Mi único deseo

Andaba con paso firme por la abarrotada calle, pero mi mente estaba muy lejos de allí. Las risas de los viandantes sonaban distorsionadas, como cuando sumerges la cabeza bajo el agua. Los coches eran el destello de sus luces, que cual estrellas fugaces, desaparecían antes de que pudiera formular mi deseo.

¿Cuál habría sido? Si alguien me lo hubiera preguntado, nunca me habría resultado tan sencillo responder. Volver a ver a Gina. Besar sus labios por última vez habría sido ansiar lo imposible, mi orgullo me lo impediría; pero observar su pelo ondulado, sus ojos marrones y la forma en la que movía las caderas al alejarse me bastaba en ese momento. Habría deseado vivir de nuevo ese instante en el que se paraba, giraba sobre sus tacones de infarto y me lanzaba un último beso, rematando con una sonrisa espectacular.

De repente me vi quieta en medio de la muchedumbre que se dirigía a disfrutar de una noche de diversión. Había quedado con mis amigos y me arreglé a conciencia con la esperanza de que ella estuviera allí, aunque en el fondo sabía que no sería así. Miré en el reflejo del escaparate de Zara mi vestido favorito y las manoletinas que adornaban mis pies.

—Estás muy guapa —levanté los ojos con la sorpresa dibujada en mi rostro al escuchar su voz.

Me giré despacio y al coger aire para infundirme valor, aspiré su perfume. Cerré los ojos con rabia e impotencia. ¿Por qué no podía olvidarla? Después de lo que me había hecho no merecía mi amor; pero aún así lo tenía y yo no podía negarlo. Cuando los abrí me sonreía. Eso me enfureció aún más y sin mediar palabra, me alejé lo más rápido que pude.

—Espera Cristina, por favor. —Me agarró de la muñeca y yo tiré con fuerza para soltarme.

—¿Qué quieres? —le espeté—. ¿Por qué no me dejas en paz?

La tristeza cruzó su mirada y yo me sentí mal al instante.

—Deja que te lo explique —dijo con un hilo de voz.

Asentí con una lágrima corriendo por mi mejilla. Ella levantó el pulgar para secarla mientras se explicaba.

—No pasó nada. Nada —recalcó—. Sabía lo mucho que te gustaba ese cuadro, pero era demasiado caro para mí. Por eso llamé a Nicole. Somos amigas desde hace tiempo, pero hacía mucho que no nos veíamos. Sabía que ella podría reproducirlo y la llamé. Cuando entraste… Nunca pensé que pensarías que nosotras… Bueno, ya sabes. De niñas solíamos jugar con la pintura, solamente recordábamos viejos tiempos, pero no estábamos haciendo nada Cris. Tienes que creerme.

Recordé el momento y lo cierto es que nada indicaba directamente que ellas… La sorpresa de verlas juntas, en el suelo y llenas de pintura me había hecho creer lo que no era. Levanté la cabeza, avergonzada. Nos sonreímos, como siempre solíamos hacer antes de besarnos, y eso es exactamente lo que hicimos. Finalmente, mi deseo se había hecho realidad. 

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