Miravela 

Ya era más de media noche y estaban esperando el momento oportuno. Mariano y Fausto habían tomado la decisión, no había vuelta atrás, estaban cansados de aguantar las tontunas de Fabián, se iban a vengar con lo que sabían que podía herirle.

Avanzaron con la furgoneta llevando las luces apagadas y el motor a ralentí. Pasaron por la carretera que daba a la parte frontal de la casa de Fabián, donde ya no había ninguna luz encendida y continuaron en dirección a su objetivo.

Cuando llegaron dejaron el vehículo fuera de la vista de la calzada. Una vez bien escondido, ambos salieron en pos de la victima con la que mortificarían a su vecino.

Les llevó un tiempo cargar la presa hasta la furgoneta y meterla dentro, pero valía la pena por la reacción de Fabián a la mañana siguiente cuando no encontrase a Miravela, solo de imaginarlo se rieron a carcajadas mientras el valioso bulto iba en la parte trasera.

Llegaron a la cabaña que estaba en el monte y albergaba en la época de verano a los pastores.

Fausto se bajó con la intención de comprobar que no hubiese ningún lobo por la zona y de que el cobertizo estuviese vacío. Para asegurarse la protección, cogió la escopeta del asiento trasero. Regresando a los pocos minutos sin el arma y a paso ligero, todo estaba en orden.

La cabaña estaba en el lugar ideal para esconder durante un par de días a Miravela, pero cargar con ella fue todo un suplicio por sus contorsionismos. Los gruñidos ahogados desquiciaron de los nervios a Mariano y Fausto, quienes llegaron exhaustos y la ataron de inmediato para que no escapase.

—Bueno Mariano… ya está… lo hemos… hecho —dijo él recuperando el resuello con las manos sobre las rodillas, Miravela no era un peso ligero precisamente.

—Sí Fausto, nos ha costado lo que no está en lo escritos —decía éste mientras estiraba la espalda con las manos en los riñones—. De haber estado unos metros más lejos, creo que la habría dejado caer, no podía más ¡Cómo puede pesar tanto!, la tiene bien alimentada.

—Bueno ya está hecho, ahora a esperar a que Fabián sufra por la desaparición de Miravela. Lo malo es que nos vamos a perder su expresión cuando no la vea —dijo Mariano empezando a reírse a carcajadas.

—¡Ya te digo! una pena… ja,ja,ja,ja,ja —confirmó Fausto mientras seguía riendo.

Entre esas que Miravela, muy enfadada por estar atada, se abalanzó al pie de Fausto para darle un bocado más arriba del tobillo, quién al notar el mordisco aulló de dolor. Mariano acudió en su ayuda intentando alejarla y que ésta soltase su presa. No fue hasta que él cogió la garrota que había cerca de la puerta, que Miravela se alejó corriendo y chillando, sin mirar por donde iba, para chocarse con la estantería que había en la estancia.

Aquello provocó que el mueble cayese, desparramando la poca cacharrería de metal que había en las estanterías, haciendo un enorme estruendo. Como si de un castillo de naipes se tratase, la siguiente consecuencia fue que la mesa se desplazó y como colofón, allí estaba apoyada la escopeta que empezaba a caer.

Ambos miraban la escena como si fuese a cámara lenta, viendo lo que inevitablemente iba a acontecer. Fausto tenía bastante con dar saltitos a pata coja, cogiéndose con una mano donde había recibido el bocado de Miravela y Mariano por su parte intentó abalanzarse para atrapar la escopeta antes de que cayese, pero estaba muy lejos.

De pronto un disparo sonó y los chillidos pararon. Mariano boca abajo en el suelo, con la mano a menos de un palmo del arma, y Fausto tropezó con el cuerpo de su amigo cayéndose de culo. Estaban pasmados por lo que acababa de suceder y habían perdido la noción del tiempo.

Miravela tumbada, no movía ni un solo músculo. Ambos sabían que estaba muerta y ahora qué le dirían a su vecino. Ellos solo querían darle un susto y habían acabado con la vida de la niña de sus ojos.

—Fausto ¡para que narices has traído la escopeta! ¡Ahora, que le vamos a decir a Fabián! Anda dime… ¡el de las brillantes ideas!, ¡a ver que sacas ahora de la chistera! —dijo Mariano con sarcasmo.

—Pues poca cosa, le decimos la verdad. Total ha sido un accidente, ni tú ni yo hemos apuntado con el arma a Miravela —dijo éste simplemente.

—Estoy convencido que en nada vendrá Fiaban, debe de haber escuchado el disparo —nada más acabar la frase éste entró por la puerta.

—Se puede saber qué ha… pasado… —Fabián no acabó la frase, corrió hasta Miravela y girándose dijo—. Me podéis decir qué ha sucedido aquí y qué hace mi cerda tumbada en el suelo con un disparo. 

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