MI OTRO YO.

Me sentía como si me hubieran encerrado en una torre y hubiesen tirado la llave al mar, con el que tan solo tenía en común el agua, que derramaban mis ojos mimetizándose con su oleaje, porque el mar bailaba libre por todo el mundo, sin miedo a nada.
Los únicos momentos en los que podía ser yo misma era en las fiestas de disfraces o cuando empezó a ser sexy que los hombres se pintarán las uñas de negro, yo las quería rosa fucsia o azul cielo, pero me conformaba con poder pintármelas.
Comencé a dejar crecer mi melena, con la excusa de que mi estilo era rockero, así nadie sospecharía que cuando estaba a solas la peinaba y practicaba haciéndome diferentes peinados.
Quería mucho a mis padres pero tenía miedo a decirles como me sentía por dentro, no quería decepcionarlos, cuando cumplí catorce años me armé de valor y decidí revelarles mi secreto.
Mi padre me dijo que era una vergüenza, me agarró del cabello, arrastrándome por el suelo y obligándome a mirarme al espejo me rapo, sentí que mi alma quería escapar y como mi corazón se partía en mil pedazos. Mi madre lanzó la maleta de mi padre por la ventana y le dijo que no quería que volviese a nuestras vidas, me abrazó y lloramos juntas.
-Cariño, el pelo crece de nuevo- Pero aunque aquello me había dolido, más lo hacía perder a mi padre.
No se cómo pronto se corrió la voz en el colegio, tuve que aguantar múltiples vejaciones y oír ¡Joaquín es una niña! Pensaban que eso me hacía daño, pero me encantaba porque realmente me sentía como tal, lo que más me dolía era cuando me decían que había destrozado a mi familia y que era un monstruo.
Pero hubo un día en que llegué a mi límite cuando un grupo de niños de primero de bachillerato me encerró en el baño y me dijo que si era una mujer debía demostrarlo , me obligaron a realizarles múltiples felaciones y me introdujeron diferentes objetos por detrás, llegué a casa con el cuerpo destrozado. Me metí en la bañera y raje mi muñeca, mientras la sangre brotaba tiñendo el agua, me sentí en paz, por fin iba a ser libre sin que nadie me juzgará, pero antes de hacerlo escribí una carta:
Querida mamá siento estar haciéndote tanto daño, pero este mundo no está preparado para personas como yo, me duele tanto el cuerpo y el corazón por querer ser yo misma, y la gente parece ser que tiene que obligarme a hacer lo que ellos consideran bueno, la vida está repleta de preciosos tonos grises, no todo es blanco o negro. Siéntete feliz por mí, porque mamá por fin soy libre. Gracias por ser mi apoyo incondicional. Mientras observaba como mi madre la leía fui hacía la luz en la que me esperaba mi verdadero yo, que agrrándome de la mano me ayudo a cruzarla.

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