Mi puerto

Me siento perdida, anclada en un puerto en el que no quiero estar. Anclada en un dique seco, repleto de fealdad, sin estabilidad. Intento huir de esos rincones viejos y malolientes pero resulta imposible. Las náuseas se apoderan de mí a cada paso que doy.

Me quedo sin fuerzas, pero no quiero llorar. Sin embargo, mis mejillas se enrojecen y ácidas lágrimas brotan de mis ojos entristecidos.

El pecho palpita desbocado buscando un rayo de luz que mi impulse algo de vida para salir de esta zona oscura.

Presiento una densa nube gris de humedad, de pobreza y de enfermedad que aprisiona a los más débiles para conseguir doblegarles. Hubo un tiempo en que se dejaron pisotear, esperando un poco de caridad y unos deshechos con los que subsistir.

El verde esperanza abandonó esta parte de la ciudad. Con su marcha nos regaló dolor, pero no es físico. Sino unos golpes que impactan en el alma, y provocan molestias al corazón. A cada paso siento como me hago más pequeña mientras la miseria se empodera entre los que callan la boca.

Hordas de sigilosos silencios cierran la boca de los miserables que se arrinconan esperando las migajas de los poderosos. Y yo que soy las más miserables entre ellos, soy invisible para los mendigos de esta parte de la ciudad.

¿Sabéis por qué? Porque soy mujer, negra, de mediana edad, apenas fui al colegio, no hablo bien el idioma de esta fría tierra. Por las mañanas, rezo a un dios distinto al de los poderosos. A pesar de todo, tengo la sabiduría de mis ancestros. He aprendido como funciona este lugar. He visto a poderosos sacar de las cloacas a jóvenes diosas de ébano. No te hagas ilusiones amiga. Te usarán hasta que tu belleza se desintegré y entonces regresarás aquí y será mucho peor.

¿Qué no lo crees? Habla la voz de la experiencia. Yo fui una de ellas. Toqué el cielo con mis manos, y después volví a los infiernos.

Ahora navego entre dos corrientes y no sé de qué lado quiero estar. Sólo sé que deseo dormir para siempre recordando los bellos momentos vividos. Busco un puerto seguro dónde amarrar mi desvencijada embarcación o esperar cerca hasta que llegue la hora de desguazar la nave.

¡Por fin!, escucho el silencio. Me encontraré con todos los desaparecidos, pero ya no sufriré más. 

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Respuestas

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  1. Bel, cuánta falta hacen esos aldabonazos que nos sacuden en tus escritos. En un mundo donde todo es relativo y parece perfecto, hay que gritar sin miedo las mentiras e injusticias. ¡Gracias, amiga!