Naturaleza salvaje

Jacob llevaba varios días encerrado en el que iba a ser su cuarto a partir de aquel entonces. No se había tomado nada bien que, en cuestión de unas semanas, hubiera tenido que abandonar a sus amigos en la ciudad para mudarse a una rústica cabaña en Escocia. Y todo para que su padre pudiera cubrir una de las tantas vacantes que se habían quedado libres en la sede de la fábrica maderera para la que trabajaba.

—¡La cena está en la mesa, Jake! —le hizo saber su madre desde el otro lado de la puerta— Tu plato favorito: alitas de pollo con salsa barbacoa.

Como todo preadolescente a las puertas de la edad del pavo, Jacob no iba a sucumbir a ellas por pura rebeldía. El olor hacía que le rugieran las tripas y sabía que no lo soportaría, así que cogió su mochila dispuesto a poner tierra de por medio. Armado con linterna, una cantimplora, una caja de cerillas a medias, una navaja y un par de chocolatinas, saltó por la ventana dispuesto a coger el próximo autobús que lo llevara a casa de sus abuelos. No tardó mucho en darse cuenta de que no iba a poder salir sin llamar la atención de los guardias de la fábrica. Y en lugar de ir hacia la carretera, se cubrió con la capucha y se introdujo en el bosque.

Apenas había recorrido un kilómetro cuando se dio cuenta de que la oscuridad del bosque lo había engullido por completo. Hasta donde le alcanzaba la vista, no había más que árboles. Sacó la linterna, pero su gozo se ahogó en un pozo cuando descubrió que no llevaba pilas.

—Ahora solo falta que las cerillas estén mojadas… —pensó para sí mismo mientras reunía un par de hojas y ramas sin dejar de maldecir su suerte—.

Prendió la cerilla, pero se apagó casi de inmediato. A la tercera vez que la prendió, un par de ojos lo observaban a un palmo de distancia. Escuchó un soplido y la llama volvió a extinguirse. Jacob corrió como alma que lleva el Diablo y acabó tropezándose con una de las raíces del suelo. De repente, mientras se retorcía de dolor, una niña pequeña salió a su encuentro para examinarle la rodilla.

—No es nada… —dijo él— ¿Tú también vives por aquí?

Ella levantó la cabeza y se señaló a sí misma, sobrecogida.

—Sí, no veo a nadie más. —respondió él arqueando una ceja— Me llamo Jake, ¿y tú?

—Gaia —pronunció ella con un acento de lo más extraño, escudriñándolo con sus profundos ojos color tierra—.

Para cuando lo acompañó hasta las lindes del bosque, el dolor ya había desaparecido por completo. Seguidamente, la niña se acercó a su oído y le susurró algo que le resultó ininteligible antes de volver a perderse en el bosque.

[…]

Desubicado, Jacob se despertó envuelto en sangre. Se había colado en la fábrica y matado a parte de la plantilla de leñadores. La historia se repetía…

[Foto: Paul Edmondson]

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Respuestas

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    1. Digamos que la niña, Gaia (que significa Tierra), es la personificación de la naturaleza que protege ese bosque y es la que acaba con los leñadores a través de Jacob, uniendo el final con la razón del principio por la cual se mudan allí.

  1. Me ha gustado la historia, es original. Muy bien elegido ese nombre de Gaia (Tierra) para la niña. Si no pillas este detalle llegas al final y te descoloca un poco porque no terminas de entenderlo. Pero en cuanto te das cuenta de lo que significa el nombre, todo el relato cobra sentido. ¡Brillante! Enhorabuena.

    1. ¡Muchas gracias, Carmen! La verdad es que disfruto mucho de ese tipo de detalles que hacen pensar un poco al lector. Si nos lo dan todo hecho, ¡pierde la gracia!

  2. Me ha encantado Javier, muy original. El final te descoloca un poco al principio y te hace darle vueltas a la historia. Cuando te das cuenta del significado del nombre Gaia, unes todas las piezas del relato. Muy logrado y bien contado. ¡Fantástico! 

    1. ¡Muchísimas gracias, Maialen! El nombre es clave para entenderlo todo, pero quería que nada hiciera pensar que podía acabar así. Un plot twist en menos de 500 palabras es complicado jaja