y poesía. Aciertas en cada descripción, cada palabra, cada sensación.
    Escribes genial, hay algo muy especial en tus palabras. Me encantan tus historias!

  3. Me parece una idea muy bonita la que has desarrollado, Tina, además de original. Empleas la ternura que te caracteriza y le das ese toque emotivo necesario. Es un texto muy puro que te lleva de la mano hasta el final con mucha fluidez y calma. Me encanta cómo lo plasmas todo siempre. ¡¡¡Enhorabuena!!!

    1. Muchísimas gracias, Nuria, por tus palabras. Siempre me hacen ilusión tus comentarios y los agradezco de corazón. Es un tema un poco diferente a los que se han planteado, pero me parecía también algo por lo que una mujer puede no estar a gusto con su cuerpo. ¡Gracias!