Mi sexto sentido

Rosana tenía fama de escéptica. Sus amigas la acusaban de fría y masculina en su forma de entender el mundo. Ellas desconocían su mundo interior.

La joven no soportaba ese aire romántico de sus amigas, las cuales disfrutaban mostrándose débiles ante los hombres.  Sin embargo, ella no  las veía como delicadas damiselas, su visión era  como de personas con doble cara.

Rosana prefería pasear en soledad, disfrutar de la playa y de la montaña. Se alejaba de la gente. Era excesivamente tímida con los hombres, pero desde que dejó la adolescencia se puso su máscara de valiente, loca y atrevida, de modo que la gran mayoría pensaba que era así.

La gran sensibilidad de la mujer le hacía sentir cuando iba a acontecer algún hecho relevante en la vida de personas próximas o desconocidas, pero no era capaz de decirlo por miedo a qué pensarán que estaba loca. Tenía un gran diario en casa, dónde anotaba cada uno de sus presentimientos o corazonadas desde que era niña.

De vez en cuando pasaba un par de horas hojeando el diario y recordando cuánto dolor se habría evitado si hubiera sido capaz de alertar a las personas. A pesar de todo tampoco estaba segura que eso fuera lo correcto. Si el destino había puesto en la vida de alguien una situación inesperada para que aprendiera la lección, quién era ella para interferir. Cuando se ponía reflexiva llegaba a la conclusión que para ella el aprendizaje era no cometer los mismos errores o tal vez fuera aprender a enfrentarse a los demás. Su inseguridad no le permitía avanzar y se daba cuenta que no lograría aceptar su don y llegar a transmitir la información.

Los días transcurrían entre el trabajo, el gimnasio y algo de vida social. Rosana se consideraba feliz a pesar de no ser como sus amigas. Sin embargo, las envidiaba porque ellas eran capaces de tener pareja, pero ella no.

Aquella mañana se levantó y al subir las persianas vio como llovía a cántaros. Inició su monólogo interior, maldiciendo el día puesto que era martes y trece; estaba convencida de que nada bueno ocurriría. No se trataba de ser pesimista ni supersticiosa. En su diario tenía más de veinte situaciones no muy agradables acontecidas en una fecha similar y en día lluvioso.

Recordó cuando su hermano tuvo un golpe con el coche, cuando su amiga Raquel resbaló y se rompió el tobillo, o aquella vez que hubo inundaciones en su localidad.

Con tan interesante perspectiva, desayunó algo ligero. Salió a la calle enfundada en un chubasquero, con botas de agua y paraguas.

Caminaba con la cabeza agachada. Todavía no había llegado a la marquesina del autobús cuando comenzaron a caer truenos y relámpagos, que convertían la oscura mañana en una terrorífica jornada urbana.

La chica tenía pavor a las tormentas, ésta era de tal intensidad que no podía ni siquiera moverse. Intentaba disimular la agitación de su cuerpo. Le faltaban apenas unos doscientos metros para llegar a su parada de autobús.

Un muchacho trataba de esquivar un gran charco pasando entre dos árboles próximos; parecía que su objetivo era la marquesina. Allí estaba él jugando y escabulléndose entre los gigantescos troncos. De repente el chico perdió un poco el equilibrio, estiró la mano con todas sus fuerzas tratando apoyarse en las ramas.

Rosana levantó la vista del suelo.  Clavó sus ojos en el cuerpo del chico y la mano que hacía esfuerzos por detener la caída. Un  fuerte impulso provocó que la chica corriera veloz en dirección a él. Ella impactó contra el hombre provocando que ambos cayeran en un gran charco.

— ¿Estás lo…?—comenzó a decir hasta que contempló como rayo estaba atravesando el tronco.

Los transeúntes se pararon. Se escuchaban gritos. Algunas personas señalaban la escena y cuchicheaban sobre la acción de Rosana.

El chico estaba muy pálido, se quejaba e intentaba incorporarse pero el cuerpo de Rosana descansaba sobre él, y le resultaba imposible. La chica tenía mucha vergüenza, no era capaz de explicar lo que había sucedido. Además se sentía tan ridícula y rara allí echada sobre un desconocido, aunque para ser sincera le resultaba agradable sentir la calidez de aquel cuerpo, aunque conforme avanzaban los segundos el agua iba empapándolos.

Tímidamente levantó la cara hasta cruzarse con unos impresionantes ojos azules que la miraban con sorpresa.

—Perdona—balbució la chica.

—Muchas gracias, me has salvado—dijo el chico con un hilo de voz.

—De nada—respondió.

—Me llamo Víctor. Será mejor que nos levantemos. ¿Vamos a tomar algo caliente? Vivo justo enfrente—decía mientras extendía el brazo.

Se ayudaron mutuamente. Una vez incorporados se dirigieron hacía el edificio del joven. Ella sintió una fuerte premonición, pero no hizo nada.

Dos días después apareció  en el río, el cuerpo sin vida de Rosana.

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